¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

31 diciembre 2011

¿Y a quién chucha le importa?

Prólogo 
El ser humano culiado ha inventado muchas weás inservibles con la seguridad que podían ser servibles. El tiempo fue una weá de esas junto con todo lo que tenga que ver con los parámetros usados que sirvan para medir el mismo. Tenemos entonces el calendario rancio que venimos usando desde hace bastante rato y que nos divide la existencia en bloques de tiempo. El año, como lo sabemos, es una unidad extensa de tiempo, y la tradición es que cada vez que se cumple un ciclo anual hagamos un carrete, comamos, chupemos, hagamos imbecilidades (como hacer recuentos, anecdotarios o usar calzones amarillos) y quedemos pal pico. Hoy otro año se va y haremos estas mismas wevadas otra vez. Otro bloque anual se completa en un par de horas más y el mundo seguirá dándose vueltas alrededor de su eje coloso. Qué bonito. Feliz año. 

Epílogo 
 Este año tuvo momentos psicodélicos que quiero rememorar con la nostalgia mentirosa que caracteriza todos mis relatos, pero que me que hace creer que la existencia en verdad es algo maravilloso lleno de cosas por descubrir.  

No recuerdo el mes porque mi memoria es re charcha, pero sin duda un momento que se me galvanizó en la memoria sucedió en el matrimonio del Francisco este invierno (u otoño, quizá). Habrán sido las tres o cuatro a.m. (Amerindio Mediocre), cuando estaba bailando con la Rocío a todo ritmo. Salieron los novios a repartir el cotillón, costumbre que se ha hecho habitual en ceremonias de este tipo, y todos se disfrazaron con algo, se pusieron pulseras y collares que brillaban en la oscuridad, o ponían cubos de hielo plásticos con luce que cambiaban de color y que le daban a tu vaso de copete un aspecto connotado. Maravilloso, sin dudad, porque nunca había visto en mi vida una cosa como esa, y jamás se me hubiera ocurrido en esta existencia (o en otras) inventar tal tipo de artefacto. En fin. El asunto es que el Francisco estaba en éxtasis, con un sombrero de pirata, cuando de pronto toma a Martín, su sobrino, lo sube sobre sus hombros y comienza a bailar. Todos los amigos y familiares que bailaban en ese momento lo rodeamos, y comenzamos a realizar una especie de ritual sin que nadie se pusiera de acuerdo: de pronto todos rodeamos al Francisco y empezamos a estirar las manos hacia el Martín así como si fuera el famoso becerro de oro que provocó la ira de Dios aquella vez que Moisés descendió del Sinaí y se encontró con su pueblo pecando a todo ritmo en pleno ritual hereje. Comenzó el tema "I Gotta Feeling" de los Black Eyes Peas, el Francisco comenzó a darse vueltas sobre su propio eje y de repente me doy cuenta que todo el mundo estaba alzando sus manos como adorando al niño-becerro de oro impulsados por algún instinto pecador innato que posee la raza humana y que nos hacía comportarnos de aquél modo. No sé. Estaba bueno el copete... había bar abierto. Las luces de colores, el alcohol en el cuerpo, la felicidad y no sé qué otras cosas provocaron que se desarrollara la escena que más se marcó dentro de mi ser durante casi todo el resto del año dos mil once. Muchas veces me encontré sentado en la micro, o mientras caminaba, recordando ese momento, y lo bien y feliz que me sentí. Intenté muchas veces poder explicarme por qué algo así se me pudo haber instalado con tanta firmeza en mis recuerdos, pero nunca llegué a ningún tipo de conclusión, así que a falta de respuestas sólidas me veo obligado a ponerme místico y sentir que ese "feeling" que tenía (como decía la canción que sonaba en ese momento) fue una intuición muy positiva sobre lo que ocurría en aquél momento (el matrimonio del primo). Espero que así sea, y que ese sentimiento tan positivo y aquella escena tan hermosa sólo hayan sido la cuasi certeza que el matrimonio del Francisco es y será algo sólido y feliz. 

El otro momento psicodélico sucedió en marzo cuando fui a visitar a Miguel. En esos veinte días pasaron cosas maravillosas que me las guardé porque no las puedo describir. Pero el clímax vino a ocurrir al final de aquella visita. Me despedí de los chiquillos, entré, me subí al avionsito que me llevaría de Lyon hasta Madrid y tomé asiento. Viajaba poca gente, así que quedé solo. Estábamos con un retraso, pero me daba lo mismo. Se hizo de noche, y yo me pegué como lapa a la ventanilla para mirar hacia afuera. La máquina tomó la pista, aceleró y comenzó a elevarse. Yo estaba excitado. De pronto comenzamos a virar, el avión se inclinó y pude ver Lyon todo iluminado, y pude distinguir el Ródano y el Saona como si la ciudad fuera una maqueta. De pronto me vi sobrepasado de sensaciones, y me puse llorar. Lloré emocionado, viendo cómo la maqueta iluminada comenzaba a desaparecer cuando las ventanillas se pusieron grises cuando entramos en una nube. Lloré y lloré, con las manos sobre la cara y encorvado, como un cabro chico. Me sentía tan afortunado, que sólo lloraba de lo agradecido que me sentía. Lloré hasta que llegué a ese momento en que aunque hubiera querido seguir llorando ya no podía. Sentía como si hubiera vomitado algo que me incomodaba, y que ya estaba sanado de eso que me hacía llorar. Levanté la cabeza, me pasé la manga del polerón por la cara y miré otra vez por la ventanilla. Estaba oscura, y de cuando en vez una luz roja que parpadeaba con intermitencia sobre el ala alumbraba el vacío. En el horizonte una línea color ámbar se extinguía poco a poco. Fue hermoso. Y eso. 
No recuerdo más cosas del dos mil once. 
Feliz año nuevo.

06 diciembre 2011

Nicolás's Birthday

Como llevo algunos años escribiendo en este blog de mierda esta historia la he contadio ya varias veces. Nací un día como este, en un hospital público en Indepe y guere guere. Fue hace veintinueve años. "El tiampo vi volar", cantaba el cuervo en Dumbo. Yo también hoy lo veo volar. Hoy me doy cuenta otra vez de esa weá. El tiempo culiado es una weá que apareció junto con el espacio, con la materia cuando se creó el universo. Eso fue hace mucho tiempo. Antes de eso no había ninguna weá, ni materia ni tiempo. Nadie puede imaginarse una cosa como esa. Yo lo he intentado muchas veces, pero es un asunto culiado imposible. La materia de la que se forman mis ojos salió de eso, como todo el resto de mi ser. Apareció el carbono, la vida, 23 cromosomas que puso el Ale, más 23 que aportó la Flavia y aparecí yo. Un día cualquiera, como este, mientras simplemente era y estaba me dio por ponerme a pensar weás. Desde ese día, que sepa Dios cuál habrá sido, no pude detenerme hasta este mismo instante. ¿Por qué estoy aquí?, ¿Para qué se nace si al rato me voy a morir?¿Por qué aquí y no en otra parte? ¿Por qué yo y no otra cosa? etc. Pregunta tras pregunta que nunca nadie va a responder y que de seguro, como sabiamente me dijo mi compare Cristian cierta vez: "si llegara un marciano y te revelara la verdad, mañana sería otro día culiado ordinario más no más". De seguro nada cambiaría. Y hasta el día de hoy me quedé creyendo en eso, pero aun así no puedo parar la cabeza y desperdiciar tiempo de una existencia sana y aun joven echando a hervir caldos metafísicos en la olla de mi mente. En fin.
Otro año desde que aparecí en el mundo se cumple y me atrevería a decir que me siento igual que siempre. A eso le sumo lo mala que es mi memoria, así que el pasado es una weá que en mi existencia día a día se va quedando más atrás. Vivir a veces ha sido una weá que me intriga mucho y que me ha costado dejar pasar así como veís pasar una micro tras otra. Entonces me quedo metido, pensando. Otras veces me hago el italiano y dejo que las weás pasen y pasen no más, me levanto, compro weás, sueño con otras e intento hacerme el normal, pero todo el rato siento que estoy puro fingiendo. Si me canso de esa weá vuelvo a mi lesera y así, vivo oscilando entre esas cosas. Voy a cumplir 29 años en la misma. Puro weando, como siempre. Lo que no puedo negar es que igual terminé tirando sensibilidad a la basura porque en este mundo cruel el sentir tanta lástima me iba a terminar matando. Así que mucho de eso lo he ido tirando en el water cuando hacía caca en algunos años de estos pasados. Ya no soy el mismo. Me podré sentir igual, pero definitivamente no soy el mismo.
Feliz cumpleaños.

04 diciembre 2011

El odio.

El jueves pasado iba en una micro oruga moviéndome por el pasillo hacia el fondo. La micro paró y un viejo que venía atrás de mí me dice: "Muévete pos, conshetumare, hace rato que te vengo diciendo que te corrai" Yo me di la media vuelta y le contesté con odio: "Relájese, caballero, si demás se alcanza a bajar de la micro... mire... ¿ve?" mientras le indicaba la bajada, haciéndole una reverencia, como para burlarme un poco. El hombre se bajó, pero pisó mal y vaciló dando un paso de cumbia para luego integrarse y continuar. "¿Viste? Casi te sacai la chucha, viejo y la conshetumare" le proferí, con alegría. El hombre, al oirme, se da la vuelta y me empieza a decir muhas cosas que no entendí. Yo, desde adentro, le levanté los hombros dándole a entender que no tenía nada que ver con eso. Las puertas se cerraron, la micro partió y me instalé. Una señora, que iba sentada, me dijo: "Pelee con otra persona, por favor". Yo le sonreí. Se me olvidó preguntarle una cosa muy importante: "¿Por qué chucha? jaja" Vieja culiá loca. Pero después me había dado a entender que le había gustado la escena. Después la vieja filosofó sobre los rollos que trae consigo la vida moderna, como el estrés, que es quizá una de las cosas que nos apura tanto y nos vuelve tan intolerantes. Yo no opiné nada, sólo asentía con la cabeza. 

Hace mucho tiempo que no me pasaba una cosa así andando en la calle. Y claro, siempre me cuido que no me pasen estas weás siendo lo más lindo que pueda con el resto de las personas. Doy el asiento cuando puedo, si voy incómodo me aguanto, no intento ser cabrón luchando por ganar espacios más cómodos en el transporte público. Si puedo dejo pasar las micros no más. Si alguien empieza a hacer a un lado me quedo piola y dejo que esa persona gane ese espacio por el que lucha, si estoy en una fila y alguien se cuela, me quedo callado... al final la cosa se trata de que si noto cosas que me parecen injustas, me hago el loco no más, todo con tal de evitar conflictos. La idea es como nunca quedar mal con nadie. Y esta weá es como una lógica de la paz con la que me programé desde chiquitito. No es respeto. Es sólo ceder todos los espacios posibles en silencio, independiente si a mi juicio el asunto me parece justo o no. Da lo mismo. Mi sentido de la justicia no es trascendente, aunque el sentido de justicia ajeno tampoco lo es, pero esta lógica me mueve siempre a la pasividad, pues la única seguridad que tengo es la que tiene relación a mi propio accionar. No puedo ni siquiera especular sobre el accionar ajeno. Sólo puedo confiar en mis posibles reacciones. Entonces lo único que puedo tener como una seguridad probable es que mi accionar pasivo no cree una tensión y, por lo tanto, no genere un posible conflicto. A veces pienso que don Indira (Ghandi) estaría más orgulloso que la chucha de mi y esta lógica culiada de niño con la que salgo a enfrentarme a mundo día a día. Pero por otro lado, y muy a pesar mio, hay veces en que esta forma de ser me ha traído muchos episodios amargos que no quisiera volver a vivir otra vez. Esta vez, lo que me pasó el jueves, me dejó reflexionando con seriedad un buen rato porque a diferencia de situaciones anteriores ahora se me filtró el odio que salió del hombre y que se había terminado metiendo dentro de mi. Fue una serie de reacciones no más: un viejo me putea con odio, ese odio se me metía adentro, pero mi lógica de niño Ghandi consistía en que mi deber era cerrar las compuertas para estancar ese odio, permanecer impasible y cortar el flujo de la mala onda para evitar incendios. El jueves, en cambio, me putearon con odio, me llené de ese odio, me las di de niño Ghandi una vez más, pero mis escotillas cedieron y lancé ese odio hacia el pobre hombre que casi se cae. Hay muchos incendios probables que se pudieron haber provocado: que me mandaran unos combos... no sé... todas esas cosas que no deseo que ocurran. Es que soy re mariconsito. Siempre me he cagado de miedo, entonces me las arreglo para que no sucedan cosas indeseables. Pero esta vez se me filtró. Llega un punto en que es imposible contener cosas así. Ahí caché por qué la paz es una weá como la felicidad: se trata de conceptos que deberíamos borrar porque no tienen ningún asidero en la realidad de esta sociedad contemporánea. Pero no lo digo con pesimismo, lo digo con ganas de que empecmos a forjar nuevos conceptos al respecto. La búsqueda de la paz o la felicidad es como una caricatura mítica a esta altura, como la del oro al final del arcoiris. Si nos vienen a decir eso de la olla de oro es obvio que nos cagaríamos de la risa, pero aun pasa que si mencionamos cosas como la paz o la felicidad seguimos esperanzados en que podríamos llegar a alcanzarlas en algún punto. Pero no pos, cabros, dónde la vieron. Nada de eso. Las micros orugas, los vagones de metro, las calles, el capitalismo, el socialismo, la anarquía y la rebelión no pueden contener dentro de sí, de sus cuerpos, conceptos como aquellos. Hace rato que se gastaron, que no tienen forma ni podemos llegar a un concenso sobre qué cosa son simplemente porque a esta altura del desarrollo humano la weá es como intentar  meter el triángulo dentro del cuadrado. Son asunto de otra época, por lo tanto surgieron en otra realidad, así que intentar movernos con esos conceptos como la base o el aceite que lubrique nuestras ideologías o lógicas no tiene por dónde, cabros. ¿Cómo no nos damos cuenta?. Yo me di cuenta el jueves. Al final mi ejercicio de niño picado a Ghandi puro era una gimnasia de contensión más que un trabajo psicológico o espiritual por lograr un mundo mejor. Entonces, estas gimansias de contensión tendrían su crisis al llegar, como en toda gimnasia, al colapso que genera un desgaste. Es como cuando le caga la rodilla al futbolista o se le desgarra un músculo a un gimnasta. Algo así me habrá ocurrido ese jueves, y después me bajó el ataque nihilista de siempre con la negación que trae incluída.
Es como pesimista esta weá, pero insisto en que no. Después del episodio con el hombre tomé otra micro y me fui pensando brígido, pero en lo que pensaba mucho era en cómo uno podía cambiar tanto durante su vida. Una weá como esta, hace unos cinco años atrás, o menos -quizá- me hubiera dejado muy mal. Me hubiera quedado triste, quizá hasta me hubiera puesto a llorar piola en la casa, y hubiera odiado al mundo una vez más por ser como es: una mierda hedionda y asquerosa que nadie desea. Pero no. Esta vez la weá pasó... me alteré, me puse nervioso, pero después me puse el pendrai en los oídos, los lentes para que la gente no se de cuenta que la sapeo y todo fue bueno. Bueno, salvo por un pokemón culiado hiperactivo que iba sentado al lado mio JA. Entonces por eso siento que estas ideas no son pesimistas, al contrario, todo el rato intenté basarme en la realidad: en una tensión vivida en una micro, en un viaje compartido con un pokemón que nunca había visto en toda mi vida. En un momento sentí que la realidad misma, esa weá que mis sentidos filtraban, no podía ser pésima. Incluso si estaba infectada de weás feas. Pero ese volón me duró un rato... de repente iba sentado, la micro iba rajá por un caminito rural rumbo a Lampa. Miraba las weás pasar, sentía el aire que entraba por las ventanas, una guaüita me miraba, miraba a una cabra que le saltaban las tetitas con los baches del camino, escuchaba música. Fue como bonito y por eso como que comparto esta aberrancia en el blog ahora. Pero no sé en verdad. Eso no era ni la paz ni la felicidad. De eso estoy seguro. JAja. El weón duro de mente. La cagué. 

Buenas noches.