¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

15 marzo 2014

El último pánico en Franklin.

Tenía que caer un viernes. Los viernes suelen ser días felices: el umbral de lo que será un fugaz, pero feliz, fin de semana. El recreo capitalista. En fin. Ando disperso y me desvío de lo temas centrales con gran facilidad. La cosa es que este viernes fui a despedirme de mi compadre Germán que el sábado emprende un gran viaje. Italia. La bota que flota en medio del mediterráneo y que tuve que memorizar en la clase de historia cuando estudiaba en la dos setenta en Conchalí. Nunca lo olvidé: Sicilia, Córcega y Cerdeña, Rómulo y Remo chupándole las tetitas a una loba (guácala), Constantino I y el inicio del Cristianismo. Supongo que fue como una especie de intuición que centró particularmente mi atención sobre ese territorio que tuve que memorizar obligado pero que, a diferencia de todo el resto de contenidos escolares vistos, no olvidé. Algún día Italia tendría alguna relación con mi destino. Entonces un día mi compadre me dice que se va y, precisamente, se va para Italia. 

¿Por qué te vai, weón? -le pregunto- Y, precisamente, es lo primero que uno pregunta. Pero la cosa es que el por qué en realidad da lo mismo, porque he aprendido que uno en la vida se encarga de inventar porqués, pero la vida misma se encarga de convertir todo eso en especulaciones artificiosas que -lo más probable- que no lleguen a tener ninguna correlación con la realidad. Lo importante, entonces, es que te dieron las ganas de algo, te movilizas y lo llevas a cabo. Punto. Así que me dijo que se iba el quince, para su cumpleaños (porque mi compadre es un trastornado). Allá lo espera ansioso el Fabián, su hermano mayor, para comenzar a moverse. 

Al Germán lo conocí en un Marzo lejano en el colegio. Si no me equivoco podría estar hablando del año 1997. Ese año a mi me tocaba entrar en un curso nuevo, así que de fundido y miedoso no fui el primer día de clases. Debemos haber tenido 14 años, en plena ebullición de la pubertad pajera y terca. Este culiao andaba para todos lados con el Guillermo, walkman en mano, escuchando Queen a todo ritmo y recorriendo los pasillos caminando hombro con hombro (los cables de los audífonos eran cortos), sentados uno cerca del otro en la sala de clases y transmitiendo en onda corta. No recuerdo el día exacto en que comencé a dirigirle la palabra a estos weones. Pero de un día para el otro ya éramos amigos (supongo, porque uno no va a declararse y a decirle a las personas (léase con voz monga) “¿Querís ser mi amigo?”). La cosa funciona automáticamente. (Así mismo deberían funcionar las relaciones sentimentales digo yo… en fin. Es tema para otra oportunidad). Entonces fue bacán porque yo superé mi etapa de ser uno de los weones nuevos del primero medio “K” (Eso de la “K” pasa en los liceos municipales emblemáticos) y ya estaba integrado. A todo esto, no mencioné que además de ser una especie de siameses existenciales, Germán y Guillermo también eran músicos. Germán era John Deacon, el bajista, y Guillermo Roger Taylor, el baterista. Entonces, por asociación, a mi me tocaba el gran honor y desafío universal de ser Brian May. Mortal, porque justo yo andaba jugoseando con la guitarra, así que estábamos listos. Sólo faltaba nuestro Freddy Mercury poblacional -quien nunca llegó- y estaríamos listos para la ansiada fama y reconocimiento que nos curaría de todas nuestras enfermedades existenciales como la paja (masturbación), la negación (que las cabras no nos dieran la hora), la nostalgia (de un mundo ideal que no era posible) y el odio (hacia el mundo aquél que estaba siendo el posible). Así que, por mientras, nos dedicaríamos a hacer resistencia. Resistencia. Esa resistencia -que ya lleva alrededor de diez y siete años- comenzó en esa época que, mirada desde el día de hoy hacia atrás, nos parece tan feliz, pero que en por aquél entonces a nosotros nos llegaba a parecer tan árida (a veces). Así que como castores pungas de liceo municipal nos pusimos a juntar palos y escombros para construir un dique y estancar toda la corriente noventera de aquél entonces que se nos venía encima. Teníamos mucha juventud, energía y creatividad, así que la tarea no resultó tediosa: fue un trabajo feliz. El dique estaba repleto de todas las cosas que, por aquél entonces, nos parecían simples vulgaridades que no debían entrar por ningún motivo en nuestras vidas. Y así fue. Así que mientras el dique se llenaba nosotros soñábamos despiertos. 

El tiempo implacable, y que todo lo destruye, continuó. Se terminó el colegio y cada uno comenzó un camino diferente. No dejábamos de vernos y estar comunicados, pero cada uno andaba engolosinado en lo nuevo: personas nuevas, conocimientos e ideas nuevas, mientras el dique que construimos continuaba juntando y juntando materia. Y ahí creo que comenzó todo: ya no estábamos juntos para continuar trabajando en nuestro dique. El salir del colegio y enfrentarnos a otro mundo fue recibir corrientes nuevas. El caudal subió considerablemente y, lamentablemente, ya no debíamos vernos todos los días obligatoriamente como en el colegio, por lo que nuestros esfuerzos, a pesar de ser intensos, empezaban a adolecer de intensidad y fuerza. El tiempo continuaba avanzando, como siempre, la materia estancándose y el dique comenzando a debilitarse de a poco. Entonces comenzaron las filtraciones. Es ley de la realidad: todo tiene una vida útil y, por lo tanto, un final inminente. Ya no estábamos juntos, ya no éramos los mismos y toda la energía potencial de nuestra represa era insostenible. Entonces la filtraciones dieron paso a las fracturas y de ahí hacia el colapso había sólo un espacio estrecho. Sucumbimos ante la inundación. El Germán, el Guillermo y yo. Me imaginaba la corriente, tan poderosa, arrastrándonos con fuerza. Entramos naturalmente en pánico. Nos recagamos de miedo al vernos enfrentados cara a cara con lo que podría ser nuestro final, o algo parecido a la muerte. Ya no éramos los mismos, tan jóvenes, entusiastas y audaces resistentes, así que pedimos ayuda y empezamos a buscar de dónde aferrarnos. Por ahí alguien nos dio un dato, así que comenzamos a buscar palos de madera de la especie de los benzodiacepínicos y de los ISRS (Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina) con los que nos armamos balsas y así nos mantuvimos (mantenemos) flotando. Nada nuevo: Ahora estábamos haciéndole resistencia a la muerte. 

Es bonita esta historia. Me gusta, a pesar de todo. 

Germán vive (vivía) en el barrio Franklin. Fuimos con Guillermo a visitarlo para despedirnos de él. Tomamos té verde, comimos cuchuflís rellenos con manjar y nos fuimos a conversar al pasillo solitario del block donde nadie más -supuestamente- puede escucharnos, para hablar de cómo ha sido el flotar en balsas de palo sobre una corriente que felizmente ya comienza a mermar. Pues del mismo modo que la intensidad sube, una vez en la cresta, la corriente debe comenzar a descender. Me temo que la vida siempre será así, y ahora estamos aprendiendo no a resistir, sino que a aceptar o a amigarnos con estas ideas. 

 Mientras estábamos en el balcón conversando me empezó a dar miedo, pero no quise decirle a mis amigos, para no infectarlos con mi inseguridad. Así que una vez más hice resistencia, pero resistencia al miedo que es, como decía el monje con cara de buena onda: “el peor enemigo del corazón del hombre”. Y definitivamente lo es. Creo que en algún momento de nuestra reunión el Guillermo y el Germán también sintieron angustia en sus pechos, pero tampoco quisieron hablar de eso. De haber sido así, también creo con fuerza que fue por el mismo motivo por lo que yo no lo hice: porque ahora ya no debemos hacer un dique para resistir a la corriente del mundo. Es absurdo, esa corriente es implacable. Creo que nuestro nuevo camino, que comienza justo en este preciso momento, es ser valientes y ya no luchar contra el temor, que es parte natural de nuestra condición de seres vivos conscientes de sí mismos, sino que debemos aprender a relacionarnos con ese aspecto de nuestra emocionalidad y espiritualidad del mismo modo con que nos relacionamos con los aspectos “positivos”, pues también sabemos que cuando nos relacionamos de un modo irresponsable con estos aspectos supuestamente “buenos” basta un pequeño margen para que terminen convirtiéndose en una dicha soberbia y artificiosa la cual también puede terminar envenenando a nuestros corazones tal y cual como lo haría el indeseable miedo. 

Creo que ese fue nuestro último pánico en Franklin. Del futuro no sabemos nada, el pasado cada día que pasa va quedando más atrás y el presente apremia. “Se hace camino al andar” le dije al Germán. Esa weá se la robé al Serrat. Sé que él lo sabe, y el Guillermo igual, pero nos sirve. Nos agenciamos esas sentencias desde hoy en adelante. Así como también, en medio de nuestra zozobra, nos permitimos tomar del agua del dique que construimos y terminamos escuchando a Pearl Jam, Rage Against the Machine y Alice in Chains. JA. Es que ahí, también, aprovechamos de darnos cuenta que somos libres. 

 Así que adiós, querido compañero. Tenís todas las herramientas y un cerebro tremendamente eficaz y especial que cargas para todas partes contigo. 

 Nos veremos. 
 Tu compadre de la resistencia:

Raquetita.