¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

20 febrero 2011

Equilibrando

Hace poco, en la góndola, venía pensando seriamente que al parecer casi ninguna wevada en esta existencia es gratis. Y entiéndase gratis en un sentido capitalista (el de no pagar plata por algo) y en un sentido culiao más místico (dar una cosa a cambio de otra).
Todo empezó un día infernal que desperté medio agripado. Me levanté a las seis de la mañana, hice todo el circuito habitual de la leche con avena quáker, el yogur de pajarito, la góndola, el metro, la casa, la camioneta, el peladero, el chuzo la pala y el hoyo. A la hora de almuerzo recibo un llamado telefónico sorpresa que me dejó más feliz que la conshesumare, pero mi salud se fue y comenzó la cosa a ponerse fea. Mi estado de gripe se agudizó, mi garganta me dolía mucho, y otra vez debía meterme al hoyo con el chuzo y la pala, recién almorzado, bajo un calor abrasador y con la cabeza zumbando. Se me caían los mocos, me lloraban los ojos y sentía dolor en todo mi cuerpo. Regresamos, volví al circuito de siempre: el metro, la góndola, pero esta vez el calor me parecía más cruel que siempre. Me senté, me puse los fonos en las orejas y me puse a pensar en lo mal que me sentía. Cuando tragaba saliva era como estar tragando vidrio molido, y por la espalda sentía las cosquillas de las gotas de sudor corriendo hacia el culo. Sentía como si me hubieran agarrao a palos los bárbaros hunos, porque me tocaba los dedos, las rodillas y me dolían. Era asqueroso. Y fue en medio de esas sensaciones cuando empecé a pensar sobre estas cosas. El Manu Chau siposipo culiao me cantaba más feliz que la chucha, y lo odié al shushesumare. Odié su música culiá siposipo y sus garabateos entre inglé, portugué, francé, árabe y el cachivache y la reputa que lo parió. Pero igual me di cuenta que llevo más de un año con el Estación Esperanza en el péndrai. JA. La weá po. Entonces en medio de esa polvadera de sensaciones horribles me hayaba sumido cuando intenté aliviar mi pesar espiritual pensando en esto de la gratuidá, así que comencé a consolarme con que vivir un instante difícil no era más que el antónimo de un momento dichoso que estaba por llegar a mi en igual fuerza e intensidá, pero simplemente con la polaridad invertida.
Era como re imbécil y básica la lógica esa. Es como para engrupirse a un niñito con que lo malo ya pasará y después de eso debería venir algo bonito porque sí.
Entonces así iba inventándome esperanzas en un viaje en micro. Pero la idea no dejaba de darme vueltas en el zapallo. Era bonita la weá en su sentido profundo de ser no más que una invención basada en una lógica ordinaria para intentar aliviar en parte el sufrimiento humano. Eso me parecía muy noble. Por otro lado, esa lógica sencilla de transar cosas bonitas por cosas feas y viceversa de pronto me dejó de parecer algo tan sencillo por la sencilla razón que en la naturaleza este tipo de transacciones se viven dando constantemente. El día, la noche, las estaciones frías, las estaciones cálidas, la vida, la muerte etc. Nosotros somos naturales, así que especulo que debiéramos también estar sometidos a estas leyes de la transformación.
Lo primero es que no se puede juzgar si algo es bonito o es feo. En la naturaleza los únicos que juzgamos eso somos los seres humanos, por eso hablo de transformación, o sea, cómo una weá que ahora es de una forma, luego será de otra forma. Entonces, la weá era que en ese viaje en micro mi salud, que tenía una estructura determinada en aquél momento, debiera cambiar o transformarse en otra.
El conocimiento también es transformación, pues los viejos culiaos que estudian el cerebro han descubierto que cuando uno aprende alguna weá, el cerebro cambia a nivel estructural. Osea, si era de una forma, luego de apropiarse de algún conocimiento, pasa a adquirir una forma diferente. Qué cagada. Así que sacamos en limpio que cada vez que sabemos algo, obligadamente cambiamos. Ahora supongamos que una circunstancia cualquiera es un conjunto de estructuras dispuestas de una manera determinada y en un momento determinado. Debido a estas mismas leyes del cambio (o la transformación), en algún instante estas estructuras se modificarán, cambiando de lugar (o cambiando la naturaleza de sus propias estructuras), y la circunstancia primera ya dejará de ser para dar paso a un estadio (circunstancia) segunda. Es re sencilla la weá, pero ni tanto, pues el hecho es que, por lo general, estos cambios de estructura de un estadio primario a uno secundario se caracterizan por ciertas diferencias de polaridad, osea, que si un estado primario se caracterizaba por tener una carga positiva, el estadio segundo tendrá una carga negativa. No sé. Pongámosle en otoño e invierno, cuando nos cagamos de frío debido a la falta de calor, a una breve aceleración en las partículas, y luego la temporada primavera-verano cuando tal aceleración es más rápida y nos cagamos de calor. No fue una transformación de negro a gris, sino que de negro a blanco. De positivo a negativo. Entonces ahí se me cayó la teja pesado. Seguí pensando en todas estas correlaciones que se dan a diario en la vida. Me examiné en ese momento, enfermo y cagado de calor, y luego, unos instantes después, pensé en mis momentos de salud y lozanía. Diferencias de polaridad, de estructura. Pensé en el conocimiento y la ignorancia: cambios de estuctura. La vida y la muerte: cambios de estructura. Y así, una transformación constante que se da en el tiempo (que no existe en un sentido absoluto). Así, entonces, pensé que cualquier weá en esta vida tiene su devenir-transformación: si hoy en la mañana me tomé un yogur y lo tuve entre mis manos, lo destapé, le pasé la lengua por la tapa y comencé a cucharearlo. Si comencé a disfrutar cada una de esas cucharadas jugando con esa materia pastosa y dulce en mi boca, saboreándolo y en el acto sientiéndome dichoso. Si pasaron cosas como esa, si fue rico, entonces el devenir de aquello será un momento distinto: quizá, para mi sistema nervioso central, la weá que sigue sería un momento no-rico. Feo. Pero es así la weá. Un árbol, por ejemplo, carente de un sistema nervioso central complejo como el nuestro carece de la capacidad de poder diferenciar estos estados. No juzga porque no siente. Si es otoño-invierno, si es primavera-verano, le da la misma weá. Pero su sistema le permite reaccionar a estas diferencias de polaridad de todas maneras. Son mecanismos distintos al nuestro: al árbol en otoño se le caen las hojas y en primavera florece. Nosotros, en cambio, como especie desarrollamos sistemas complejos. El sistema nervioso central y el hipotálamo son los jueces: me siento bien, me siento mal... te amo, te odio. En otoño-invierno me cago de frío y me deprimo (o me alegro porque voy a poder usr mi ropa bonita para el frío... o soy gótico. Qué se yo), y en primavera-verano me alegro, porque la vida como que comenzara otra vez (o me deprimo porque me doy cuenta que estoy solo y nadie me quiere... recordemos la alta tasa de suicidios juveniles en esta temporada). Entonces si al niño que está pasando por un momento difícil te lo quieres engrupir con que ya vendrá un momento mejor casi por obligación, deberías contarle, primero, de estas correlaciones que se dan en la naturaleza. Porque si se da el caso que justo te tocó engrupir a un niño con un sentido crítico alto, entonces pondrá en jaque toda tu lógica simplista de que las cosas debieran arreglarse simplemente porque sí. Entonces le hablas del otoño y la primavera, los gusanos y las mariposas, y las flores preciosas que hoy las lolitas se ponen en el pelo y que mañana serán basura seca pa prender el horno de barro y cocinar pan amasado.

Ya se pasará el resfrío.




05 febrero 2011

Avisame