¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

23 mayo 2015

Sémola`s Grum

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04 mayo 2015

Historia de amor corta en cinco actos

     Empezaron una mañana cualquiera. Estaba ahí, sentado, comiendo los restos de una comida que había guardado el día anterior. Estaba bien. Sabía bien, por lo menos. Y el sol comenzó a asomarse. Era muy temprano para desayunar comida trasnochada, pero en verdad eso no le importaba lo más mínimo. La cosa es que ahí comenzaron. Esa mañana tibia, en medio de su desayuno extraño. Una bandada de pájaros volando rumbo al norte. Era extraño. No sabía nada de pájaros que migraban, y mucho menos para dónde iban en pleno verano. Ni siquiera sabía qué tipo de pájaros eran. Lo inevitable fue quedarse ahí, con el tenedor en la mano, congelado, observando como esas bandadas se iban siguiendo una tras otra formando una ve corta. Una ve corta tras otra. Era como bello. Estuvo así durante un largo rato observando. De pronto un bocinazo hueco de micro lo regresó a ese lugar áspero: el escaño de plaza donde estaba sentado, el pote plástico con comida, rodeado del movimiento de personas madrugadoras que caminaban apurados todos hacia alguna parte. La luz comenzó a cubrir todo hasta que el día ya estaba en pie. La comida se había terminado, las bandadas de pájaro ya habían pasado y el reloj digital puesto en su muñeca huesuda marcaba las seis treinta y cuatro. Demasiado temprano. Otro lunes. Guardó el pote plástico en su mochila de jeans toda deshilachada, se limpió la boca con un pedazo de confort, se puso de pie y comenzó su caminata. Era demasiado temprano. Volvió a echar un vistazo hacia el cielo, pero ya no había nada. Despejado total. Eso sólo le decía que este lunes sería un día caluroso como todos los que se venían sucediendo desde diciembre. Recordó por un instante un chiste que le habían contado el sábado en un carrete, un niño pequeño que apareció de repente serpenteando entre las personas que ahí estaban. Llegó hasta él y le dijo tío, le voy a contar un chiste. Pero lo dijo casi en otro idioma: ¿ti, le acontó a chist?, o algo así. Un chiste antiguo, ese del perrito que se llamaba calcetín y salió a la calle y se lo pusieron. Después se fue corriendo por donde vino y no lo volvió a ver en toda la noche. Es extraño el pensamiento. No sabía cómo ese recuerdo había llegado tan claro durante esa mañana en la que sólo había visto pájaros volar en ve mientras desayunaba tallarines trasnochados y helados con mantequilla. De pronto se dio cuenta que iba con una gran sonrisa dibujada en el rostro mientras caminaba… salió a la calle y se lo pusieron… repitió en su mente, y soltó una carcajada. 

II 

    Eva estaba sentada en la recepción mirando su teléfono escondida. Era temprano y nadie llegaba temprano, así que jugaba a ese juego que la tenía enviciada desde hace varios meses. No podía concentrarse mucho porque en cualquier momento podía aparecer el jefe, o una de las viejas sapas de contabilidad. Empezó a rascarse una rodilla. Continuó jugando. Luego volvió a rascarse otra vez. Luego otra y otra. Se observó y se dio cuenta que había rasgado la panti. Miró a todos lados, se puso de pie y fue al baño a sacársela. Entró, se sentó en la taza y se relajó un momento. Sabía que esa era la excusa perfecta. Nadie podía decirle nada. Estaba en el baño. Suspiró, se sacó un zapato, estiró una pierna y empezó a sacarse la media desde el muslo. Observó un moretón que tenía. No se acordaba por qué estaba ahí. De pronto se quedó inmovilizada recordando. No hubo caso. Se apretó con el dedo, sabiendo que le iba a doler. Le dolió, en efecto. Volvió a hacerlo. Luego puso su pie sobre la pierna, sentada como hombre, y al sacarse la media se quedó mirando los dedos de los pies. Se los tocó. Luego se llevó la mano a la nariz. Sus dedos olían a humedad. Volvió a hacerlo, sabiendo que el olor no era demasiado agradable. Otra vez se quedó paralizada. Se puso el zapato, luego realizó la misma rutina para quitarse la otra media. Se sentó como hombre, otra vez, y comenzó a observarse la pierna. Se acarició la pantorrilla, para sentir los vellos incipientes que comenzaban a asomarse. Sintió algo de aspereza. Lo volvió a hacer, a pesar que sentir eso no le gustaba. Odiaba los pelos duros. Se colocó el zapato. Se puso de pie, se metió la blusa dentro del vestido, que con los movimientos se le había salido, se ordenó, se observó en el espejo y salió. De pronto recordó que no se había lavado las manos después de haberse tocados los dedos de los pies. Iba a devolverse pero era tarde, había un tipo de pie frente a la recepción esperando que alguien lo atendiera. 


III 

    Eran las siete cuarenta de la mañana. Temprano. Por lo general a esa hora no llegaba nadie. Todos suelen aparecer después de las ocho. Pero era una excepción. Siempre hay excepciones. Eva se sentó en la recepción. El tipo la saludó. Buenos días, le dijo, vengo a dejarle este encargo a Don Esteban. ¿De parte de quién?. Julio. Perdón: ¿Julio cuánto?. Julio Villagra, contestó él, con una gran sonrisa en su cara. A Eva le llamó la atención que alguien estuviera tan contento a esa hora de la mañana. Ella no se dio ni cuenta, pero se había contagiado de la sonrisa de Julio, y también sonreía. Tomó el teléfono, marcó a Don Esteban, pero este aun no llegaba. Se había olvidado que a esa hora no estaba. No pensó. Sólo actuó mecánicamente. Perdón, le dijo, pero Don Esteban no llega temprano, se me había ido. No hay problema, le respondió él. ¿Puedo dejar el encargo con usted?. Claro, respondió Eva. Julio continuaba sonriendo, y Eva también le respondía con una sonrisa. Julio era bonito. Eva acercó su mano derecha hacia la nariz y se do cuenta que aun tenía olor a pie. Olor a humedad. Todo por culpa de esos zapatos chinos plásticos. Ella hizo como que se rascaba la nariz para disimular lo que en verdad estaba haciendo. Lo volvió a hacer otra vez. Julio encontró muy bonita a Eva. Volvió a recordar el chiste del perro que se llamaba calcetín y salió a la calle y se lo pusieron. No pudo aguantar y comenzó a reírse solo. Eva se sintió incómoda. Sólo le hizo un gesto con su cara. Julio comprendió el mensaje y se apresuró en darle una explicación. Es que me he estado acordando de un chiste que me contó un cabro chico en un carrete el fin de semana. Es fome, pero me acuerdo y me da risa. Eva sonrió. ¿Y qué chiste es?. No, es un chiste antiguo, y re fome. Eva insistió en que se lo contara. Julio no quería, pero ella fue tan insistente que cedió. Ese chiste de un perro que se llamaba calcetín, salió a la calle y se lo pusieron. Meeee, respondió Eva. ¿Viste?, le dijo Julio, era muy fome, y tonto. Pero no he podido sacarme eso de la cabeza. ¿Y eso te lo contó un cabro chico?, ¿y en un carrete?, le preguntó Eva, muy intrigada. Si, le dijo Julio, yo estaba carreteando en la casa de unos amigos el sábado, y de pronto aparece un cabro chico que apenas hablaba bien, y me dijo tío, te cuento un chiste, y me contó eso… se lo entendí clarito. Eva sonrió. Julio ya no le parecía un desconocido. Le pareció tierno. Julio no quería irse de ahí. Las sonrisas de Eva eran como un imán que lo atraían con intensidad. Disculpa, dijo Julio ¿Cómo te llamas? Eva. 


 IV 

    Recordó a los pájaros que volaban en ve esa mañana. Se acordó de Eva en la recepción. Bonita la Eva. Recordó cuando la vio salir de esa puerta y caminar a sentarse en la recepción, recordó sus piernas tan bonitas, el vestido apretado y lo redondo que se le veía el culito. Otra vez recordó los pájaros volando hacia el norte, y esa mañana de lunes desayunando tallarines fríos en un escaño de plaza mientras hacía la hora. Otra vez la Eva invadiendo sus pensamientos. Estaba muy rica. Después recordó cómo se reía y le mostraba los dientes. Eva estaba en el baño lavándose las manos cuando se acordó de la situación. Coqueteando con el Julio, mientras ella estaba con todas la manos pasada a pata. Qué vergüenza. Más encima las medias metidas en los bolsillos de la falda. Una en cada bolsillo. Y las piernas peludas. Comenzó a reírse. Se acordó de la sonrisa de Julio, y lo contagiosa que era. Era lindo el Julio. Y era alto, muy alto, y flaco. Eso siempre le llamaba la atención… y los dientes parejitos. 


 V

     Eva le contó a Julio que el fin de semana había salido. Se sentía mal. Las cosas ya no eran como antes. Tomó, tomó mucho. Entonces estaba así, toda curada, cuando no se dio ni cuenta y estaba con otro loco. Sólo fueron unos besos. El loco quería más, pero ella no estaba ni ahí. Lo empujó. Él se enojó y la trató mal, le dijo cosas. Julio la escuchaba, callado. De pronto a su cabeza llegó el recuerdo de los pájaros que volaban en v, en bandadas, una tras otra, esa mañana de verano, haciendo la hora sentado en un escaño de plaza, comiendo tallarines fríos con mantequilla del día anterior. Se acordó cuando entró a la recepción y no había nadie. Eva se puso a llorar. Se tapó la cara con ambas manos. Julio no decía nada, sólo la miraba, y recordaba cosas. Eva le dijo que no… que la verdad era que se había ido con el tipo. Que ella estaba borrada, que no se dio ni cuenta cuando estaba en un departamento sola con él, y le sacaron la ropa, y que despertó al lado de él. Se levantó callada, se vistió y se fue. Llamó a Julio para que hablaran ese mismo día. Julio aun estaba durmiendo cuando Eva lo llamó. Se levantó sin bañarse y fue a juntarse con ella. Julio no hablaba, sólo recordaba cosas. De pronto recordó al niño en medio de ese carrete y el chiste antiguo y fome, ese del perro que se llamaba calcetín, salió a la calle y se lo pusieron. Esta vez, eso sí, ese recuerdo no lo hizo reír.