¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

22 agosto 2015

Intentando otra vez (escribir)

Todas las mañanas me voy pensando weás en la micro. Siempre digo que apenas pueda me sentaré a desarrollarlas, pero la verdad es que cuando estoy con el cursor parpadeando o frente a la hoja en blanco mi cabeza queda igual de blanca. Me esfuerzo un poco en recordar aunque sea una sola de todas las cosas que se me pasaron por la cabeza, pero me resulta imposible. Entonces decidí hacer el ejercicio, esta vez, de puro ponerme a escribir no más… cualquier weá, total –quizás- en el camino se me vaya iluminando el zapallo. 

El asunto es que empiezo a mirar hacia adentro, a sapear mis inquietudes más profundas, o mis reflexiones más recurrentes y sigo sin definir una sola cosa que sea. Cualquiera. Pero quizá si sigo tipeando, si de fondo dejo La muerte de Alsino… que suene no más… 


Lo del Pedro Prado fue una sucesión de circunstancias. Primero, la práctica de formación de coro en el liceo Pedro Prado. Después mi inquietud por saber quién había sido Pedro Prado. Después descubrir que había sido un escritor, después ir por los cachureos de la feria del domingo de Conchalí y encontrar el Alsino a luca en un puesto de la calle. Me lo compré y lo leí. Qué novela de mierda. No lo digo en un sentido negativo, muy por el contrario, porque el viejo culiao me subió en la máquina del tiempo y me llevó hacia atrás (quizá hacia adelante… o hacia otro espacio…) y me describió un Chile distinto… un país casi imaginario, donde no había nada más que lugares extensos y algo desolados, donde las personas se esforzaban por vivir. En medio de esos paisajes donde el predominio era de la naturaleza, donde se tomaba el tiempo de describir la flora y fauna de cada una de nuestras zonas tan características aparece el pobre Alsino, jorobado, con su par de alas incipientes en medio de la soledad casi absoluta. Y le salen alas, y aprende a volar. Qué maravilla. Pero aparte del milagro maravilloso, el resto es sólo incomprensión, soledad y dolor. El pobre Alsino sale a volar solo, a perderse en medio de bosques o playas extensas donde no hay un alma, salvo la de la fauna quien, en ese país imaginario, aun gobierna los espacios. Hoy podría aparecer otro Alsino, en un país superpoblado, moderno, lleno de ciudades y cada vez más devastado por una ambición humana absurda. Me atrevo a afirmar que su destino sería exactamente el mismo: condenado a la incomprensión, la soledad, y el dolor que provoca la muerte. No es su propia muerte, es la muerte de todos aquellos quienes se acercan y logran observar su corazón cálido, inocente y triste. La muerte termina siendo su mayor regalo. El primero y el último. 


 Hoy me llama Deivid y me cuenta que se encuentra organizando para la próxima semana una junta de organizaciones literarias en torno a la generación de intelectuales que albergó a Pedro Prado y un grupo en el cual participó al que llamaron el “grupo de los diez”. Justo el Deivid me mencionó a Pedro Prado y Augusto D’Halmar. Al primero lo leí por culpa del destino, al segundo igual, pero hace mucho tiempo. Mi hermanto tuvo que leer la Juana Lucero. Algo me hizo tomar ese libro y leerlo. Lo leí, de hecho, impulsado por algo que ahora ni recuerdo que pudo haber sido. Para efectos de la prosa poética punga que pretendo también lo encasillaré en el concepto de “destino”. Si algo compartía la Juana Lucero con Alsino era la incomprensión, la soledad y el dolor. La muerte es lo mejor que puede suceder en ese par de novelas de mierda, pero no aparece nunca. Cansan en verdad las weás. Cansa tanta presión, cansa tanta injusticia. Ambos autores compartían la fijación por el dolor, por lo que nunca podrá llegar a ser. La pobre Juana, toda hermosa y radiante por culpa de su juventud que brota y florece de pronto, para terminar siendo comida para buitres. Le chupan toda su sangre, y como el pobre Alsino, destruídos, sin sangre, terminan reptando por el suelo de una realidad áspera y árida. Terrible. Y yo leía en la micro, absorvido. Y toda esa prosa con su vocabulario anacrónico me afectaba de todas maneras. Aunque a ratos describieran mi país, mi propia ciudad de un modo que para mi resultaba ser completamente ajena, pero a la vez tan propia… era como el génesis de mi realidad contemporánea, el comprender cómo fue alguna vez todo esto. Los lugares cambian, pero el corazón y el espíritu de los seres humanos será por siempre perenne. Perenne sus inquietudes, sus esperas y perennes sus emociones. Qué terrible. Por mientra escucho la muerte de Alsino, por Alfonso Leng, otro que junto a Acario Cotapos fueron partícipes de este grupo de personas. Ellos, como músicos, pintaron la banda sonora de estas mentes escritoras las cuales se encargaban de narrar y elucubrar todas estas ficciones densas. La música, que nos conmueve enormemente, esta vez refleja todas las inquietudes de estos hombres, quienes se reunían a pensar, a jugar, a ser cada vez más amigos e intentar ser felices –tal vez-.