¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

22 enero 2016

Samurai Punga

Hace unos días fui a mirar una exposición de armaduras samurái que se exhibe ahí en el sótano de la moneda. Me gustan los samuráis y los ninjas, así que fui muy emocionado a observar auténticas armaduras y accesorios pertenecientes a una colección de un gringo culiao de cuyo nombre no puedo acordarme.

Empecé a observar muchos tipos de cascos de distintas épocas, fabricados de variados materiales y con diseños de todo tipo. Junto al casco podía ir incluida una máscara que podía ser completa, o que cubría la parte inferior del rostro. Eran mandíbulas con gestos agresivos, algunas hasta tenían bigotes, la pera y la nariz puntiagudas o dientes de animales salvajes. Después el resto de las armaduras como las pecheras, llenas de detalles, formas y dibujos que simbolizaban características humanas como la inteligencia, la sabiduría o el coraje. Protecciones para los brazos, los muslos y las piernas, llenas de bordados, detalles de cuerdas e hilos trenzados, bañados en plata y en oro, incluso. Todas tenían símbolos e inscripciones. Todo era tan prolijo, tan bello… costaba comprender que se empleara tanto trabajo, dedicación, inteligencia humana y pulcritud en la construcción de un traje que sería usado en algo tan nefasto, destructivo y miserable como una guerra. Por lo menos en esa weá pensaba mientras me paseaba entre las armaduras y los accesorios y observaba en cada una de ellas detalles maravillosos. No me cansaba en verdad. Algunos los vi varias veces.

Como suele ocurrir una de todas ellas me llamó mucho la atención. Era una armadura roja. Daría la lata de describir de qué época era, de quién fue etc… vayan a verla mejor, ahí hay un cartel de treinta por treinta donde intentan resumir eso. A mi sólo me llamó mucho la atención porque la encontré bella, y hubiera dado un brazo por ponérmela y sentirme un nipón guerrero. Pero seguía con esa sensación rara. Me parecía absurdo que se confeccionaran armaduras de ese tipo para terminar vistiendo un cadáver de nipón todo tajeado y flechado en algún peladero japonés antiguo. La guerra no merece tanta dedicación, pensaba yo.

Terminé el recorrido. Me quedé unos quince minutos mirando un sable samurái (katana) precioso. Al igual que las armaduras rebosaba detalles y minucias sublimes. Otra vez volvía a mi ese pensamiento de ¿para qué tanto?, si a la larga se trataba de una hoja de acero afilada que servía para tajear, rebanar, cortar o cercenar a un otro.
Ni hablar. Terminé el recorrido y regresé a casa.

Pasaron un par de días de eso y tuve la mala suerte de descompensarme otra vez. No detallaré, pero se trata de un estado fatal donde me cago de miedo por nada y siento que moriré de algo. Como no es primera vez que me pasaba ya sabía que no me moriría de nada, pero el terror lo tenía instalado dentro de mi ser, y me esforzaba por bancármelo con tranquilidad, esperando que pasara. Siempre pasa, eso es lo bueno. Pero hay que esperar, y experimentar todo eso doloroso que siento. Es pal pico aguantarse el miedo. El ser humano se adapta a todo, dicen, pero yo creo que jamás me acostumbraré al miedo. Entonces para relajarme empecé a imaginar que era un guerrero de esos que usaban las armaduras tan bonitas que había visto el otro día. Me imagino que el miedo ha estado desde siempre en la historia de la humanidad, sin importar de dónde chucha hayas sido. Un japonés, por ejemplo, que tiene que ir a pelear. Va a su casita, y se coloca toda esa maravilla hermosa encima. Parte por parte. Un kimono precioso, después la pechera, las hombreras, la protección de los muslos, las piernas, los brazos. Una vez todo en su lugar, te colocas el casco enorme. Y al final una máscara. Una media máscara, que te cubre desde la nariz hasta el cuello. La boca tiene un gesto diabólico, como gruñendo, y dando un grito eterno para intimidar al enemigo. Entonces toda la weaita de la armadura maravillosa de pronto empezó a tomar sentido para mi. Me imaginé en una guerra conmigo mismo, aterrado. Pero estoy cagado, tengo que ir no más a la weá. De hecho, ha sido tanto que yo deseo ir, a pesar del terror que me embarga. Entonces mientras imaginaba cuál sería la mejor manera de ir a ese enfrentamiento la armadura samurái fue la mejor elección. Por lejos. Más que sentirme protegido, era sentirme hermoso, divino, imponente. A pesar del miedo, del terror a la muerte. Ir con todo el honor del mundo, dichoso a la weá, con la mejor pinta. Y para recordar todas mis virtudes las dibujo, representadas a través de árboles, de aves, el sol, la luna o un dragón volador. Qué hermoso. Casi me pongo a llorar. Estaba muy emocionado mientras imaginaba todo el ritual de vestirme de ese modo para ir a enfrentarme a una guerra difícil que me daba miedo. Qué mejor manera de hacer frente. Por último un casco enorme, y para que no me vean débil me cubro el rostro con una máscara amenazante, furiosa. Así iría a enfrentar ese horror de mierda que me amargaba. Y para partir la weá en mil millones de pedacitos una espada ligera, hermosa y muy letal. Qué divino. Creo que pasándome todas esas películas me di cuenta de algo importante, pero como siempre de un modo muy flaite.

Por otro lado mi cultura occidental contemporánea sudaca carece de la comprensión suficiente para hacerme una idea de todo lo que la guerra significó o significa para la visión japonesa. Pero creo que de algo me di cuenta. Me gustaría ser más letrado para poder describir todo eso y explicarlo mejor, pero mejor lo dejo así. Lo importante de todo este cuento es que ahora mismo me siento muy bien. Ya pasó todo. Así que otra vez guardé mi armadura samurái, y los sables y todo hasta la próxima, porque la vida culiá nunca será fácil. Esa es mi única seguridad.


20 enero 2016

Ir al water after colusión.


En algún momento de la vida me empezaron a importar las cosas que aparecían escritas en los diarios. Antes me resultaban en lo absoluto indiferentes. Ahora me llaman la atención, y me quedan dando vueltas en la mente. Pienso en eso en mis incontables viajes en micro y metro. Es mucho tiempo que tengo disponible para pensar. Intento recordar en qué cosas pensaba antes de preocuparme por los titulares de los diarios, pero no me acuerdo. Da igual. La cosa es que de pronto leo titulares, columnas de opinión y una que otra crónica policial y me quedo pensando en las cosas que suceden en el mundo y que de un modo u otro terminan llegando a mi. Hoy mismo, por ejemplo, mientras desenrollaba el confór pa’ limpiarme el ojetillo. Pensé en todos estos años en que los empresarios del papel se organizaban para establecer los valores con que sus productos se transarían en el mercado. Como eran pocos weones dedicados al rubro podían hacerlo, y así el precio que uno terminaba pagando en el supermercado o en el negocio de la pobla por un rollo de confór estaba previamente discutido y determinado por los mismos weones que lo producían. Mortal por ellos. Así es el libre mercado, qué le haremos. Los dueños con esa plata pagan su vida de cuicos: esa que se ve en las páginas sociales del merculo: el colegio caro, los partidos de polo, el golf, las machas a la parmesana en borde río y cuanta cosa más que le gusta hacer a la gente con dinero en este país de mierda. Nosotros nos seguiremos limpiando el culo cada día, porque cagamos mucho y seguiremos cagando mientras vivamos casi todos los días, sin contar otros usos como el sonarnos o el limpiarnos y qué se yo qué más. Ni hablar de las mujeres, que son grandes consumidoras de papel higiénico. Eso lo veo a diario como profesor en el colegio. Las cabras agotan los rollos de papel con una voracidad de hoyo negro. De hecho, en la enfermería les tienen un rollo extra para salvarse si es que no encuentran papel en el baño. Los niños, en cambio, si no encontraron papel tendrán que limpiarse con papel de cuaderno bien arrugado para que no les dañe el okeroke. Los demás nos sacudimos la pija como si fuera de juguete. Así funciona. Y así es como un titular de diario mañanero termina manifestándose como una realidad cercana a mi. En este caso, por ejemplo, que descubro por qué es costoso mantener un colegio con papel en los baños constantemente. De hecho, en este país el hecho que los baños cuenten con papel higiénico es casi milagroso. De unos mil millones de baños a los que he entrado en la vida creo que muy pocos contaban con ese servicio. Ni hablar de los baños de colegio: en toda mi vida escolar nunca estuve en un colegio que tuviera los baños con papel. Pobres cabras… que, como explicaba, son las mayores consumidoras de papel confór. En fin. Me desvié, como siempre. Todo esto era sólo un ejemplo.

            Vuelvo a los diarios. “¿Quién va a creer las noticias del diario de hoy?”, cantaba Aloras junto a Charly en Emotival. Y les diría ahora mismo que yo; yo les creo. Claro que existen otros canales de información como el internet que hoy por hoy está destronando todo lo que yo conocí (sobre todo la televisión, que en un momento de mi existencia me pareció casi un ser supremo y, como tal, inmortal y omnipresente). Pero no, la prensa escrita sigue ahí: esos son los diarios que leo y en los que creo y que –más encima- me dejan pensando. Qué le haré. Soy humano.

11 enero 2016

Bitácora Charcha (III)

Estaba de lo mejor buscando esposa por tinder (en vez de andar charcheando) y me entero que David Bowie se fue al cielo. Todos mueren, es un hecho perpetuo. A veces preferiríamos con el alma que fueran otros los que partieran antes. La lista es larga JAja. Pero si llega la hora no hay nada que hacer. Así es la muerte. Lo único que me gusta de la weá es que no perdona a nadie: se lleva a los músicos que hicieron canciones bacanes como Bowie, al viejo culiao que toma vino en caja bajo el puente, al cuico culiao poderoso, a los niños pequeños y la gente vieja. Eso si que es ser demócrata. En fin. Entonces empecé a recordar las primeras canciones de Bowie que escuché. Fue en el colegio, por supuesto, El Zúñiga (o "Suéñiga" por su cara de sueño infinito), personaje al que le perdí el rastro para siempre, incluso hoy en la era de las redes sociales donde nadie queda afuera. Fuimos compañeros en tercero medio y el loco empezó a hablarme de Bowie. Como yo no sabía de qué mierda me hablaba, el Zúñiga comprendió que primero tenía que introducirme en el asunto. Así fue como llegué un día a clases con un caset virgen de 60 y cinta de cromo (los mejores según los escolares melómanos de los noventa) para que me grabara el Space Oddity. Partí para mi hogar, me metí a la pieza y le puse play a la "roller" amarilla que me regalaron cuando pequeñito. El primer tema era más o menos conocido. De ahí para adelante todo era nuevo. En ese tiempo yo andaba cautivado por Nirvana y Los Tres, que eran el binomio favorito de varios escolares de aquel entonces, pero sobre todo escuchaba a Los Beatles con un fervor religioso de vieja culiá que va a la iglesia. Como yo estaba hechizado por la dulzura melodiosa y melosa del cuarteto de Liverpool Bowie fue para mi como comer harina tostada a cucharadas, así que digerir el disco me costó. Lo escuché una, dos, tres... quizás cuántas veces. El Zúñiga me pillaba en la sala de clases y se me acercaba ansioso a preguntarme qué me había parecido la weá. Mi lenguaje, mucho más empobrecido que el que uso hoy, no me permitía darle una descripción decente de mis impresiones. Pero le dije que la weá era densa, y que necesitaba seguir escuchándolo, aunque habían cosas que me habían llamado mucho la atención como "Letter to Hermione", que luego el Ariel me enseñó que se pronunciaba "ermáoni", y no "ermióni", como yo rascamente lo pronunciaba varios años antes de la "pottermanía" y que ese nombre se convirtiera parte del conocimiento popular. También me había gustado "God knows I'm good". Me encantaba el coro, y sonaba seguido en mi cabeza. Me gustaba lo que significaba en español, y para mi se terminó convirtiendo como en una oración corta, pero intensa, que yo cantaba y recitaba casi como un mantra brit flaitongo. "Dios sabe que soy bueno... Dios sabe que soy bueno". divino. Es de esas canciones que me hubiera gustado escribir a mi.
Así fue como un día iba caminando para el colegio y me daban ganas de escuchar el disco. De la canción "Space Oddity" ni siquiera opino: a todos nos encanta la weá. Ahí recién pude decir con cierta propiedad que la música del loco era interesante para mi. El Zúñiga estaba contento porque iba a tener con quien hablar sobre el asunto, aunque Zúñiga fue un personaje de mi vida con el que tuve conversaciones importantes. No puedo dejar de recordar aquella vez que lo pillé leyendo en la biblioteca y yo andaba leyendo una antología de Juan Emar que le comentaba y nos recagábamos de la risa. Ñoños nivel sideral. Qué hermoso. 
Después escribir la letra de "Letter to Hermione", traducirla y sacar los acordes con mi guitarrita de palo imaginando que algún día se la cantaría a alguna weona mala que me diera la patá en la raja para irse con otro. Lindo lindo. 
Así es la vida, y el tiempo sigue avanzando implacable. Así es como nos terminamos encontrando en algún momento con la poderosa muerte. Es parte del todo. Así que nada más que decir al respecto. 
Lo que sí es cierto en lo absoluto es que sin David Bowie y sin Pierre Boulez en este planeta mi música es menos charcha que ayer. Es como subir un peldaño de modo forzado. Pero así es la weá, más vale perro flaco vivo (y charcha) que leones muertos. 
Un beso para todos mis amigos músicos que se lo comen atravesado.

08 enero 2016

Bitácora Charcha...

He estado puro gastando dinero durante estos primeros días del 2016. Estoy aprovechando, porque en algún momento ya no podré hacer este tipo de cosas. Así es la vida. 
Me siento viejo la mayoría de las veces, y siento que ya no estoy para andar pegándome fallos como este. Pero me da igual y sigo en la misma. Lo único que me falta es el micrófono, pero a fin de mes lo consigo. 
Ayer fui a la iglesia de los Carmelos (donde se casaron mis padres y me bautizaron a mi) a escuchar a la filarmónica de Santiago. Estuvo hermoso. Tocaron dos sinfonías, la 40 de Mozart y la 2 de Brahms. Lo que es escuchar música de verdad. En fin. Así es la vida (otra vez).
No he trabajado en ninguna canción porque me paso la mayor parte del tiempo angustiándome por nada. 
Lo otro es que siento que la maquinaria musical independiente está abusando demasiado del slow motion en sus clips de video. Me di cuenta de eso cuando estaba pensando en hacerle un video al uso guantes y me lo imaginaba todo en slow motion. Mala idea. O sea, sin duda es lindo, le da un aire muy etéreo a las imágenes, pero de repente hay que saltarse este tipo de tendencias y pensar en otras cosas para que trabaje un poco nuestro cerebro.
Tengo algunas canciones, pero aun no sé cómo armarlas. Se supone que voy a grabarlas y ahí se me irá prendiendo la ampolleta. Pero debería estar trabajando en eso en vez de seguir con la angustia absurda, el internet y la paja. Pero así es la vida (tercera vez).
Hoy empiezo.