¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

05 octubre 2016

Recuerdos


Tener 11 años y veranear en El Tabo.




            Era un día hermoso. Me fui volando a la casa y cuando llegué sentí el olor a comida desde lejos. Las tripas rugían dentro de mi ser. Colgué la toalla, me metí a la casa y mi abuela me mandó a lavarme las manos. Me di la media vuelta, fui a la parte de atrás a sacar agua de los tambores, llené el lavatorio antiguo de mis abuelos con el jarro, tomé el jabón lleno de tierra pegada de tantas veces que había rodado por el suelo. Me lavé hasta los codos, me eché agua en la cara también… sentí el sabor salado del agua del mar aun sobre mi piel. Lancé el agua sucia a las plantas y como siempre me salpiqué los pies. Odiaba eso. Entré a la casa, me senté a la mesa y mi abuela me sirvió un plato lleno de porotos granados. Tomé una mitad de marraqueta, dimos las gracias con mi abuelo y me puse a comer como si fuera la última vez. Siempre he sido ansioso para comer, hasta hoy. Terminé, me puse de pie, recogí mi toalla que aun estaba húmeda y bajé a la playa otra vez. Sentía que el verano y todos esos días maravillosos terminarían muy pronto. Pero lo cierto es que con suerte había pasado una semana del mes de enero, y quedaba mucho aun. Demasiado. 

            Regresé a la pescadería. Me fui saltando por las rocas hasta llegar a mi lugar favorito. La marea había bajado considerablemente, pero la playa continuaba vacía. Me senté, me puse el polerón, el capuchón, la toalla sobre las piernas y me senté en mi trono de roca. Era justo una cavidad en forma de asiento donde yo cabía a la perfección. Tenía vista al mar, que a esa hora de la tarde tenía un color azul ultramarino. Ahí esperaría la hora que había que esperar después de comer antes de meterme al agua otra vez. 

            Como nunca me había pasado antes comencé a aburrirme. No hallaba qué hacer con el tiempo que me restaba. De hecho, no tenía reloj, así que no tenía idea de cuánto tiempo me faltaba por reposar ni cuánto tiempo llevaba ahí. Me comenzó a doler la espalda y el poto. Me acomodaba, pero a los minutos la incomodidad regresaba. No era tan doloroso, pero sí era molesto. De pronto siento unas voces, y algunas risas. Tres tipos flacos con una mujer venían caminando apenas por las rocas hacia donde yo estaba. Me quedé mirando cómo saltaban de una piedra a la otra haciendo ademanes de equilibristas. Se reían de lo estúpido que se veían y de lo complicado que les era todo eso. Eso imaginé. Uno de ellos ayudaba a la chica. Eran mayores que yo, como universitarios, quizá. Traían mochilas, las zapatillas amarradas colgando del cuello. Yo seguía observándolos. Se demoraron bastante en cruzar el último tramo, sobre todo cuando entró una ola grande y todo comenzó a llenarse de agua y espuma. La mujer se quedó sobre una roca grande, sola, mientras los otros tres se burlaban de ella. Una vez que el agua empezó a retirarse uno de ellos se acercó, la subió sobre su espalda y finalmente llegaron donde estaba yo.

            A pesar que estuve todo el rato viéndolos ellos recién se dieron cuenta que yo estaba ahí cuando estuvieron casi encima. Los tipos me ignoraron, pero la tipa me saludó sonriente. Le respondí su saludo y seguí en lo mío; o sea en nada. Los tipos se sentaron cerca, sacaron sus toallas, abrieron sus mochilas y empezaron a armar un picnic. Traían marraquetas, botellas de cerveza y un tarro de jurel entre otras cosas. Se acomodaron y empezaron a comer y tomar. Yo seguía en lo mismo: en nada. Pero sumado a la incomodidad de mi cuerpo también empezó a incomodarme estar cerca de estos tipos. Me puse de pie, me quité el polerón y dejé mis cosas echas un ovillo en mi trono para que no me las fueran a robar. Caminé hasta el borde de la posa. La marea continuaba bajando, pero según mi cálculo aun había agua suficiente para lanzarme y no partirme la cabeza en las rocas del fondo. Estaba en eso, esperando que entrara una ola grande con mucha agua cuando sentí a los tipos hablar.
-No creo que vaya a tirarse… es muy peluda esa weá…
Sentí vergüenza, pero hice como que no oía nada.
-Será pendejo pero supongo que no es weón.
-No sean pesados. Dijo la voz de la mujer.
Me dio rabia escuchar eso. Pero seguí haciendo como que no escuchaba. Mientras tanto mi ola gigante llena de agua y espuma no aparecía nunca. Sólo olas pequeñas que entraban sin llenar de nada salvo de huiros y basura. De pronto mi paciencia fue recompensada y entró un espumón tremendo. Me acerqué más a la orilla de las rocas y me lancé. El agua estaba congeladísima. Siempre me pasaba cuando me lanzaba después de haber estado mucho tiempo al sol. Sentí que me electrocutaba. Una vez a flote comencé a nadar de vuelta a las rocas. Me afirmé de un alga y me salí. Escalé y me senté en cuclillas a entibiarme. Me dolía la frente y las canillas. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, y el frío comenzó a irse. Volví a lanzarme. Esta vez me quedé flotando entre la basura y la espuma amarillenta. Volví a ser feliz. Nadé un poco, pero el agua en verdad estaba muy fría. Más que en la mañana tal vez. Así que después de hacerme pichí -como era mi costumbre- me salí. Me dirigí a mi trono donde me senté, me envolví la toalla en la espalda y me quedé ahí tiritando. Los tipos seguían hablando sobre mi. Esta vez no entendí casi nada.
-¿Está muy helada el agua?- Me preguntó la chica.
Le dije que sí haciendo un gesto con mi cabeza. Los tipos se reían de mi. O sea, se estaban riendo, y yo sabía que era de mi. 
-¿Vives aquí?- Volvió a preguntar.
Otra vez le dije que sí moviendo la cabeza, pero mintiendo porque yo no era tabino. Era de Santiago.
Ahí fue cuando uno de los tipos dijo que era por eso que yo me lanzaba ahí, porque ya conocía el lugar. Los otros se burlaron y le dijeron que no había excusas, que era un maricón cobarde y que le daba miedo lanzarse a una posa donde hasta un cabro chico se podía lanzar. 

Ellos siguieron tomando sus cervezas y comiendo pan con jurel. El olor del pescado se confundía con el olor de la playa. Uno de los tipos lanzó el tarro vacío al agua. Los otros lo retaron. Yo me quedé mirando el tarro que luchaba por no naufragar entre las olas que entraban a la posa. Después lanzaron unas mitades de limón intentando darle al tarro que luchaba por no hundirse. Yo observaba muy concentrado cómo el tarro de jurel vacío y los limones flotaban resistiendo el embate de las olas y la espuma, y cómo también pasaban a ser parte de la basura que siempre flotaba ahí. Ahora que rememoro estos recuerdos me doy cuenta que esos tipos jamás hubieran sido universitarios. Bendita inocencia e ingenuidad que alguna vez tuve en mi corazón. La verdad era que esos tipos era un cuarteto de vagos que se había arrancado al litoral por el día y con suerte sabían donde habían llegado. De eso me di cuenta cuando escuché a uno de ellos sugerir la idea de quedarse a dormir ahí para poder ver salir el sol por el mar. Según mis cálculos eso nunca había pasado en mi playa desde que tenía uso de la razón. De hecho, hasta yo en ese tiempo sabía que el sol salía por el este. Los tipos eran desagradables. Uno de ellos tenía un mohicano, la piel blanca y los ojos de un verde muy claro, lo que le daba un aspecto algo tétrico. Otro era muy moreno, y andaba rapado. Una oreja la tenía perforada con un alfiler de gancho. El otro se veía menor que los demás y era como normal. Era más callado y menos escandaloso. La mujer era blanca, de pelo liso y negro y los ojos achinados. De hecho, le decían la china. Tenía pecas. Era como fea y bonita. Yo era impúber, así que me resultó difícil verla y juzgarla como lo hago con las mujeres hoy. En ese tiempo para mi mujeres y hombres me eran todos iguales y me importaban lo mismo. 

Entre ellos se preguntaban cosas acerca del lugar donde estaban, y ellos mismos se respondían estupideces para luego largarse a reír. En verdad no tenían idea siquiera de dónde estaban. Yo sabía muchas cosas de las que se preguntaban, pero sólo las contestaba en mi cabeza. Después sacaron un cigarro chico y se pusieron a fumarlo compartiéndolo. El olor que salía no era a tabaco. Era muy parecido al olor que salía cuando mi abuelo quemaba la hierba después de limpiar la parcela. Después de fumar se reían más. Y a ratos se reían de cualquier cosa. Una gaviota se posó sobre una roca. Era muy blanca. Yo la miraba. Ellos comenzaron a hablar sobre pájaros. Se reían. Se preguntaban entre ellos si habían visto culear a algún pájaro alguna vez. Uno de ellos respondió que los pájaros no culeaban porque ponían huevos. Los otros escuchaban en silencio, como si se les hubiera estado revelando la verdad. Yo estaba entretenido escuchándolos, y a la vez me daba pena que ninguno de ellos tuviera la misma suerte que tenía yo de irme a vivir al Tabo durante todo el verano con mis abuelos y disfrutar y conocer todo lo que ellos no podían. El sol calentaba, inclemente. Los tipos se sacaron las poleras. El tipo del mohicano usaba un jeans cortado como traje de baño. Los otros también usaban ropa común, como si anduvieran en pleno centro de Santiago. Eso también me provocaba lástima. De pronto empezaron a molestar a la china, pidiéndole que también se quitara la ropa. Ella se puso de pie y empezó a tararear una melodía desconocida, pero que era parte de su performance de desnudista de ocasión para sus amigos. Comenzó a moverse como culebra mientras se quitaba su polera. Los amigos le aplaudían y le silbaban. Debajo de su polera andaba usando un peto de boxeadora. Yo también miraba. Me llamó la atención su guata, porque tenía calugas de hombre y sus hombros estaban llenos de pecas como su nariz. 
-El pendejo quedó loco. Dijo el tipo pálido de los ojos claros. 

Al escuchar eso sentí un hormigueo en mi cara. Me dio vergüenza. Debí haberme puesto rojo. La china me miró sonriente y me cerró un ojo. Ahí fue que la encontré bonita. Pero yo era chico y lo único que quise en ese momento era que se fueran pronto y me dejaran solo. Pero en vez de eso los tipos empezaron a quitarse lo que les quedaba de ropa para quedar uno en traje de baño, el otro en el jeans cortado y el otro con un short de club deportivo pobre listos para meterse en el agua.
-¿Por dónde nos tiramos?- Me preguntó uno.
Yo le indiqué con el dedo el mismo lugar por donde me había lanzado hace unos instantes. Los tipos caminaron en fila india con cierta dificultad y empezaron a discutir cuál de los tres se lanzaba primero. La china los miraba, mientras sacaba un cigarro normal y se ponía a fumar. Entre ellos discutían cosas sobre la marea, que los podía chupar y llevárselos. Después se largaban a reír. El que me pareció más normal de los tres me preguntó qué tan profundo era. Yo le dije que me tapaba, pero que la marea había bajado, así que quizá no estaba tan profundo.
-Esperen que entre una ola y tírense de pie- les dije, presumiendo de mi experiencia y conocimiento al respecto. Pero ellos me ignoraron mientras seguían con sus especulaciones ignorantes y sus tonteras. De pronto uno de ellos se lanzó al agua, saliendo a flote enseguida y quejándose de lo helada que era. Era el punk pálido. Los otros dos seguían riéndose. Después cada uno ofreció su mano para ayudar al amigo a salir del agua. El punk apoya una pierna sobre la roca, hace fuerza y lanza a sus dos amigos al agua. El moreno del aro de alfiler de gancho en su resignación se dio un impulso y voló sobre el punk tirándose una especie de piquero, pero lo triste fue que el que me pareció más normal de los tres se resistió y eso hizo que primero cayera sobre el borde de la roca para luego terminar como si fuera una foca deslizándose hasta el agua. La china tras de mi comenzó a reírse como si hubiera visto la mejor escena cómica de toda su existencia. Yo me compadecí del pobre tipo, el cual debió haberse golpeado duro las costillas y en su deslizar por las rocas ásperas debió haberse raspado la piel. Salió del agua malhumorado, afirmándose apenas. Mojado parecía más joven de lo que me había parecido cuando llegó. Traía una mano sobre su costado derecho y de la rodilla le brotaba la sangre que luego se diluía en hilitos finos por su pierna. No era nada grave, pero parecía doloroso. El tipo se quejaba de la imbecilidad de sus amigos, mientras el punk intentaba subir por la roca y el moreno nadaba desesperado contra la corriente que empezaba a abandonar la posa. Nadaba muy mal, y cuando braceaba movía su cabeza para todas partes. Salpicaba mucha agua y se le notaba asustado. Otra vez la china a mi espalda se reía como si hubiera visto la mejor comedia del mundo, mientras le gritaba al moreno que nadara por su vida. El punk una vez que logró subir empezó a gritarle que nadara con fuerza. El tipo estaba asustado. Yo sentí lástima, porque ahí nadie nunca moriría ahogado, y el mar tampoco se lo llevaría arrastrando. Con suerte se llevaba toda la basura que había ahí. Entró una ola y el moreno y el resto de porquería y espuma que había en el lugar comenzaron a entrar. La china le gritaba que estaba salvado, y seguía riéndose de sus amigos, uno herido y el otro casi víctima del océano. Yo sentía pena, a veces rabia, porque ya estaba un poco harto de esta gente. El punk pálido y de ojos aguados me parecía despreciable sólo de presencia. El moreno era como un mimo huaso, y el que me parecía más normal de todos terminó por darme lástima al verlo todo machucado y desmoralizado sobándose las costillas. La china me provocaba sentimientos encontrados. El primero fue cuando empezó con su show improvisado de toplera de playa pobre y me cerró el ojo, y el segundo había sido hace unos instantes cuando me impactó su incapacidad de colocarse en el lugar del otro demostrándolo con esa risa burlona con la que desmoralizaba a sus amigos y de pasada me hacía sentir vergüenza ajena. 

Yo sólo fui un espectador silencioso. No quería participar, pero después se volvió inevitable. El punk y el moreno eran una especie de ying y yang humano. Estaban uno al lado del otro, cada uno con sus toallas sobre los hombros. Cada uno encendió un cigarro, tomaron una botella de cerveza y se fueron a recorrer el lugar. Los vi irse caminando entre las rocas como un par de niños, casi jugando. El que me pareció más normal de todos se envolvió en su toalla, improvisó una almohada con la mochila y entre las rocas improvisó una cama. La china se quedó sola, y no tuvo más remedio que hablarme. Yo intuí eso, así que antes que eso sucediera me saqué la ropa rápido y me lancé al agua. Empecé a flotar, sacando la punta de mis pies fuera del agua. Imaginaba que era un barco, mientras las pequeñas olas me mecían. La marea estaba bajísima. Lo comprobé cuando me puse de pie y toqué el fondo. El agua me llegaba al cuello. La tarde había avanzado. Apareció una nube y cubrió el sol por unos instantes. Sentí mucho frío. Otra vez me hice pichí y luego me salí del agua. Me puse el polerón y envolví mis piernas con las toalla. Miré hacia la orilla y había mucha gente. No me había dado cuenta. La china me miraba, como esperando que le dijera algo.
¿Por qué no te metiste al agua?, le pregunté.
Porque no puedo, me respondió.
No entendí cómo alguien no podía meterse en el agua.
¿No tenís traje de baño? Pregunté.
Si tengo, pero no puedo.
Esta vez me confundí más que la anterior.
       ¿Estai enferma?
Al escucharme soltó una carcajada y me dijo:
      Sí… más o menos.
Todo el tema se había convertido en un enigma para mi, pero decidí no seguir preguntando.
            Después de eso la china empezó a preguntarme muchas cosas, mi nombre, mi edad, cuánto tiempo llevaba yendo ahí, si tenía hermanos, si tenía polola, cómo me iba en el colegio, qué me gustaba hacer entre otras muchas cosas que no recuerdo. Yo le respondí con total sinceridad, porque de un modo u otro había sentido un poco de culpa al haberle mentido en un comienzo diciéndole que yo era de ahí. Después empecé yo a preguntarle de dónde venía, qué hacía y casi las mismas cosas que me había preguntado ella. Así me enteré que la china se llamaba Paola, tenía 22 años, era cajera en un supermercado y vivía en un lugar feo, y cuando le pregunté si pololeaba me abrió los ojos y me preguntó:
-¿Por qué? ¿Acaso me vas a invitar a salir?
No entendí la pregunta. En verdad fui demasiado joven para entender muchas cosas de este episodio de mi existencia. El asunto es que mi cara de incertidumbre a ella le provocó risa. Luego me dijo que era bonito, y que por qué andaba tan solo. Ahí le expliqué que era porque mis primos aun no llegaban, pero que una vez que estuviera toda mi familia seríamos varios, y yo ya no iría solo a la playa. Ella sonrió y me tocó la cabeza. Yo le miré la guata. Ella se dio cuenta y se tapó, cruzándose de brazos. Le pregunté porqué tenía calugas. Ella soltó una carcajada. Me dijo que era un mirón, pero que era porque practicaba deporte. Le gustaba boxear, y entrenaba en un club cerca de su trabajo. El sol, mientras tanto, había vuelto a asomarse. Yo me había vuelto a sacar el polerón y quitado la toalla de encima. Hacía calor. La Paola tenía su nariz pecosa con gotitas de sudor. Le dije que si tenía mucho calor podíamos meter los pies en una posita pequeña donde yo me bañaba cuando era más pequeño. Estaba ahí mismo, y ahora que la marea había bajado era perfecto para estar ahí sin tener que mojarse. Ella se alegró y celebró mi idea como si de pronto también hubiera tenido mi edad. Se puso de pie y se quitó su pantalón. Sus piernas eran muy blancas, y también tenía pecas en sus muslos. Me fui caminando por las rocas mientras ella me seguía y la llevé  al lugar que le había dicho. Ella se sentó sobre una piedra, yo me senté en el agua y ahí entraban pequeñas olitas que iban y venían. Mientras ella se miraba sus pies hundidos yo jugaba sacando arena del fondo y buscando conchas. Encontré dos blancas, de caracol, y se las pasé. Ella las examinaba como si fueran un par de cosas nuevas que nunca antes hubiera visto. Le dije que les podía hacer un hoyo con un clavo, meterle una cuerda y hacerse un collar. Ella sonrió. 

            De pronto apareció un hombre adulto con dos cabras chicas de la nada. Conversando con la Paola apenas me había dado cuenta que estas personas se acercaban. Cuando pasaron al lado nuestro el tipo nos saludó. Yo le respondí pero la Paola no. Después la china me llamó con un gesto y casi susurrando me pidió si le podía llevar su toalla. Yo en dos segundos salté entre las rocas, fui y le traje su toalla. Ella se puso de pie y se envolvió en ella hasta debajo de sus axilas, como si hubiera estado saliendo de la ducha. Volvió a sentarse y siguió con los pies en el agua. Después me llamó y me pidió que me sentara entre sus piernas, dándole la espalda. Yo me senté, pero desde la cintura para abajo metido en el agua. Ella separó sus piernas y quedé yo en medio. Yo seguí buscando conchas para mostrarle, y ella me abrazó y puso su cabeza contra mi espalda. Fue raro, pero yo me sentía muy bien. Ella olía rico. Me dijo que estaba calientito, y se quedó ahí, apoyando su oreja como si intentara escuchar el sonido de mis pulmones. 

            Insisto en que yo fui muy niño para haber comprendido todo lo que pasó ahí. La Paola juntaba todas las conchas que le pasé dejándolas al sol sobre una roca. Hizo una fila de conchas y luego les dio la forma de un sinfín, como los ojos de los locos que aparecían en el Condorito. Después de un rato la china me dijo que tenía frío, así que se puso de pie, tomé todas sus conchas y regresamos a nuestro lugar. Al llegar ahí estaba el hombre con las dos cabras chicas bañándose en la posa que a esa hora ya casi estaba seca. La marea había bajado mucho, así que parecía una piscina de juguete. El tipo le enseñaba a nadar a la más pequeña afirmándola con sus manos y haciéndola chapotear con los pies. La más grande estaba sentada sobre una roca en la orilla, como con miedo. Me llamó la atención su pelo crespo. Era mucho. Se le veía tremenda cabeza. La Paola se sentó y me pidió prestado el polerón. Se lo puso y le quedó apretado, y se puso el capuchón sobre la cabeza. Abrió su mochila y sacó unos lentes oscuros y se los puso, al tiempo que sacó un cigarro y se puso a fumar. Yo me senté al lado de ella. Estaba como enojada, pero cuando me senté pasó una mano sobre mis hombros y me abrazó. Me preguntó si tenía frío. Le dije que no. Después me preguntó si tenía hambre. Le dije que no. Me preguntó si fumaba, y le dije que no. Soltó una carcajada y me abrazó más fuerte. De pronto estábamos los dos en silencio mirando al tipo con las niñas. La niña crespa se daba vuelta a mirarnos de cuando en vez. La Paola comenzó a tocar mi pelo húmedo. Yo me entregué como un gato, mientras jugaba con un par de conchas de las que le había regalado. Atrás su amigo seguía durmiendo en su cama de piedra. Los otros dos habían desaparecido. 

            Ya era tarde, y de eso me di cuenta porque empecé a sentir mucho frío. En ese momento el punk blanco y el moreno aparecieron con sus voces escandalosas. La Paola se acomodó, se quitó mi polerón y me lo pasó. Yo me lo puse de inmediato. Estaba tibiesito, y olía a ella. Los tipos despertaron al dormido. Lo molestaron un rato y le pidieron disculpas. Otra vez eran amigos. La Paola me pidió que la acompañara. Una vez que nos alejamos me dijo que quería hacer pipí. Le dije que yo me hacía en el agua, pero que habían unos baños que cobraban cien pesos más arriba… ella me interrumpió y me dijo que era urgente. Entonces recordé que había un lugar entre unas rocas que una vez mi tía había usado de baño. La llevé ahí y ella me hizo jurarle que le avisaría si alguien venía. Me quedé de pie mirando para todos lados y ella desapareció entre aquellos espacios. Al rato regresó y me dio las gracias. Yo iba a empezar a caminar para volver pero me pidió que la esperara porque prefería cambiarse ahí. Yo me subí a una roca y me puse a mirar para todos lados. Ella me llamó y empezó a tararear la melodía que yo no conocía y que usó para hacerle el show improvisado a sus amigos. Se dio la vuelta y mientras se subía el pantalón movía su poto de un lado al otro, como si hacerlo entrar dentro le costara mucho. Después tomó los tirantes de su peto de boxeadora y me mostró sus hombros pecosos y quemados por el sol que llegaban a brillar de lo rojos que estaban. Me dijo que le dolían. Se los volvió a poner con cuidado, y mientras lo hacía las calugas de su guata se le marcaban más. Se puso la polera, improvisó un peinado rápido y ya estaba lista. Regresamos donde sus amigos, que ya estaban arreglando sus cosas. El hombre con las niñas ya no estaba. La china cruzó un par de palabras con sus amigos y después ellos empezaron a irse por las rocas sin despedirse de mi. Para ellos yo apenas había existido. La Paola guardó todas sus conchitas en el bolsillo de su mochila.
-Chao bonito, me dijo.
Me tomó de la cara y me dio un topón en la boca y así ella y ellos se fueron de mi vida por donde mismo llegaron.