¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

26 octubre 2017

Las Olimpiadas de la Risa


Han sido meses muy pacíficos y eso es muy bueno.
Es un ir y venir que a ratos me parece como parte de una rutina que quizá será infinita, pero por otra parte sé con certeza que esto no será así.  Es raro. Quizá no tanto. Es como la certeza absoluta de la muerte que todos conocemos y albergamos en nuestro interior como una de las pocas verdades absolutas de esta vida. No puedo recordar otras en este momento.
Soy profesor de música en un colegio particular subvencionado de la comuna de El Bosque. De la comuna no tengo absolutamente nada que decir. Nunca he tenido relación alguna con este lugar y menos con sus alrededores. Así que caí de pronto aquí por simple y puro azar. Con este son cuatro años trabajando, yendo y viniendo,  siguiendo una ruta bien definida. Viví cerca un par de meses gracias a una oportunidad que se presentó. Lo lamentable fue que la situación fue bastante breve y terminó muy pronto. Volví al ir y venir desde lugares más lejanos. Es un viaje en metro y micro. Uno se acostumbra.
En cuanto al trabajo, estos cuatro años han sido mi primera experiencia ejerciendo. He tenido todo tipo de experiencias en mi relación con niños y niñas de variadas edades. La educación aun continúa configurada en el mismo antiguo formato. La institución continúa ejerciendo del mismo modo en que lo ha venido haciendo desde hace ya varios cientos (y miles, me atrevería a decir), de años. Desde la antigua Grecia, me imagino, donde los jóvenes aprendían de personas de mayor conocimiento y experiencia (mayores en edad, por supuesto). Me cuesta imaginar otro formato de todos modos.
Mi formación fue breve y siento que bastante incompleta en cuanto a preparación pedagógica. De hecho, hasta este mismo momento, siento que es una gran debilidad que tengo. Esto no ha impedido que haya podido desarrollarme durante este poco tiempo en el ejercicio de la profesión, pero ha sido el motivo principal de que mi modo de presentarme frente a los alumnos no sea ni más ni menos que el mismo con el que los profesores que a mi me enseñaron me presentaron. Es un hecho innegable. Soy una especie de Frankestein construido  con partes de diversos profesores que yo admiré durante mi formación escolar y universitaria. Todos estos profesores, estoy segurísimo, tan segurísimo como que he de morir un día incierto, también fueron frankesteins pedagógicos, y construyeron a un profesor o profesora confeccionados de diversos profesores que les antecedieron y que admiraron.
La universidad nos presenta diversas teorías y métodos. Las prácticas nos revelan la realidad educativa de nuestros países, ciudades y localidades. Nuestros colegas nos muestran cómo es que se lidia contra un algo indefinido: un curso, un colegio, un cierto tipo de persona. Pero no hablo de nada específico. Una realidad local, un cierto tipo de ser humano… no dejan de ser categorías abstractas.
Los contenidos: el qué enseñar (a leer, a contar, a dibujar o cantar) nunca se nos cuestiona. Se da por hecho que uno posee un dominio cierto del contenido que le corresponde enseñar. El cómo se enseña: si lo escribimos, lo dibujamos, lo repetimos muchas veces o lo vivenciamos de algún modo distinto. Eso puede cuestionarse, observarse. Todo depende del lugar donde se ejerza pues las institucionalidades educativas son variadas y cada una posee algo que se llama P.E.I. (Proyecto Educativo Institucional) que es una suerte de declaración particular de principios relacionados a los objetivos esperados en la formación de quienes se educan. Me imagino que la idea es que si todos van al colegio, entonces todos aprendan lo que haya que aprender y punto. Pero este mundo que construimos día a día dista mucho de ser sencillo. Siempre hay más. Así que cada colegio espera, además de enseñar, inyectar algún sello particular relacionado a la formación en valores (que muy bien podemos mostrarlos y explicarlos, pero aceptarlos y aplicarlos en nuestras vidas es un proceso que tiene relación con la comprensión que nos da el desarrollo histórico personal humano), la formación política (sí…  ser conservadores o liberales) y no recuerdo más.
Lo cierto, al final, es que el ser humano aprende durante toda la vida y a cada momento de su existencia. La escuela es circunstancial. Algunos no asisten. Es un hecho. Y es un hecho que a pesar de eso aprenden de todas maneras. ¿Por qué? Porque debemos aprender cosas. Es simple. Debemos culturizarnos para sobrevivir. Es un motivo absolutamente concreto. Y culturizarse no es precisamente darse un baño de alta cultura, sino que adquirir, primero, la cultura propia (considerando el concepto de cultura como a todo el quehacer humano). ¿Cómo?, a través del lenguaje. Aprendemos a hablar y empezamos a culturizarnos. Así es como entra todo dentro nuestro, desde encontrar sabrosos nuestros sazones locales, hasta nuestras nociones estéticas que nos permiten diferenciar lo feo de lo lindo. Es así en todo el planeta. Y un planeta grande es diverso sin duda alguna. Pero todos deben aprender para existir y desarrollarse. Uno nace, aprende, crece, aprende, se reproduce, aprende y enseña, envejece, aprende, y muere (ya no puede seguir aprendiendo).
La escuela es la institución que se encarga de enseñar de modo oficial y además certifica que cada persona, dependiendo de su rango etario, domina una serie de contenidos específicos mínimos. Un niño de primero básico (de entre 6 y 7 años) debe leer… qué se yo.
Así funciona más o menos la weaita. O así la he entendido.
Hoy trabajo en la institución educativa como educador. Mi área es artística (la cultura humana, como es muy amplia, para poder comprenderla mejor la dividimos en categorías que clasifican el conocimiento según su área de desarrollo). El área artística comprende todo el tipo de quehacer humano relacionado con la expresión emocional a través de la creación, manifestándose a través de medios como la generación de sonidos, la combinación de elementos visuales, corporales o a través de manufacturas de variada índole. Es algo muy antiguo que viene incorporado con el ser humano desde que apareció en el planeta y es una característica muy particular y que ninguna otra especie posee.
Como decía, necesitamos aprender para poder sobrevivir. El hombre aprendió a cazar, y pudo alimentarse. Pero también se expresó a través de algún medio y de forma creativa a pesar que esta actividad no le aseguraba de modo alguno su sobrevivencia. Un ejemplo claro lo podemos ver en las cuevas de Altamira. Una serie de dibujos hechos sobre las paredes de una cueva con una data de varios miles de años. Quizá es el vestigio más antiguo que tenemos de una clase realizada por algún humano prehistórico a jóvenes (suponemos que eran más jóvenes e inexpertos, donde tal vez alguien intentó explicarle a otro alguien) cómo se realizaba la cacería del bisonte. Así, una serie de dibujos nos muestran escenas de la vida cotidiana de estas personas y hoy podemos especular, como lo hago yo ahora, sobre el motivo de este hecho, como también pudo haber sido sólo la manifestación de una persona que tuvo la necesidad de hacerlo sin ningún motivo específico aparente. Creo que ahí pudo haber nacido una primera expresión artística. Me gusta esa idea. Como también me gusta la idea del ser humano ocioso, única especie de este planeta que hace cosas sólo porque sí.
La ociosidad viene incluida en nuestro genoma. Hoy, como profesor, y cuando observo a los educandos (encuentro anacrónica esta palabra) me doy cuenta que sí, todos tienen esa tendencia natural. Si no existe el apremio por cumplir con deberes y exigencias, entonces los niños tienden al quehacer sin finalidad. Ahí es cuando, según yo, aparece el arte.
Con el desarrollo histórico de la humanidad estas expresiones lograron tomar un cauce, integrase en la cultura y por lo tanto enseñarse, proyectarse y desarrollarse a través del tiempo. Hoy existe la danza, existe el dibujo y la pintura, el cine, la música, el teatro, la literatura. Fueron primero un dibujo prehistórico, una narración alrededor de la fogata, un cascabeleo incesante, un movimiento sin finalidad.
Yo me interesé particularmente en la música. Mi recuerdo más antiguo y específico (mi memoria personal es mala) es de cuando iba en sexto año básico y tenía once años. Cuando cantábamos yo me emocionaba y me entregaba totalmente. Se me notaba. Una compañera se burlaba de mi. Después fue la guitarra el primer instrumento musical que deseé poder dominar. No fue nada premeditado. Un día, simplemente, sucedió así. No tuve demasiadas oportunidades, pero las pocas que tuve para acercarme las aproveché, aunque en lo personal no fui demasiado disciplinado y me arrepiento de no haber sido más obstinado. Pero finalmente logré mis objetivos y pude desarrollarme en esto. Después vino la creación. La primera vez que intenté crear mi propia canción data de un tiempo cercano al mencionado: tenía doce. Ya tocaba mis primeros acordes y de modo intuitivo elegí los que sentía que mejor sonaban en una secuencia de tres o cuatro y luego intenté crear sobre esa base armónica una melodía con su respectiva letra. Mi conocimiento musical era nulo, y no manejaba ningún lenguaje ni conocimiento musical específico. Fue una necesidad. Las ganas de crear algo parecido a lo que yo ya conocía.
Entré a estudiar para certificar que poseo  una serie de contenidos musicales mínimos, como también que estoy capacitado para poder transmitir ese conocimiento.
Nada más falso. Como explicaba, aun siento que mi formación pedagógica es bastante pobre, y que mi desarrollo profesional se ha basado en una reproducción de varios modelos que fueron aplicados por otros profesores conmigo. Eso es todo.
Aun así ejerzo, y tengo mis ideas tanto con respecto a la educación general, como con la institucionalidad escolar.
La tensión principal tiene que ver con mi postura frente a la institucionalidad. No la reconozco como institución educativa. No creo en la escuela como una institución que eduque. Sólo creo que intenta enseñar.
La necesidad de aprender y el ocio, como decía, son inherentes al ser humano. El ser humano es ávido de conocimientos. Desea saber cosas. Si lo desea, entonces lo aprende. Si lo necesita, entonces lo aprende. Pero la escuela atenta contra esa necesidad educativa inherente institucionalizándola, precisamente. ¿Cómo se institucionaliza? Al determinar qué es lo que debe saberse. Y es que no nos pueden determinar el qué es lo que debemos saber. Ni siquiera nosotros mismos lo podemos determinar porque se trata de un proceso que primero debe surgir de una necesidad, y segundo, debe instalarse como natural deseo. La escuela, efectivamente, no genera ni lo uno ni lo otro.
Cuesta pertenecer o ser pieza de una maquinaria a la cual se le cuestiona profundamente.
Cuando veo que un niño o niña no quiere asistir al colegio, entonces estoy comprobando el fracaso de la institución. Es radical, lo sé. Esto no lo dije yo. Esto se lo oí decir a un jipi de la universidad católica hace varios años atrás en un simposio sobre educación en la universidad donde asistí. El tipo, junto a otros estudiantes de pedagogía, estudiaban el modo de reformar la institucionalidad escolar desde la raíz. Eran unos radicales según mi postura. Pero no pude evitar quedarme con esa frase en la mente para siempre e irme con esa observación instalada dentro de mi. Terminé mi carrera con esa frase puesta como un grafiti en las paredes de mi pensamiento, hice mis prácticas con eso, y luego entré a trabajar con la idea instalada y fresca, como si me la hubieran dicho hace un momento. Han pasado cuatro años, y hoy, mientras recorría un estadio a pata pelá observando a los niños de la escuela donde trabajo seguía con esa frase puesta en un cartel luminoso en el frontis de mi mente.
Llevaba mis zapatillas en la mano, y caminaba a paso relajado sintiendo el pasto fresco en la planta de mis pies, observando a niños jugando en todas las direcciones posibles, y todo tipo de juegos posibles. Parecía un sueño, pero era un complejo deportivo ubicado en la comuna de Maipú, y caminaba entre los niños que ese día habían asistido junto a todo el resto del colegio a una olimpiada que la escuela organiza año tras año donde todos deben inscribirse y participar en distintas competencias. Dura todo un día, y ahí debemos asistir tanto docentes como paradocentes debido a la envergadura del evento. Ya faltaba poco para regresar, por lo tanto ya estaban todos ocupados en sus propias cosas. Yo empecé a caminar por el lugar. Al fondo habían muchos árboles que daban sombra y donde una mayoría de los niños y niñas habían ido a buscar un lugar agradable para estar. Me acerqué y empecé a observarlos. Todos habían ido preparados de un modo u otro para ese momento de descanso, llevando mantas, cosas para comer, incluso parlantes a batería para escuchar música. Eran niños y niñas de diez años, hasta adolescentes de diecisiete. Yo caminaba lento, mirando, intentando no ser invasivo. Algunos me saludaban al pasar, pero para la mayoría pasé completamente desapercibido pues estaban inmersos en su quehacer o su no-quehacer. Estaban agrupados por cursos. Acostados a la sombra de los árboles. Algunos jugaban cartas, otros comían, otros conversaban, gritaban, se reían. Vi muchos tipos de actividades. Incluso algunos sentados solos, observando, como yo. De pronto me sentí muy feliz al verlos tan felices, y hubiera deseado que eso se prolongara por mucho más, pero el final de la actividad se acercaba, lo que sería caótico y poco placentero, ya que debían reunirse en un punto a pleno sol a esperar el bus que los llevara de vuelta y era un día particularmente caluroso y soleado.
Sólo di un par de vueltas y regresé a mi lugar, lejos de todos ellos. Seguía contento. Feliz. De hecho, estaba sonriendo.
Algo que me llamó la atención fue que en un momento no fui capaz de distinguir sus edades ya que no vestían uniformados como es común. Salvo algunos casos muy evidentes, todos me parecieron un grupo etario bastante homogéneo. Y sobre todo me llamó la atención  profundamente el modo en que se comportaban todos aquellos que estaban reunidos en grupos, acostados, conversando, escuchando música. Me parecieron, incluso, más maduros. Parecían personas adultas, casi. Pero el asunto es que de pronto como que no los pude reconocer. No eran los mismos que veo a diario en el colegio.  Y es que en verdad me gustó ver cómo ellos por si solos dispusieron una forma especial de estar y disfrutar del espacio.
Yo seguía pensando, a pesar de ese momento maravilloso, que el colegio es un fracaso. De hecho, lo que yo estaba observando no era el colegio. Era otra cosa.
Aun así, y a pesar de mi tensión interna, fui inmensamente feliz el día de hoy. Y esta escena de mi vida que acabo de describir muy básicamente es una de esas que atesoraré por siempre, y que será motivo para seguir pensando cosas en el futuro.
Cuando iba de vuelta iba pensando en una clase imaginaria del día lunes de la semana entrante diciéndole a alguno de esos cursos a los cuales me toca hacerles clase que fui inmensamente dichoso al verlos, y que me sentí feliz de reconocer en ellos seres humanos que ya saben cosas esenciales sin haberlas aprendido de nadie. ¿Qué cosas? El saber gozar, por ejemplo, que como decía mi súper héroe Gonzalo Aloras es la única responsabilidad que como jóvenes ellos tienen. Pero mejor no. No debo. Sería una irresponsabilidad de mi parte. Luego pensé en todos los momentos tensos que he tenido como profesor con los estudiantes, con los pequeños y los adolescentes, durante estos pocos años de docencia que tengo a mi haber. No ha sido culpa de ellos y tampoco ha sido culpa mía. Y creo que tampoco se debe culpar a un sistema o una institucionalidad. Es como odiar a Moby Dick.
Me subí al metro, me senté, saqué mi librito de Bakunin que me ha acompañado estos últimos viajes y leí lo siguiente:

“La juventud es irrespetuosa; instintivamente desprecia la tradición y el principio de autoridad: en eso estriban su fuerza y su salvación” (Oeuvres, V,115 a 117, 69)

Pesqué un lápiz que me prestaron hoy para anotar los puntos de los partidos de tenis que me tocó supervisar y como nunca jamás lo hago subrayé la frase.

Anarcos culiaos.

Santiago 26 de Octubre 2017