¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

27 enero 2012

sin gamulán

Ayer fui a Bandera a comprarme alguna lesera en la ropa americana. Venía bajando desde el sur, por la vereda poniente, así que al primer lugar que me metí fue el “Ahora o Nunca” (Now or Never) y me fui derecho al fondo, a mirar si había algo de ropa de invierno. En los colgadores del fondo había una que otra chaqueta desecha por algún milico gringo con sida, y una chaqueta de cuero anacrónica que ni el Michael Jackson hubiera usado en los mismos años ochenta. Llegué hasta el final de la hilera de ropa y me topo con un gamulán hermoso. Era color café con leche, con algunos detalles dibujados en sus costuras. Lo descolgué, lo examiné buscando las pifias comunes que hacen que la gente del primer mundo se deshaga de la ropa: manchas, quemaduras, rajaduras. En una primera hojeada no tenía nada de eso. Luego examiné rápidamente el forro interior: una oveja maravillosa. Tampoco tenía nada raro, salvo el olor a desinfectante que inunda toda la atmósfera de esos locales. No aguanté más y me lo puse. Me veía hermoso, como vaquero yanqui, pero metido en la pasta. Me quedaba perfecto. Lo abotoné y empecé a mirarme frente a un espejo asqueroso que estaba empotrado en la pared. Estiré los brazos hacia los lados, hacia adelante, me abracé a mi mismo para comprobar que la espalda no me quedaba estrecha, me miré por atrás, metí las manos a los bolsillos, caminé dos pasos a la derecha, después dos a la izquierda. Hice todas esas tonteras que hacemos los seres humanos cuando nos probamos ropa. Definitivamente era el gamulán perfecto. Pensé altiro que en los Estados Unidos de Norteamérica (de donde provienen, supuestamente, estas leseras) había un weón que tenía la misma forma que yo. Le miré la etiqueta que colgaba en la manga derecha esperando entristecerme al verle el precio, pero tal fue la sorpresa cuando descubrí que el valor era en lo absoluto accesible. No era qué bruto qué barato, pero tenía la opción de irme con un gamulán nuevo en pleno verano en Santiago de Chile, o de irme con una bolsa llena de poleras manga corta y quizá un polerón para las tardes frías en la playa. Pero me veía tan bonito con la weá de gamulán que seguí posando frente al espejo, mirándome a cada rato. El local estaba vacío, y yo estaba solo rodeado de colgadores y ropa usada. En eso pesco el capuchón del gamulán y me lo pongo en la cabeza. Era grande, así que lo tomé por los bordes y me cubrí la cabeza entera. Estuve así un rato, jalando ese olorcito entre desinfectante y ropero, cuando al sacármelo levanto la cabeza, miro asustado hacia todas partes y me doy cuenta que estoy solo parado en medio de un peladero. Era como una cancha de fútbol de pobla, pero interminable. En el suelo sólo crecían como unas champas todas ordinarias que estaban casi todas secas. El piso era polvoriento. Me cagué de miedo. Altiro me miré los pies para ver mis chapulinas como para corroborar que yo era un weón que andaba en el centro de Santiago comprando ropa americana, y que esto que me estaba pasando era sólo una visión fugaz y fantasmagórica producto de no sé qué chucha. No sé de dónde conjugué esa lógica así como de pronto. No sé de dónde saqué que si comprobaba que aun tenía las chapulinas puestas en los pies iba a significar que no estaba soñando. Que era lo que yo pensaba que era: un weón, que vive en Enero del 2012, que tiene 29, que andaba en Santiago centro, en Chile, comprando ropa americana y todo eso. Tenía las zapatillas puestas aun, y el gamulán, y toda la ropa en realidad. Pero ya no estaba en el “Now or Never”, posando frente al espejo. No sabía qué chucha había pasado. Me cagué de miedo. Pensé que me había drogado por accidente con los vapores rancios impregnados en la oveja del gamulán. Pensé que me habían pegado, y yo estaba en una especie de shock, o noqueado, delirando. Especulé un montón de cosas, desde lo que me hubiera parecido como más probable hasta las mezcolanzas más infernales e imposibles. Pero daba lo mismo. Ya no estaba donde había estado, pero aun seguía siendo el mismo, y tenía evidencias de ser eso mismo, porque según mi parecer las chapulinas eran la evidencia máxima de aquello, de ese mundo que había abandonado de un momento a otro y que ya estaba comenzado a dudar de su real existencia. Pero mientras tuviera mis chapulinas puestas, el gamulán y mi polera con el estampado absurdo tenía a qué aferrarme. Pero de un momento a otro metido en medio de ese peladero no tenía idea de nada. No sabía nada en lo absoluto. Me esforcé por anular todo el pánico. Me esforcé hasta que logré calmarme. En ese momento fue cuando recién me atreví a moverme. Me di una vuelta completa, con lentitud, para observar muy bien alrededor. Era un paraje desolado, sin accidentes geográficos salvo una pequeña colinita a mi izquierda. El cielo se juntaba con la tierra. Nunca en mi vida había estado en un lugar así. Estaba tan cagado de miedo que no me atrevía a mover un músculo. Cerré los ojos con fuerza, cosa que al abrirlos estuviera de vuelta en la ropa americana de Bandera, quedar loco, dejar el gamulán mágico que te hacía viajar, como el ropero que te llevaba a Narnia, y rajar de una a mi casa a contar el cuento. Pero no pasaba nada. Estaba inmóvil. Había tanto silencio. Ya no sonaban ni las micros, ni la música que estaba puesta en el local. No había nada. El cielo estaba muy azul, y de cuando en vez corría una brisa. De pronto sentí un zumbido muy a lo lejos que poco a poco comenzó a hacerse más claro, y pude sentirlo como el motor de un avión. Me atreví a moverme para buscarlo hasta que apareció a lo lejos. Comenzó a acercarse frente a mi, por sobre la pequeña colina que había divisado a mi izquierda. De pronto estaba muy cerca, y por la cima de la pequeña loma aparece un grupo de personas corriendo hacia mí. Volví a quedarme inmóvil. Sentí que nada de lo que me estaba pasando era real. Las chapulinas seguían en mis pies. Yo era ese que tenía que estar comprando ropa usada en un local. Esto no podía ser. Por eso me quedé quieto, y no quise caer presa del miedo que comenzaba en ese punto a convertirse en un pánico horrible. Habrán sido unas treinta personas corriendo hacia donde estaba yo. Faltaba poco para que pasaran a mi lado. Pude empezar a distinguir algunos rostros de mujeres, de hombres jóvenes. El avión resultó ser una de esas avionetas a hélice. En ese momento venía hacia mí, como si quisiera aterrizar. La gente empezó a pasar corriendo a mi lado y nadie siquiera me miró. Sólo corrían, desesperados. De pronto el avión pasa sobre mi cabeza. Yo estaba aterrado, pero seguía inmóvil. Me rehusaba a creer en todo lo que estaba pasando. Estaba firme en esa convicción. El gamulán y mis zapatillas eran mi nexo con esa realidad que había abandonado hacía pocos minutos (o quizá muchas horas) atrás. Yo venía de ahí. Yo no creía en la magia, en lo inexplicable. Yo no creía en nada ilógico como esto que me estaba sucediendo. Pero el avión había pasado sobre mi cabeza y comenzaba a darse media vuelta para volver. La gente se iba alejando, levantando tierra. Era toda la escena tan real. Pero seguía firme en mi convicción. No iba a ceder ningún centímetro de mi espacio. La avioneta otra vez se acercaba, y el montón de gente comenzó a correr otra vez hacia mí. Sentí mucho miedo. No podía comprender cómo era posible que el miedo pudiera seguir incrementándose. La gente comenzó a dispersarse, a correr en todas direcciones. La avioneta alcanzó a pasar sobre algunos de ellos. En eso algo lanzaron desde arriba. Unos bultos oscuros que no podía distinguir. Eran como bolsas de basura, que caían con violencia en el suelo, levantando el polvo. Pero todo se volvió horrible cuando me di cuenta que al caer, los bultos comenzaban a moverse. ¡Eran perros!. Eran perros enormes, oscuros, que una vez que se ponían de pie comenzaban a perseguir a todos. Habrán lanzado alrededor de diez perros por distintas partes. Pude observar cómo uno de ellos alcanzó a uno de los hombres y lo hacía caer al suelo. La tierra que se levantaba me impedía distinguir qué pasaba. El hombre intentaba ponerse de pie, pero el perro lo atacaba con furia. De pronto un chillido de perro que venía desde otro lugar me hizo cambiar la atención. Uno de los hombres peleaba a combos con un perro que se había puesto de pie. Pude distinguir al perro apoyado sobre sus patas traseras, defendiéndose, mientras un hombre enorme le lanzaba golpes brutales con sus puños. El perro imitaba la guardia de un boxeador, y sólo caminaba hacia atrás. Yo sentía que me iba a morir. Que no podría vivir más. Quizá me había muerto. Quizás era eso, algo había sucedido en el local y me había muerto, y esto era un tránsito hacia alguna parte. Aquí podían pasar estas cosas, y yo aquí casi no existía, porque nadie notaba mi presencia. De pronto siento una mano sobre mi hombro y veo a un negrito con una cara de buena onda que me hizo sentir una paz que me pareció en extremo dulce después de haber experimentado tanto terror y desconcierto. Me sonrió. Yo lo sonreí. Continuamos mirando la escena. El avión había desaparecido. Algunos perros arrancaban, y otros continuaban atacando a algunas personas. Una de esas personas comenzó a caminar con tranquilidad hacia nosotros. El negro la esperaba. Una vez que estuvo a nuestro lado se puso frente a él y le dijo: “estoy listo”. El negro, entonces, sacó un pequeño cuchillo de su bolsillo. Estaba vestido como cualquier persona que vieras pasar por la calle. El otro hombre, de unos cuarenta años, quizá, vestía del mismo modo. El negro, entonces, tomó su pequeño cuchillo, apoyó la punta sobre la frente del hombre, quien estaba muy tranquilo, y comenzó a cortarlo hacia abajo, como siguiendo una línea imaginaria que lo dividiera en dos. El negro cortaba con tanto cuidado y prolijidad, y la paz que proyectaba se hacía extensiva hacia mi. Pude observar con mucha claridad cómo la hoja del cuchillo habría la piel del hombre, la frente, luego sobre la nariz, luego dividió sus labios, los cuales una vez cortados se abrieron hacia los lados, dejando ver su dentadura, bañada en sangre. Continuó por la pera, el cuello, el pecho, hasta que llegó hasta la altura del ombligo. El hombre cerró sus ojos y cayó de espalda al suelo. El negrito ahora me sonrió, y me dijo que me tocaba. Yo me miré los pies. Ya no tenía mis zapatillas puestas, ni el gamulán ni nada. No recuerdo cómo estaba, pero me erguí para ayudar al negro en su tarea. Sentí la punta del cuchillo sobre mi frente. Cerré los ojos y sentí cómo esta bajaba por mi cara, pero como si lo que en verdad pasara sobre mi rostro no fuera la hoja afilada de un pequeño cuchillo, sino que la punta de la yema del dedo de alguien. Y así desperté. Sueño de mierda. Voy a dejar de jalar globos con gas licuado. Las weás que uno anda haciendo.

06 enero 2012

♥ Hermosa ♥

Ella es la mujer de mis sueños. 

04 enero 2012

Calorsito bolchevique

La sensación veraniega es muy bonita. Recuerdo muchos veranos anteriores, pero como mi memoria es tan charcha no puedo recordar cosas puntuales. Lo que sí puedo recordar bien es la sensación. O sea, puedo recordar muchos días diferentes en los que me encontraba caminando por algún lugar de el Tabo. No soy capaz de recordar detalles, pero sí cosas como el calor y el cielo y el mar azulísimos. Pero lo que recuerdo mejor es la sensación. Recién estaba echado pensando sobre cómo me sentía ahora, un día 4 de enero cerca del mediodía, y creo que muchos 4 de enero atrás debí haberme sentido igual. De pronto, en medio de todos esos recuerdos, apareció el recuerdo de un invierno. No recordé nada puntual, pero muy bien pude recordar cómo me sentía en aquél momento. La sensación de estar cagado de frío, calentándose con algo, comiendo cosas calientes. La sensación de ahora es de andar vestido con poca ropa, tomando agua y comiendo tomate, porotos verdes o choclo. Bonito. Lo que siento que no es muy bonito es cuando me veo viviendo en medio de una estación cualquiera pensando en la otra. O sea, cuando estoy en invierno pensando en el verano, o en el verano pensando en el invierno. Lo encuentro re feo, porque la tendencia de mi ser es a pensarlo como algo casi irreal, completamente distinto y lleno de cosas especiales. Eso no es cierto en lo absoluto. Y lo peor es suponer, también, que yo voy cambiando según la estación en la que me encuentro. Eso también es falso. Al final no pasa nada. La vida sigue igual. Pero no sé de dónde saldrá ese tipo de pensamientos que me hacen razonar con una lógica absurda que se basa sólo en ideas sin ningún fundamento sólido. Estoy en pleno invierno echando de menos el verano, porque lo que sí siento es que prefiero mucho más el calor que el frío, y juro de guata que llegando el verano seré un weón más feliz, luminoso y positivo. Que cuando llegue al Tabo me sentiré dichoso, aprovecharé cada minuto de mi existencia como nunca, y haré muchas cosas. Tendré más personalidad, andaré chispeante, por lo que me volveré más atractivo y querible, y terminaré engrupiéndome a alguna lolita bonita. Hermoso. Pero no. Son suposiciones de mierda. Pero es inevitable. Ahora mismo es verano. Salgo a la calle y soy la misma cosa. Y cuando vaya al Tabo seré la misma cosa. Andaré pensando todas mis weás, sintiéndome miserable, siendo negativo y pesimista como suelo serlo los trescientos sesenta y cinco días del año. JeJE. Pal pico. Y a la inversa. Estoy ahora en verano, y tiendo a suponer que cuando llegue el invierno andaré todo deprimido, callado, sufriendo mi intolerancia al frío, saldré menos de la casa y andaré más irritable porque tengo que andar todo el día con mucha ropa. Tocaré menos la guitarra porque tocar con las manos heladas duele, y levantarse temprano será un martirio, como también las noches en que intento entibiarme los pies frotando uno contra el otro. Usaré toda mi ropa fea, me volveré más rancio, por lo que ninguna lola va a pescarme. JEje. Pero, va a llegar el invierno y voy a seguir siendo esto mismo. Como narraba más arriba, las sensaciones serán lo único que sé que cambiará. Y entre las sensaciones veraniegas y las sensaciones invernales siento mucho más simpatía por las primeras. Desde que soy chico que me gusta el verano. Incluso, hasta me gusta el verano en esta ciudad de mierda. Es raro. Es raro sentir cierto gusto por un verano en Santiago, que es tan caluroso, polvoriento y seco. Las noches son sofocantes, las tardes infernales con el sol rebotando por todas partes son del terror. Resumiendo: es pal pico. Quizá este juicio pueda ser transversal y podamos compartirlo muchas personas que viven en esta ciudad, pero por otra parte está esa cosa de la que venía hablando que hace que el verano me guste incluso metido aquí. Me gusta el calor. 

Siempre salgo con el tollo que el calor es más demócrata, porque todo el mundo puede hacer algo al respecto: un vaso con agua y sombra hay en todas partes, y no es tan complejo el poder conseguirlos. Entonces el pobre y el rico pueden refugiarse del sol, saciar la sed y capear el calor intenso que nos abrasa. Eso me gusta. Todos pueden quejarse del calor, pero todos podemos hacer algo para sentirnos mejor al respecto. Independiente de nuestra capacidad adquisitiva. Comenzando por lo más básico como la vivienda, pues durante el verano el clima le permitiría a una persona poder vivir sin tener una casa. Por otro lado la alimentación se hace mucho más liviana debido a que el cuerpo no necesita de un aporte alto en calorías, y esto coincide con una gran cantidad de cosechas que se dan durante esta temporada que nos da una gama amplia de productos vegetales de muy bajo costo y con un aporte nutritivo considerable que están al alcance de una gran mayoría. Nos volvemos inconscientemente más vegetarianos, por lo tanto más saludables, más estilizados y bonitos. Luego se debe considerar que no se prescinde de artículos para solucionar la situación de calor. Artefactos como ventiladores, aires acondicionados, refrigeradores o piscinas sólo se considerarían, para este caso, como recursos para satisfacer demandas de carácter personal. Entonces tampoco existe un gasto asociado a las energías que se requieren para hacer funcionar estos artefactos. Se generaría una situación de menor gasto energético, por lo tanto se daría una situación de sustentabilidad mayor que en otras temporadas del año. Por último la salud humana es más estable a diferencia de los brotes que se dan en temporadas frías, por lo que las demandas de salud disminuyen considerablemente. El frío, en cambio, es una weá nefasta. Cuando el clima se vuelve frío y húmedo es necesario contar con los recursos necesarios para cobijarse. Por un lado la vivienda, como un bien básico, luego una alimentación apropiada considerando esto como una cantidad diaria de calorías y vitaminas importantes, lo que se manifiesta en un mayor consumo de carnes y grasa animal, lo que nos pondría obesos y feos. Luego una lista muy extensa de artículos para capear las bajas temperaturas, tomando en cuenta que estos artículos prescinden de recursos energéticos como electricidad, combustibles y recursos naturales renovables para cumplir sus funciones lo que resulta, además, en un gasto importante de recursos que genera una situación no sustentable. Por otro lado se debe considerar que las condiciones climáticas propician brotes de enfermedades como la gripe, que es común, hasta cosas más complejas como problemas respiratorios. En todas estas situaciones: vivienda, alimentación, artículos y salud, es que se debe poseer un poder adquisitivo que sea capaz de cubrir con la demanda necesaria, considerando necesario sólo el hecho de “solucionar” una situación y no “satisfacer” una situación, que vendrían siendo, para este caso, cosas muy diferentes. Porque el cuico puede satisfacerse instalando un costoso sistema de calefacción centralizada que le permita tener toda la casa en plena primavera, mientras que el pobre soluciona su asunto tomando sólo lo que su capacidad adquisitiva le permita. Si una persona es lo suficiente pobre solo para tener frazadas, entonces se la pasará el invierno solucionando el problema del frío estando tapado en cama todo el día. En un caso de indigencia la persona vive sólo con lo que es capaz de conseguir. Si no consigue un refugio que pueda cobijarlo lo suficiente, entonces muere congelado en el escaño de una plaza como tantas veces lo hemos visto en las noticias durante inviernos anteriores. Entonces el frío es cruel y clasista. 
No me gusta por cosas como esta. 

Esas son como mis razones bolcheviques al respecto.

 Mis “razones místicas” (suena como contradictorio eso… en fin) con respecto a la temporada calurosa es una weá de la que no tengo la menor idea. Es un asunto que está en el genoma quizá, pues se trata sólo de sentir cierto gusto placentero cuando me hallo inmerso en medio de esta temporada. Sería exagerado decir que casi le prendo una vela al calor, porque no es cierto. No existe un parámetro para poder determinar hasta qué grado una temperatura sería insoportable para el ser humano. Vemos cómo en África y medio oriente pudieron establecerse poblaciones, instalándose y formando sociedades, como también, en el extremo opuesto, grupos humanos pudieron instalarse en zonas congeladas, sobrevivir y formar sociedad. La weá weón. 

Hace calor igual…