¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

29 agosto 2012

Gonzalo, again!

18 agosto 2012

Felicity Fey JAja

Felicidad by Nicochino

10 agosto 2012

El amor en los tiempo de la divisa.

Hace un tiempo me dio por pelar el modo en que la humanidad ha ido desarrollando su capacidad emocional en medio de un mundo dominado por la divisa y la lógica culiá esa que ya está institucionalizada a nivel del genoma y que nos mueve ya, instintivamente, hacia territorios ultra hiper delimitados por Walt Disney, por el occidente, y por la industria pornográfica por el costado oriental. Cité a Carlos Darwin y conté cómo el concepto de “selección natural” ha ido evolucionando en nuestra especie junto a cada uno de los nuevos paradigmas que se instalaban bajo la atmósfera y que se han ido sucediendo uno tras otro en esta línea de tiempo que hemos dibujado (la historia pos, washos) y que todos imaginamos altiro como una raya que comienza con la invención de la escritura, por el lado izquierdo, y que avanza hacia la derecha, de modo horizontal, y que se proyecta hacia un devenir incierto (para algunos, porque para otros el extremo derecho del hilo está cercano ahora en diciembre del año en curso(consulte el calendario maya online)). 

En fin.

 La weá es que el amor es un tema transversal en todas las culturas del globo. En todos lados se cuentan historias de amor que básicamente relatan el cómo una pareja termina ligándose. El devenir de esas historias una vez consumadas nunca nos importó, pero no existe cosa más gravitante que el conocer la historia de cómo esos dos perfectos desconocidos terminan reunidos, encantados por fuerzas inexplicables (a veces) y enloquecidos por algo que más bien pareciera una enfermedad cargada de síntomas nefastos en vez de una simple emoción exacerbada que condena a ambos a necesitarse, volverse de un modo egoísta muy dependientes el uno del otro -a veces hasta llegar a extremos febriles y obsesivos- haciendo que estos relatos se vuelvan intensos, se llenen de anécdotas sabrosas, hechos sorprendentes y en algunos casos hasta fatales. Son cosas como esa que nos despiertan el morbo y que provocan que estas historias sean tan amenas; pero así como también lo que nos pudiera parecer rancio resulta atrayente, también lo es el hecho de que todos deseemos siempre que las parejas se encuentren, se conozcan, se encanten y terminen por sobre cualquier obstáculo unidas. Al parecer se trata de una especie de instinto amoroso que los humanos traemos dentro que nos provoca siempre que deseemos que el amor se concrete por sobre todas las cosas. Entonces cada vez que vemos que nuestro amigo soltero tiene cosas en común con nuestra amiga soltera no dudamos en hacer algo porque se conozcan, se unan gracias a esas cosas en común y terminen encantándose, para que se liguen y terminen formando una pareja: en este caso queremos ser más que testigos en el relato de amor de un dúo ajeno. Eso nos alegra, nos hace más felices. Y claro, el amor hace más feliz a la nueva pareja que comienza a escribir una historia de amor. Eso es todo bonito, por cierto. No lo niego. Pero hoy, en la era de la manzana mascá, la selección natural Darwiniana de la que hablaba evolucionó como en una especie de selección capital donde todos estos relatos están cargados de una serie de matices de origen binario, perfectamente cuantificable. 

 Pero las historias de amor nos siguen fascinando. Existe, de hecho, la célebre “novela rosa” como un género literario a veces despreciado como sub género entre los literatos serios. Pero los relatos amorosos son muy gravitantes, es innegable. Cómo será que yo de curioso me leí un lote de novelas rosa que mi mamá tenía para cachar cómo era que se escribían, qué cosas detallaban y qué tipo de historias podían darse para que, a pesar de todo, un relato no terminara siendo el calco del otro. La mayoría del material era de procedencia anglo, traducido, por lo que nada de lo que se describía en tales novelas no me pareció familiar nunca. La mayoría de las historias se desarrollaban en ambientes burgueses del primer mundo: mansiones, autos, aviones, familias numerosas con atados por culpa de la plata, y entre medio una mina que se tiraba al hijo mayor, y al papá al mismo tiempo; y claro, quedaba la cagá, porque era una cabra pobre… cosas como esa. Me costaba memorizar y distinguir entre los personajes, porque entre Larry, Brenda o Steve Rottenmayer había una serie de rollos que me hacían confundir al primo atlético y bien parecido y de brazos fuertes que cortaba leña en el rancho… jaja… y yo, pendejo aun, ya me cuestionaba muchas cosas al respecto, y las descripciones de aquellos relatos me provocaban sensaciones extrañas. Analizo hoy esas sensaciones, y no eran más que una especie de vergüenza ajena porque en verdad todo me pareció muy vulgar. Nada más, pero por aquél entonces mi capacidad intelectual no me permitía sacarle tantos rollos al asunto. Hoy pienso que al final el género “novela rosa” para una mujer (quienes son sus mayores consumidoras) es como el equivalente al manga para un estudiante japonés de secundaria ( o de cualquier lugar del mundo), en el simple sentido que se tratan de ficciones completamente intragables al sentido común, pues nunca tienen una relación (siquiera cercana en años luz) con la propia realidad. Porque claro, entre el tipo maduro atlético e interesante que aparcaba el hidroavión en el muelle sobre el lago y el héroe que pilotea la nave que comanda el escuadrón anti alienígena existe una relación de no realidad muy estrecha. Ficciones, al fin al cabo. Muy ficciosas por lo demás. JA. En el caso del relato amoroso, que es el que comento ahora, la historia de amor entra en el género de ficción, exacerbando algo que ya en su estado natural más puro y flaite es capaz de captar con intensidad nuestro interés. Y es que claro, no conozco personalmente a nadie que sepa manejar algún tipo de vehículo que vuele, y mucho menos que combata supuestas amenazas alienígenas que vinieran a invadir el planeta, pero lo que sí conozco y he visto e, incluso, yo mismo he vivido, son historias de amor. Y de historias de amor sabes tú, sabe él, ella, y por supuesto yo. Esa es la diferencia. Al final me cago sobre la novela rosa por ser un género parasitario y flaite. Parasitario porque como toda literatura parasita de la realidad (es obvio, de qué van a escribir los culiados) pero parasita de uno de los aspectos de la realidad más gravitantes y verídicos y transversales que pueden haber. Así que es como papa la weá. Y por otro lado flaite, porque aparte de ser papa, más encima, la sobrecargan con wevadas, sumergiéndola en una ficción miserable y capitalista que no se parece a nada. Terrible ordinarios. Felicito a un weón como Proust que se haya hecho tan célebre narrando cosas que en verdad no le podían interesar a nadie jeje. 

El amor es muy gravitante entonces, cabros, y al parecer siempre lo ha sido. Todas las culturas están cargadas de historias de amor míticas. Todos pololean: El sol con la luna, el pichí con la caca etc. Se amaban, tenían un montón de atados, y sus atados terminaban formando un cerro, llenando de agua un río, o haciendo que el cielo se volviera azul. Es bello. El amor lleva el sexo, y el sexo a la conservación de la especie. Y aquí entra otra vez Carlitos Darwin. ¿Qué ha pasado con el relato que describe una historia de amor en la actualidad?. Weno, el paradigma actual es la divisa. Todo es culpa de eso. Lo sabemos de sobra. Entonces la selección natural también evolucionó a la sombra del paradigma vigente. Ahora el proceso de la weá, el cortejo, la selección de la hembra… todo continúa igual. Pero ahora el macho alfa usa un alfaromeo JAJA. Es como así la weá. Lo otro es que la modernidad nos llenó de juguetes tecnológicos que son capaces de estrechar las relaciones, pero al final tienen la cagada en el mundo porque nos tienen sumidos en un proceso de individuación entero de brígido. Cada uno de nosotros tiene un hervidero en el espacio del ser donde se alberga el ego. La weá la tenemos hirviendo, como en una especie de estado de ebullición constante, y estas plataformas modernas virtuales se convirtieron en los géiseres donde el yo exacerbado hace erupción. Hay que imaginar el telefonito haciendo una erupción y liberando el yo incandescente a la red virtual, o el computador, el Tablet… qué se yo qué weá más. Y así, millones de erupciones enlazadas en infinitas conexiones y combinaciones. La mansa cagada pos, loco. Entonces el apelativo de red social tiene más de red que de social: nada tiene relación a un otro, sino que sólo al yo. Interesante. Es claro que esta weá genera una nueva lógica con respecto al individuo y el modo de vernos a nosotros mismos en relación a los demás. El modo de relacionarnos como parejas obviamente cambió. Así como cambió el proceso de selección natural, también cambió el relato que describe una historia de amor. Esos desconocidos se conocerán, se encantarán, ¿pero esta vez con qué se encantarán? Lo más probable es que cada uno se encante de sí mismo más de lo que el otro sea capaz de encantarlo. ¿En qué se basará su dependencia?, quizás en lo propio que experimentan cada uno consigo mismo en presencia del otro, que más que prescindir de la presencia del otro. (“no te enamoraste de mí, no no, te enamoraste de ti cuando estás conmigo” canta Don Ricardo Arjona. Filosofía pop. Jeje.) Y así. Básicamente es la misma historia de los desconocidos que se reúnen y terminan desarrollando un relato, pero ahora la lógica moderna contemporánea los tiene todos cagados pensándose mucho más a cada uno pensándose a si mismo. Esa weá por un lado. Quizá. Por el otro, aparte de toda esta individuación actual, está la red. Una maraña de conexiones virtuales e instantáneas provoca una cosa rara: el Frankensteinismo, como le digo yo. Esta weá consiste en que cada uno de nosotros es un Dr. Frankenstein. Tenemos un promedio de quinientos amigos en nuestra redes sociales, entonces con lo que nos gusta de cada uno armamos nuestro ser ideal al que esperamos darle vida en algún momento. Entrete. Pero el rollo es que como narraba en un principio Walt Disney y la empresa pornográfica tienen el espacio terriblemente definido, entonces nuestro Frankie proyect es más menos parecido: príncipe azul/actriz porno. Y sumemos ese territorio como un subconjunto contenido dentro del conjunto universo que sería el divisa. Mansa cagada pos. Al final las historias de amor son más fomes. A mi me gustan caleta, incluso e intentado escribir una, pero no puedo desterritorializarme, por decirlo de un modo sencillo jaja, de este ámbito. Siempre surge lo mismo. En fin. Ya no sé hacia dónde voy con toda esta weá… pero estos son los tags: Carlos Darwin, Divisa, Ricardo Arjona, Frankestein, Facebook, Apple, Walt Disney, Marcel Proust, Melisa Ann Wilson, Alfa Romeo y Corin Tellado. 
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23 de febrero by Gonzalo Aloras