¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

24 marzo 2011

La torre de babel

Demás que cuando pendejos vieron para semana santa esa película añeja donde mostraban cómo muchos weones armaban la torre de Babel. La alzaron lo más alto posible y, al terminar, un weón choro subió hasta la punta, pescó un arco y lanzó una flecha hacia el cielo. Todos se quedaron piola, como esperando ver qué weá podía pasar. En eso Dios se enoja y deja la cagada. Algo así como un temblor, y se derrumba un pedazo de la torre, aunque no recuerdo muy bien. Y el weón choro (el del arco con la flecha) pesca a un weón y desesperado le dice algo, pero este weón le contesta: "guere guere", entonces el shoro no casha, lo lanza lejos, va donde otro y le habla, pero este le responde: "guon shian shien", y así... se va pescando a todos de la solapa, hablándoles a cada uno de ellos mientras estos le contestan con alguna especie de jerigonza infernal e inentendible, y este weón choro, enojado, los zamarrea y los manda lejos. Creo que así fue como Dios, según las sagradas escrituras, repartió los distintos tipos de lengua sobre el planeta. Pero la verdá es que estoy puro cuenteando... miles de veces he dicho que mi memoria es penca.
El asunto es que esta reflexión me vino a la mente mientras tengo que esperar que mi compare Miguel salga de una clase acá en el conservatorio (el haut école de musique -en francé- o el high school musical -en inglé) de Ginebra, Suiza... a la conshesumare de mi hogar. Y es que es como la torre de Babel esta weá... y ahora me hace mucho sentido que la creación de muchas lenguas distintas fuera un castigo de Dios para mantenernos separados. Porque en verdad cuánto quisiera, a veces, decirle a alguien de por aquí alguna cosa, pero como no soy bi, ni tri, ni tetra lingûe (como sorprendentemente son la mayoría de los cabros culiados que pululan por estos pasillos), entonces nadie me va a entender niuna weá. Pero después vuelvo a pensar y descubro que ni siquiera cuando ando en mi país necesito de muchas palabras porque allá (acá) no me la paso metiéndole conversa a cualquiera que me encuentro por ahí. Sólo basta saber decir "si", "no"... "a veces"... "gracias" y "por favor". O mucho mejor que eso... echas mano a los recursos de la comunicación kinésica y simplemente levantai los hombros y ponís cara de weón expresando un "¡no entiendo!" universal. Y eso. Nada más. Así que concluí que en este mismo instante ando puro llorando por nada. Pero la nostalgia es así... y el desarraigo igual, te hace ponerte wevón y surrealista. Y es que soy campeón mundial de los 100 metros queja. Si no pregúntenle a la Flavia.
Nicochino around the world
Ginebra, Suiza


PD: Es cierto.

13 marzo 2011

la góndola que vuela

Otra vez en la vida tuve la suerte preciosa de poder subirme en una góndola que vuela y poder ir sapeando por la ventanilla hacia abajo. Puta que es lindo. Así que me monté un día miércoles tipo dos de la tarde, me senté en una butaquita más estrecha que la vaina del sable de shogún y me puse a sapear altiro. Estaba muy emocionado, y la excitación me tenía como cabro chico. La máquina se instaló en la pista, empezó a acelerar brígidamente y comenzó a levantarse apenas, luchando contra el Newton a todo ritmo. Mi guata se llenó de hormigas bailando el aserejé, y la vista comenzó a ampliarse poco a poco. Qué lindo era Quilicuma desde arriba, el cerro Renca y su cruz y luego Maipú... pude distinguir clarito Américo Vespucio, Pajaritos y las estaciones nuevas del metro, que desde la ventanita parecían larvas blancas gigantes arrastrándose entre medio de las casitas que a esa altura ya parecían mosaicos coloreados agrupados en bloques cuadrados. Las calles empezaron a convertirse en hilos, y de pronto todo empezó a homogeneizarse. Shuta... nunca me había fijado que Quilicura estaba tan pero tan cerca de Maipú. El templo parecía una casita de la gran capital... como la pieza de una maqueta. Toda la sensación de distancia se me empezó como a estrechar en el cerebro. De repente recordé un día que salí a pasear para conocer las estaciones nuevas del metro en Maipú con la Cinthya. Recordé lo lejos y ataoso que me pareció aquella vez el poder llegar allá. Recordé, también, que incluso al salir de la última estación en la plaza de Maipú, me llegó hasta parecer que había llegado casi a otro país... y lo comparé con Quilicura, y establecí una serie de similitudes, pero sobre todo una lista de diferencias odiosas entre un lugar y el otro. Intenté recordar todo lo que pensé al respecto... en todas esas comparaciones culiadas absurdas, en todas mis conclusiones, mis ideas y prejuicios, y mientras miraba ahora desde una ventanita de avión el mundo desde arriba puro llegué a la conclusión culiada que en verdad había sido muy aweonado al haber podido llegar a pensar tanta boludez aquella vez. El mundo, desde una ventanilla de avión, se ve chico. Y se hace cada vez más chico a medida que la góndola va tomando altura. Obvio. Lo que no es obvio está en la mente: "Maipú es gigante, y queda a la conshesumare... y puta, es distinto". Y es que si te dan ganas de ir a Maipú, tenís que puro ir no más. La weá es que vas a llegar de todas maneras... y sobre todo, al elevarte, te vai a dar cuenta que es como todo no más ¿Tengo o no tengo razón?. Si sapeas desde bien alto, la conclusión final es que todo eso es parte de un mismo todo que lo contiene. La misma weá...

Lo otro... que al comenzar a homogeneizarse todo empezai como a pegarte algunos palos en tu cerebro. En mi caso, el primero tuvo relación con las distancias. Y es que fue fabuloso sapear cómo el avión despegó, y al darse la vuelta para tomar dirección nor-este, llegó hasta el mismo mar que tranquilo nos
baña, para luego volver a pasar sobre la cordillera de la costa y rajar a todo ritmo hacia su destino. Qué weá más preciosa. Chuta, pensé, en verdad la playita siempre estuvo muy cerca, así como lo diría el Fito en el temita a Piluso... y también, como cantara en la misma canción, Rosario también siempre había estado muy cerca... porque luego de cruzar la cordillera, y después de un rato relativamente corto, ya estábamos pasando sobre Argentina... muy cerquita de Rosario. Uf... la ultra reweá. Volar, volar, volar, volar volar... ¿Cómo es, Alberto, volar al más allá?

Lo palos en mi cerebro comenzaron a volverse cada vez más intensos y todas las dificultades que alguna vez me impidieron poder llegar a Maipú comenzaron a parecerme cada vez más y más absurdas. La dista
ncia se me hizo, de pronto, una weá tan relativa, como también, y sobre todo, las barreras que impiden que una persona no quiera desplazarse de un lugar a otro. Incluso hasta cuando se trata de sortear distancias cortas. Y me refiero a todo lo que pueda ser capaz de mantenernos detenidos y anclados a un lugar y no nos deje querer desplazarnos: una idea, un prejuicio, la paja, la flojera, qué se yo. Porque en verdad una de las primeras weás que sentí al ver cómo todo se hacía chiquitito a medida que me iba elevando fue en lo weón que había sido al decir tantas veces que NO porque un lugar quedaba lejos. O sobre todo el negar a desplazarme cuando se me ocurría ir a alguna parte porque de pronto pensaba que era casi imposible.
Por último... otra weá que me dio pena fue cómo
todo acá abajo está tan parcelado, distribuído y encauzado. Uno camina, y debe ir por la vereda, siguiendo la dirección de una calle. Y si va de una esquina a la esquina opuesta de una cuadra, por ejemplo, está obligado a hacer una L, porque entre medio hay casas, hay rejas, portones y murallas... no te puedes meter entre medio trazando una especie de hipotenusa pasando encima de todo eso, sino que debes seguir los cauces regulares de desplazamiento. Existen límites y fronteras, incluso algunas de ellas muy difíciles de poder cruzar (sino pregúntenme cómo me fue en el control en España... para tener una idea). Y existen espacios a los que se nos está prohibido en lo absoluto poder ingresar. Pero volando bien alto tuve unos instantes la sensación hermosa, y ultra ingenua, que el mundo como que era todo, a la larga, una misma cosa.... que podai llegar y recorrerlo por donde te diera la gana no más. Y claro... si al mirar para abajo parecía tan sencillo como ponerse a caminar y empezar a moverse solamente. Llegué a pensar, casi como un niño, que bastaba con puro ponerse una mochila y empezar a caminar no más... avanzar, si desde mi ventanita podía ver que estaban todos los espacios abiertos, que las montañas no eran tan altas, y que no existía ningún río, lago o quebrada... ni siquiera una reja, una muralla, propiedad privada o barrera alguna que pudiera frenar el avance.

Pero eso fue entero surrealista, porque en realidad abajo está lleno de weás que no nos permiten avanzar hacia ninguna parte.

Hubiera sido bacán preguntarles a los españoles culiaos cómo fue cruzar todos esos espacios que antes de llegar ellos fueron libres y
abiertos de verdad -así como lo llegué a pensar ingenuamente mientras los miraba desde 10.000 metros de altura- y preguntarles también a los reculiaos cómo llegaron a generar esa lógica de que se podían establecer límites en lo ilimitado e "ilimitable". Puta qué mala herencia nos dejaron estos weones: todo loteado... todo parcelado, amurallado, privatizado... al final no podemos ir donde nos dé la regalada gana. En cambio, antes que llegaran, estoy seguro que para todos los naturales su mundo era así como lo sentí un ratito mientras lo observaba maravillado desde un cubo de latón desde muchos metros de altura, a través de una ventanita ovalada de dos cuartas por una y media.

Lo otro... la perspectiva.

El avance tecnológico, entre tantas weás supu
estamente buenas que pudiera traernos consigo, nos ha regalado perspectivas nuevas. Eso me parece como terrible bonito. Y nunca nadie me ha comentado esta weá... ni siquiera algún profesor en alguna de todas las clases a las que he tenido que ir durante mi vida ha hecho mención sobre este asunto de las perspectivas nuevas que nos ha aportado el avance técnico. Y es que entre tantas weás que pensé en la góndola, mientras sapeaba para abajo, es que en esos momentos estaba siendo infinitamente afortunado por poder estar en ese lugar y en ese instante de la historia que me tocó. Y no lo decía de pendejo ni debido a mi excitación de niño pobre que por primera vez se sube al avión, sino porque descubrí que la weá en verdad así lo era. Y claro... ni siquiera el Alejandro Magno o el Napoleón Bonaparte, en la cima de su gloria artificiosa, pudieron tener la dicha y fortuna que estaba experimentando yo, en ese instante, observando al mundo desde esa posición. Faltaban muchos años para que recién a algún weón se le hubiera ocurrido pensar, siquiera, que el poder llegar a volar era algo viable... y después de eso, faltaron muchos años más para que se hubieran puesto a intentarlo... y luego mucho tiempo más para que la primera máquina llegara a hacerlo... y hasta por ahí no más, porque aun faltaba mucho tiempo más para que otra máquina pudiera alcanzar recién la altura y velocidad a la que viajaba yo en ese instante. Ni el Beethoven, ni el Oscar Wilde, ni Spinoza, ni Platón, ni Newton, ni don René Descartes, ni la Cleopatra ni el Luis XIV pudieron observar el mundo desde esta altura. Ni cagando. Esta perspectiva nueva me tocó a mi y ahora era yo el que iba maravillado, con la frente apoyada sobre el vidrio, observando el mundo... observando toda esa geografía, todos esos accidentes... eso plegamientos, esos valles que parecían huellas de pisadas de monstruos colosales, esos meandros formados por ríos que ya se habían secado y que desde ahí parecían escrituras antiguas sobre un papiro añejo color amarillo ocre... las cadenas montañosas que parecían las ondas formadas por una gota al caer sobre el agua... uf... tanta weá... me faltaba vocabulario para poder describir cómo era ese mundo nuevo que me tocó descubrir desde ahí.

De pronto... the prettiest thing, i ever did see, como canta la Norah Jones.... y comenzaron a aparecer nubes. Un nimbo... del col
or más blanco que hubiera visto en la vida, gigante, colosal, gordo. Y rajado pesqué la cámara y le tomé una foto.


La observé, pero no me provocaba lo mismo. Tenía que verlo solamente. La postal se iba a quedar guardada en una memoria virtual para siempre, pero la emoción de observar esa nube guatona, blanca y gigante estaba ahí en ese momento, ebullendo. Luego aparecieron más nubes, muchas más. Todas blancas, preciosas. Y luego nos metimos en una nube negra, y volví a recordar que iba metido dentro de una chatarra cúbica de lata a muchos metros sobre el piso cuando comenzó a moverse y a temblar... a ceder a fuerzas mayores. Beauty. Y qué fortuna. Sin duda. Puta, pensé, si la nueva perspectiva que nos pudo brindar la tecnología y que nos parece tan sencilla como ir en la micro y poder ver las cosas pasar rápido por afuera ya me parecía lo suficiente fascinante, esta otra weá me pareció suprema... si de hecho, yo ya pensaba que ni el Gengis Khan tuvo la cuea de ir a una micro rajado y ver pasar todo rápido a su alrededor (aunque no sé... un caballo puede alcanzar hasta 65Km/h, incluso más, según la farsante wikipedia).


De repente dejé de sapear por la ventanita y eché una mirada hacia adentro, para sapear qué weá pasaba, pero a casi nadie le importaba la ventanita y todo esto que pasaba aquí. Iban todos preocupados de otros asuntos... el Ipod, el Mac, el Diario, la película bastarda asquerosa de la cartelera, el libro, la conversa... la comida. Nos habíamos traído el mundo para acá arriba, los muy weones. Una pequeña porción de mundo pelolai al cielo.

Nicochino around the world.
Lyon, Francia.

02 marzo 2011

Gonzalo Aloras - De mi olvido

Hace un tiempo postié lo siguiente:

"Pero si alguna vez tienen la oportunidad de oir la canción (cuando yo tenga el disco y se las muestre personalmente cuando nos veamos por ahí) puede que me digan: qué bonita wn".

¿ Y ?
¿Cómo está?