¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

28 marzo 2013

El viento se levanta


13 marzo 2013

Fito Páez


Fito Páez hoy cumple 50 años.
No me acuerdo exactamente desde cuándo empecé a escuchar al Fito. Intento recordar, pero no soy capaz de dar con un hecho, una circunstancia específica y mágica que haya marcado el inicio de todo los “play” que puse con canciones del Fito hasta la fecha. El Fito sonaba mucho en aquellos tiempos en que vivía en Conchalí y yo sapeaba el emtiví. Ese emtiví era argentino por todos lados. Tocaban mucha música argentina, y los VJ eran casi todos argentinos. Yo iba en séptimo y apareció la “Mariposa Technicolor”. Esa canción la quemaron a todo ritmo. Lo qué si puedo recordar muy bien fue un día que estaba enfermo y me quedé en la casa. Vi un programa infantil que animaba la Savka Pollak y recuerdo que todo el capítulo se lo dedicaron a esa canción. Salieron dos cabros chicos con flautas dulces tocando el tema, después un cabro chico ABC1 muy serio que, con micrófono en mano, la cantó entera. Yo miraba no más, y no pude evitar rayarme.

Pasó el tiempo y un día al Edu, mi primo, le regalaron el cedé “Euforia”. Empezamos a escucharlo. Una vez, otra y otra… nos volvimos locos. Nos reventó la cabeza, y sobre todo nos encantamos con toda la lírica de las canciones y un montón de imágenes bonitas que nos evocaba y las cuales pasábamos comentando. Es que el Fito escribe unas letras muy lindas. Nadie le gana en verdad. Le dan color con el Sabina, pero no sé. El asunto es que nos enamoramos. Un día voy al persa con la Berni, una niña más hermosa que el sol con la que pololié, y en un puesto de piratas me encuentro con un cedé que traía todos los discos del Fito en emepetré. Ella, siempre tan bonita, me lo regaló. Yo me lo llevé rajado a mi casa y lo puse. Empecé a escuchar y fue terrible porque de pronto me vi enfrentado a un Fito que sonaba casi como en radio AM con unas canciones ochenteras que encontré muy feas. Fue demasiado. Pero volví al discman, a los audífonos y a presionar play. Y así fue que terminé escuchando todo una y otra y otra vez. Del Fito taquillero y Hi-Fi del Circo Beat me fui en la máquina del tiempo al Fito Lo-Fi y alterna de los años ochenta. Yo andaba chuteando mojones en la existencia por ese entonces. Como siempre, odiándome con intensidad, con el mismo brío con el que detestaba al mundo entero. Me quería matar. Siempre le cuento esta historia a casi todo el mundo, pero es que a diferencia de tanto cuento que ando vendiendo esta historia fue verdad. Yo andaba viendo cómo matarme sin que me doliera. En una revista de papel couché leí que un insulinazo te podría mandar al otro lado sin dolor ni escándalo. Empecé a planear cómo conseguirme las cuestiones para hacerla cortita. Estaba convencido en verdad. No me sentía bien, así que sentía que era una buena solución a todo eso. Yo estaba en mi pieza, con el discman que me regaló la tía Katy, los fonos… ¿escuchando a quién? A Fito Páez, por supuesto. El disco “del 63’”, su primer disco. Me sentía terrible, porque sentía que la autoeliminación como solución definitiva era muy triste. Entonces comenzó a sonar el tema “Rojo como un corazón”. Es una canción bellísima. Entonces terminó el “Sable chino”, y comenzó la canción con el pianito eléctrico con su introducción tan no sé qué. Como nunca le puse toda mi atención. La música, la letra. Entonces cuando termina la parte A Fito me dice:



“…Por eso canto, por el cielo,

por el aire que respiro al despertar

por eso canto, por la luna, por el loco en la avenida,

por la música que tiene esta ciudad.”



Y de pronto me sentí miserable. Y me sentí miserable porque ya me había dado por vencido en la existencia. Me sentí miserable porque el flacuchento que cantaba por los audífonos le había pegado el palo al gato. El flaco sabía que había venido a cantar, a pesar de todo, en esta vida. Yo no sabía qué chucha estaba haciendo aquí. No sabía nada, o no quería saber nada. En cambio este otro loco, flaco como yo, y de la misma edad que yo al momento de grabar el disco cantaba, y cantaría para siempre: Por el cielo, por el aire que respiraba al despertar. Qué divino. “Por el aire que respiro al despertar”. Y yo, en todo mi aweonamiento, me había olvidado de esas cosas esenciales: del cielo, de algo tan sencillo pero esencial y vital como el aire que respiraba. No tenía idea de nada. No sabía nada. Era un derrotado culiado que quería matarse por pajero y cobarde. Escuché la canción una y otra vez. Me dije que mi deber, desde ese momento, sería llegar a lograr algo como eso: sentirme agradecido por todo lo que me sucedía y todo lo que me rodeaba, comenzando por lo más sencillo. No sé si lo he logrado, porque aun sigo siendo un weón muy mísero consigo mismo.

Fito fue clave y esa fue la primera vez que me di cuenta de eso. Después sería clave en muchos aspectos de mi existencia hasta el día de hoy, sobre todo lo en lo relacionado a lo creativo.

Del 63’ terminé en el LA LA LA.

LA la la fue un disco muy particular en el que me anclé por mucho tiempo. Fue el disco que más me costó digerir de todos. Lo encontraba horrible. Horrible la sonoridad, las letras, la atmósfera y cómo me hacía sentir cuando lo oía. Pero lo escuchaba entero. Una mañana cualquiera iba en la micro y empecé a escuchar “Instantáneas de la calle”. Miro a mi alrededor la vorágine brutal de la micro llena, el paradero, la fila para pasar por el torniquete del metro y de pronto me dije: esta canción es esto. Y metí el disco en el pendrive y empecé a escucharlo en las mañanas. Y hasta el día de hoy para mi el La la la es un disco mañanero. Es como trasnochado. Me imaginaba que todas esas canciones pudieron haberse inventado en las madrugadas, después de algún carrete infernal. Y de hecho, me pasó exactamente lo mismo con el disco del 63’, que siempre he pensado que son canciones de amanecidos, de caña, del sol asomándose entre los cerros (en Chile), o entre los edificios (en Buenos Aires).

Yo creo que el La la la debe ser el disco más bueno de toda la historia de la música roquera cantada en español.

De haberlo encontrado intragable terminé obseso con todas esas canciones. Letras raras, armonías raras, sonidos raros.

“No te olvides de mi”. Decía Don Luis Alberto Spinetta con su voz filtrada por algún vocoder ochentero. Qué se yo. Y cuando descubrí que se trataba de un tango covereado en clave lalala me volví loco.

Jabalíes conejines para mi significaba la libertad absoluta. Era el abrir las compuertas. “ …las líneas del árbol qué miedo me dan…” y fue como si yo hubiera comprendido esa imagen absurda del Jabalí que engordaba pensando en el dinero. Bello.

Serpiente de gas. Woyzseck. Un niño nace. Me volví loco. Me reventó la cabeza y descubrí que la libertad si podía existir. Oum.

Después ni hablar: estaba enamorado del Fito.

Toda esta historia fue extraña, porque en la cabeza yo tenía al Fito flaco y hecho mierda de los ochenta. El que fumaba como chino y usaba chalequitos como los que nos tejían las abuelas.

Pero llegó el día sábado 2 de Octubre del año 2004.  Yo estaba en medio de una pista de despegue (o aterrizaje) de un aeródromo pelolais de Vitacura rodeado de juventud pelolais que disfrutaba de la existencia pelolaismente. Yo estaba solo, con mi chaquetita de mezclilla amarrada a la cintura porque más tarde, quizá, haría frío. Oscureció. Se prendió una luz en el escenario que caía sobre uno de esos pianitos eléctricos que siempre me imaginé. Aparece un chico cabezón, de traje oscuro, con canas, lentes. ¡Era Fito!. Era la primera vez que lo iba a ver a metros de mi. Fue raro. Porque como contaba, yo tenía en mi mente la imagen del Fito veinteañero. Estaba muy diferente. Me puse muy nervioso, porque estos cuicos recontrareculiados estaban todos exaltados tanta mariguana y felicidad. Silbaban, tiraban cosas al escenario. Yo estaba nervioso porque pensaba que le podía caer algo al Fito. Quería que se quedaran callados, que dejaran de tirar weás. Hubiera sido feliz tapando con napalm ese lugar y verlos a todos morir quemados. Pero no podía. Me comían los nervios. Y el Fito como que llegó pasando a través de todo eso, se sentó en el piano, dijo un par de incoherencias de las cuales los cuicos hicieron burla, para luego empezar a tocar. “Tu tiempo es un vidrio, tu amor un fakir..” ¿Qué es eso?. Nunca lo había escuchado. Con los años supe que era Charly García. Desarma y sangra. Pero era Fito. La voz era igual a los discos, incluso los discos ochenteros. El piano sonaba hermoso. Era el Fito sin duda alguna, y actuaba como él mismo con tanta facilidad. Hasta pensé que tocar piano y cantar era fácil. Por lo menos eso me hacía ver.

De pronto empieza con otra canción. Salir al sol. Llega a la parte que dice: “Hay que salir…. ¡¡AL SOL!!! Y se prenden las luces de colores del escenario, y toda la banda toca y me volví loco otra vez. Guillermo Vadalá, Gonzalo Aloras… quedé lelo. Sonaban como un cañón. Era roc. El mejor roc que hubiera escuchado en vivo en mi vida. Después de haber escuchado tanta banda escolar y tocatas washas por aquí y allá, esto fue una bomba. Fito siempre fue preciso para armarse de bandas pulentas.

En un instante una weona cuica mensa lanza un pañuelo al escenario que cae justo sobre el pianito de Fito. Él, mientras tocaba y cantaba, comenzó a sacarlo de encima con toda naturalidad, mientras decía algo como: “y yo te digo, por qué no te le metés por culo”. Y fui tan feliz. En fin.

Yo me había enamorado a primera vista del guitarrista, Gonzalo Aloras. Lo encontré muy bueno, muy cool. Y era como la representación viva de todo lo que a mi me hubiera gustado ser en ese momento. De pronto Fito lo deja solo frente a todos. Sólo le caia una luz encima. Cantó Otro Sol, y desde ese momento comenzó otra historia en mi vida. Es tema para otra ocasión. Pero fue parte de la red Fito Páez.

Un día cualquiera, celebrando un cumpleaños, fui a un bar a ver a Gonzalo Aloras. Y llegó Fito Páez. Cantaron juntos. Yo me acerqué al Fito e intenté tomarme una foto, pero no salió. Le dije: hola, ¿podemos tomarnos una foto?… será la última. A lo que él me responde: ¿Y cómo sabés vos que será la última?. A lo que le dije: Será la última que se tome conmigo. Y así fue. Él se quedó reclamando en onda corta. Nunca en la vida se me pasó por la cabeza que terminaría cruzando un par de palabras con el Fito Páez en persona. Al final la foto que nos tomó mi tía salió terrible fome. Es que el Fito es más pesao que la mierda. Pero a pesar de todo no me sentí mal, al contrario. Después de un tiempo recién pude meditar sobre la suerte que tuve, y sobre todo porque estuve al lado del loco que compuso toda la banda sonora con la que me fui en volada durante muchos años, y que incluso, podría decir que me ayudó a no suicidarme. Fui infinitamente feliz. Creo que ese fue el tope y el fin de toda esta historia.