¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

06 julio 2009

Memorión

Tengo una memoria horrible.

Cada día que pasa en mi vida y me toca comparar recuerdos con otras personas de mi edad voy descubriendo la memoria pirujienta que tengo. Para mí era normal que la vida empezara recién como a los nueve años, y más encima por capítulos aislados porque hay demasiada weá que según mi criterio (criterio de un desmemoriado) eran imposible de almacenar en esas hebras de carne llamadas neuronas y que en mi cabecita de niño me daban la impresión que no servían para nada porque estaban recién fabricadas. Pero no. En mi cabeza de niño mis hebras neuronales y mis tubérculos de tripajo ensangrentado y grisáceo llamado cerebro no servían de nada, porque ahora mismo pongo el REW, examino mis bóvedas mentales y están más vacías que mi estómago a esta hora (van a ser las once de la mañana). Nada, ninguna weá. A lo más una que otra imagen media falseada, unas melodías, uno que otro olor (que menos mal no van cambiando a través de los años) y algún sentimiento enrarecido que nunca pude definir; menos ahora, claro.

Entonces, como contaba, de repente las circunstancias me obligan a tener que extraer recuerdos desde mi interior y no hallaba ninguna weá. Pero para mí eso era común, y en lo absoluto normal. Pero cuando los otros comenzaban a examinar sus gulliveras empezaban a sacar un montón de weás demasiado pretéritas, llenas de colorido, curiosidades, anécdotas y detalles maravillosos que me dejaban sorprendido y triste, puro descubriendo mi capacidad precaria de almacenar momentos kuleados adentro de la cabeza.

Para eso tenemos el cerebro: para llenarlo de cosas que no sirven de nada. O sea sí, weás que sirven de mucho (aprendí a leer y escribir, abrocharme los zapatos y darme vuelta los párpados para espantar a los niños) pero de puro picado digo que no sirven de nada, más motivado por el descubrimiento paulatino de mi incapacidad cognitiva que por la insolencia odiosa que me ha motivado desde un principio a ser un escritor.

En fin. A eso no iba. Iba a que comparándome con otros me daba cuenta que yo no recordaba nada. O sea: un poquitito.

Casi nada.

Para mí todo era normal. Muy normal. Recordar estaba limitado, obvio, si la vida es tan larga y estamos expuesto a tantos estímulos todo el rato que para mí, y desde pendejito, el puro hecho de llegar a imaginar una memoria absoluta y vernos obligados a recordar todo me parecía horrible. Y todo porque no me gustaba el colegio. Ahí nos hacían memorizar cuestiones, y eso no me gustaba. Pero a tanta demanda de mente que me exigía el sistema educacional chileno del Pinocho que tuve que terminar adaptándome, y me transformé en un niño memorión. Pura memoria a corto plazo no más. La descubrí al peo. O sea, descubrí que el proceso de quedarse con algo adentro no era sólo uno, sino que funcionaba de variadas formas, y entre esas la memoria corta era la más papa y conveniente para usar en el colegio. Memorizaba leyendo, repitiendo mucho, la mente quedaba rayada y ya estaba listo: tenía algo atrapado en las telarañas de la memoria. Las usaba, y bastaba pasar la escoba por los rincones de mi mente, ver unos capítulos del pipiripao o que me sacudiera la cabeza para salpicar el agua después de bañarme para volver a quedar reseteado. Y así.

El resultado era muy eficaz. Me sacaba muy buenas notas, y mis papás estaban muy felices de tener un hijo buen alumno. Yo, por otra parte, andaba muy tranquilo, porque no me decían nada, sentía que me querían más y podía dedicarme a hacer otras cosas más entretes hasta que tuviera que volver a instalarme a memorizar.

Pero como todo esta weá tenía su problema: no me aprendía nada. Y de eso me di cuenta desde un principio, porque era tan sencillo como que la profe dijera algo así como “ya niños, entonces como vimos en la clase anterior... a ver usté” y señalaba con su uña larga y roja a cualquier desgraciado al azar para que le respondiera algún tema de la prueba más reciente y ahí yo me cagaba de miedo y le suplicaba al “Olmairi” (al todo poderoso, como le llaman los rastafaris) que por favor la quasi pezuña roja y media mordisqueada de la profe apuntara a cualquier desgraciado menos a mí, porque desde el momento en que había entregado esa prueba que ya no me acordaba de nada. Y como Dios nos escucha y es bueno, la profe apuntaba a cualquiera (por lo general a algún “mal alumno”) para inquirirlo.

Qué alivio sentía yo, escondido en mi pupitre de colegio subvencionado.

Por lo general eso pasaba más o menos seguido, y otra generalidad media cuática picada a la paradoja era que los brocas interrogados respondían bien. Yo quedaba cachudo, y pensaba mucho sobre el asunto. “Qué extraño” decíame yo a mi mismo personal y particularmente (jeje), si por lo general a esos cabros les había ido más mal que a mí, eran más porros y más desordenados que yo.

Beto.

Y así pasaron los años (los años que puedo recordar no más) que fueron varios, pero en mi cabeza pocos, y mi vida la podría resumir en un par de acontencimientos washos variando a lo intrascendente y desaliñado. (Ahora que vengo cachando, y aparte del odio, creo que ese también es como un muy buen motivo para explicar porqué me puse a escribir: para rellenar esos espacios inventando disparate). En fin. A eso no iba.
Y claro po.... esa misma weá.

Dios me salvó durante todos esos años memorizándome todo, y luego olvidando paulatinamente, y de repente ya estaba grande, como también grande estaba la falacia del buen alumno inteligente y dotado, así que postulé a un liceo para niños lindos y quedé por algún pituto, porque no tuve que demostrarle a nadie mis dotes memoriosos ni explicar ni detallar nada. Ni mi rut me lo sabía. En fin. Fue un montón de conjunciones. Fue Dios, el mismo que me salvaba de las interrogaciones post prueba, y el mismo que me llevaba a las escuelas dominicales en la iglesia evangélica en Conchalí.

Ahí me descubrieron. Fue una prueba. La primera que di, en Castellano, sobre las Crónicas de Narnia, y me saqué un cuatro seis. Yo había memorizado todo, pero aquí no había que memorizar nada. Me pedían que sintetizara, que ilustrara, que describiera y definiera conceptos. Cagué pistola. Forever and ever. Hasta ahí no más llegaron las memorizadas de los personajes del Papelucho y el Casimiro casimuero, con esos “complete la oración”, una una cosa con la otra (así, con una línea), las preguntas con alternativas... incluso un “dibuje cómo se imaginaba tal o cual cosa”.

Así fue hasta cuarto medio, cuando me gradué como cualquiera, me dieron mi papel donde certificaban mis años de condena y listo. Y yo, pobre, desgraciado, que incluso en cierto momento me engrupí con que era un ser especial e inteligente. Pero no. No me dio para nada porque todo, en realidad, puro había sido un chamullo de infante con prisa por sacarse el cacho de tener que aprender lo que no quería.

Ahora quiero volver a educarme, pero no cacho ninguna weá, y mis mañas memorionas siguen intactas, pero aun sabiendo que ni me sirven, las tengo pegadas como un vicio.
Ha sido mucho... si hasta ahora hace poco me he dado cuenta que hasta la vida misma puro me la ando memorizando, paradespués andar olvidándola, pero esta vez no como antes (viendo el Pipiripao o sacudiéndome la cabeza después de bañarme), sino que andando en micro o viendo animé.


PD: no me acuerdo.