¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

12 marzo 2009

ignorancia

"Las personas somos gentes de pocas ideas... los que digan lo contrario mienten".
Fito Páez



Esta palabra kuleada es muy detestable, pero es como una forma bonita de decir que no sabes alguna weá medianamente importante.
Recuerdo cuando más pendejo tenía (creo que aun tengo) un terror nefasto hacia la ignorancia. O sea, era casi pánico de descubrir que no sabía algo. Cualquier cosa. De repente, en medio de una conversación cualquiera, aparecía algún tema desconocido y entraba como a desesperarme. Me quedaba piola, fingía que no era ignorante, pero una vez solo partía a investigar sobre la wevada a algún diccionario, enciclopedia o la tele (ja), y así me ponía al tanto. Era peludo para mí el verme ignorante. Mi vanidá de niño me obligaba a estar actualizándome de cuando en vez con respecto a todos esos temas, entonces, desconocidos. Aun me pasa, y como medida para consolarme me autoconvencí que esos hábitos eran absolut normales, o sea, normales en lo absoluto (pico con el relativismo... es para niñas) entonces así me tranquilicé, eliminé un dilema ético, moral y existencial de mi mente y mi espíritu con martingalas fáciles y continué viviendo mi vida en paz. Lindo. Pero el asunto de un día al otro regresó (el eterno retorno de una mente sin recuerdos... ja, no era nada así la weá, pero igual) y otra vez regresó la ignorancia a estorbarme. Y creo que debe haber sido porque ahora último me he sentido entero ignorante frente a todo. Y es que en verdad no sé ninguna wevada, todo se me olvida rápido, y del colegio salí hace 9 años y en verdad ya no recuerdo nada de lo que me dijeron cuando estaba ahí metido, sentado en un pupitre tomando nota, y tampoco recuerdo lo que leí, lo que estudié y lo que tuve que memorizar urgido obligado porque sí. Y me dio como pena, porque en las últimas conversaciones apenas he podido opinar algo, no cacho dónde estoy parado, apenas sé qué pasó antes de ayer, qué me dijeron, qué me contaron o qué me habrán dicho. Ja. No... estoy exagerando. Pero lo que sí es muy cierto es que la mente ya se me empezó a endurecer como una marraqueta trasnochada y es que claro, mis circunstancias actuales no me mantienen el cerebro haciendo ejercicio, sino que el trabajo ejercita otras partes del cuerpo como las córneas, las médulas óseas y el páncreas. Entonces poco a poco comencé a olvidar cosas y a transformarme, sin darme cuenta apenas, en un ser ignorante.
Horror... nadie puede.
“Qué charcha”, me dije a mi mismo desesperanzado. “Qué horror, gaio”, me decía mi vanidá y amor propios. Y es que en verdá es muy charcha para nuestra vanidad preguntar, luego que nos hablaron como una hora, de qué chucha era que nos hablaban, qué cosas es la que me estás contando, qué es eso, con qué se come eso, dónde pasa eso etc etc. Y así comencé a volverme carente de la noción de la existencia de ciertas cosas y comencé a relegarme a un costado de los hilos retóricos de las conversas ajenas realizando otras tareas como prender el carbón, jugar con los niños o yendo a hacer las compras a la botillería.
Lo raro de todo este asunto fue verme del todo tranquilo frente a la situación que cada día y en cada ocasión se volvía y se vuelve más evidente. Pero así, a medida que el tiempo comenzó a pasar y yo empecé a volverme más viejo, al parecer también desarrollé cierta pasividad congénita (o será mi paja eterna) y asimilé de pronto cierta forma de ser diferente que simplemente me tiene sin ninguna prisa ni urgimiento frente al tema.
Me puse a conversar conmigo mismo y me pregunté a mi mismo: “mi mismo, ¿por qué observas con tanta pasividad cómo día a día olvidas cosas y te vas haciendo cada vez un ser más y más ignorante?”, y me respondí: “no tengo idea, pero lo que sí sé es que ya no me urge tanto como antes”
“¿Y por qué?”, me pregunté nuevamente. Y la pregunta fue como peluda y obligao tuve que sentarme por ahí a buscar la respuesta dentro de mí. La mansa volaita: todo yo.
Y claro... empecé a pensar en la infelicidad o la no dicha. Aunque nada que ver, pero siempre parto pensando desde ahí mismo, porque justo a alguien oí diciendo que los estados no felices eran un desconocimiento (ignorancia) de la dicha o la felicidad. Suena algo weón, pero en verdad lo medité y era muy probable que la no felicidad fuera simplemente la ignorancia o el desconocimiento del estado natural humano que es siempre a estar bien y ser dichosos porque sí no más, si todo es bueno. Y ahí como que se me anduvo iluminando el cerebelo y caché que la felicidad y la dicha también son un desconocimiento o ignorancia con respecto a las cosas que pudieran hacernos sentir completamente miserables. Y así fue como me cagué de miedo.
Y claro. Es cosa de prender la radio y escuchar al Rumpy. Llama cualquier persona, cuenta que tiene un problema, y por lo general se trata de cómo manejar ciertas informaciones que podrían provocar un daño inmenso a su alrededor. Claro. El ignorante no llama al Rumpy ni a ninguna parte porque no tiene ningún problema, o sea, no sabe algo que ocurre, y continúa en su estado regular viviendo la vida, o sea, continúa dichoso. Así mismo nos ocurre a nosotros mismos. Ahora mismo podemos encontrarnos tranquilos y felices, pero es probable que cualquier conocimiento extra al respecto de cualquier tema pudiera herirnos, deprimirnos profundamente y cambiar el rumbo de nuestra vida y el curso y forma de todos nuestros pensamientos.
Es muy probable que nuestras cabezas en estos momentos conciban las cosas de una manera determinada: mi vida es así y asá. Y de pronto llegan y te cuentan que todo es falso y te cuentan algo de lo que eras en lo absoluto ignorante y que, incluso, especulando hubieras sido incapaz de llegar a concebir, y así, todo cambia irrevocable e irremediablemente. Y de hecho, pensando y pensando en toda la información que pudiera ser capaz de llegar hasta a destruirnos, me imaginé cómo sería la vida si de pronto yo pudiera enterarme de todas las cosas que conciernen hacia mi persona. Y en eso estaba en un supermercado lleno de gente, yo caminaba por los pasillos hacia la caja y me imaginaba cómo sería si yo pudiera enterarme de todo lo que la gente en algún momento pudiera a llegar a opinar de uno: la cajera, las promotoras de vino tinto, el viejo kuleado que te pasó a llevar con el hombro, la vieja que hace fila al lado y te mira quien sabe por qué chucha y así. Y me sentí aliviado de tantas weás que no podemos y no llegaremos a saber nunca que continué comprando copete en paz y me fui contentito para la casa a tomar con los niños.
Pero la cabeza seguía funcionando: recordé cuando me enteré que existían las células., y que estuve muchas semanas sicoseado con que estaba formado por millones de weás vivas que se juntaban y trabajaban realizando tareas comunes sólo porque sí... o sea, sólo por mantenerme vivo. Y yo pensaba... ¿y si se chorean estas cagadas?... ¿y si se rebelan y me da un cáncer?. JAja. La reweá. O cuando me contaron que el universo era infinito, que no se podía terminar de contar porque los números también eran infinitos, etc etc, y otras tantas wevadas que apenas puedo mencionar y cambiaron todo para mal. JA. O quizá no.
Pero la ignorancia nos tiene aquí a salvo, cabros, del veneno propio de la existencia.
Imaginen lo insostenible que sería el conocimiento de ciertos hechos, de ciertas realidades alternas, y muchos otros tipos de conocimientos más. Recordar debemos a Adán y a Eva en el paraíso, ignorantes, los pobres desgraciados, condenados a la dicha perpetua. Una simple curiosidad y una mala influencia los terminaron desalojando del paraíso, conociendo lo no conocido (comieron del fruto del árbol del conocimiento) diferenciaron lo malo de lo bueno, cacharon que andaban empelota y sintieron vergüenza y colorín colorado. La weá. Entonces yo pensé que el conocimiento nunca fue ni nunca ha sido lo que vaya a revelarnos las sendas hacia la felicidad.