¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

31 diciembre 2008

mi primera vez

Nunca he deseado mal a nadie
esta es mi primera vez

Los Tres



Pulento. El año está por irse a la mierda.
Año de mierda para unos, año como la callampa del cura para otros.
Haciendo un breve recuento se me viene ahora mismo a la mente un montón de cosas (no, mentira, no puedo recordar nada en particular), pero lo que sí es verdad es que ayer al llegar a la casa mi hermano me cuenta que en el peladero donde está el rodeo de Quilicumbia iban a estar Los Tres y luego iban a tirar los fuegos artificiales por las vísperas del fin de año. Bueno, por eso y por otros motivos políticos más. Cambio de folio en la alcaldía y qué se yo. No sé si han escuchado esa weá chistosa del “fin de la dinastía”. Cosas de quilicuranos. Dios nos libre.
Entonces en la volá me puse a meditar. O sea, después que mi hermano me avisó por msn, así que una vez que terminé mis deberes obligatorios me fui pensando en eso durante todo el viaje en góndola hacia el infiernillo. Al final sentí que teníamos que ir no más. Estaba la papa. El rodeo lo tenemos a quince minutos a chala, Los Tres me gustan (y nos gustan con mi hermano) desde que éramos más pendejitos y así sumé y sumé más motivos (No, mentira. Son solamente estos que acabo de mencionar). Y los contra serían…. No, el contra ES el de siempre en realidad: los pungas. Y que se nos perdone nuestro exagerado rechazo y clasismo pero pico. La situación es así. Además, en Quilicura hay muchos pungas, y un espectáculo al aire libre y gratis daba como para que se llenara de estos horcos rekuleados. Pero filo. Soy choro.
Entonces llegué a casa, aleoné a mi hermano para que fuéramos (que ya estaba guateando por el calor, la paja y el miedo, como siempre… además, somos hermanos y estuvo a punto de convencerme a punta de raciocinio fácil y miedo). Pero resistí y le dije que debíamos ir, por la mierda, porque algo me había dicho en mi interior que debíamos ir no sé por qué. JAja. No, mentira. Pero era algo así.
Esperamos a la Marian, llené una botella de dos litros con agua que después no me tomé y nos fuimos caminando con calma calle abajo hacia los peladeros ardientes del norte de mi comuna nueva recién actualizada de alcalde quien montó el espectáculo anual de los fuegos artificiales muy lejos de donde siempre se habían hecho. No llevábamos nada. Ni el Jorge ni yo, y siento que fue por el mismo motivo (los pungas) y tampoco llevamos un polerón siquiera, y si no hubiera sido porque la Marian se echó dos lucas al bolsillo nos habríamos cagado de hambre.
La weá se suponía que empezaba a las ocho, y nos fuimos pasada las siete pensando que la gente iría temprano para tomar un espacio y ver el guiso de cerca. Pero llegamos y no había nadie, salvo un escenario grande lleno de equipos listos para usarse. Bacán igual. Hagamos la hora. Y puta que hicimos la hora pegados a la reja frente al escenario, porque el primer show comenzó pasada las nueve.
Tuvimos que bancarnos una horda de espectáculos populistas que no trascendieron en la memoria de nadie. La hora pasó y pasó y yo no estaba ni ahí. Es que veía muy bien. Bacán. Hasta que todo se oscureció, comenzó a sonar un audio de un señor que llamaba a la compañía de aguas para reclamar por la reposición atrasada de su servicio, a la vez que increpaba al telefonista, lo agarraba a chuchadas y luego le decía algo típico: “cuando uno se atrasa un día en el pago, ustedes, shushesumadres, vienen corriendo a cortar la weá… y cuando uno paga hay que andar persiguiendo a los kuleados”. Todos se sintieron identificados y comenzaron a aplaudir.
Pero a eso no iba. Me estoy desviando mucho.
La volada es que Los Tres salieron a tocar y pulento po. Pulento. O sea… pulentos los shusheumares –pensaba yo, extasiado. Y es que me gusta la música, el roc, los amplificadores y las guitarras eléctricas. De eso había de sobra, y también había un espectáculo demasiado agradable a la vista, con eso de las luces, las cortinas que brillaban y la noche tibia. Todo bien. Yo me sentía muy afortunado de poder estar en primerísima fila, cómodo, sin nadie que me apretara o me molestara en forma alguna, y con la Marian podíamos pololear, bailar, y acomodarnos a escuchar y mirar todo. Mi hermano estaba apoyado a la reja pegado con todo. De pronto me dio por mirar hacia atrás y todos los pungas estaban como congelados los muy shushesumadres. Fue una escena de mierda de miedo. Recordé esa escena de encuentro cercano del tercer tipo (si no la vio, entonces se la describo un poco) cuando la nave descendía, la puerta se abría y la luz del interior iluminaba el rostro estupefacto expectante de todos observando algo inconcebible. Estos weones estaban igual, y me dio weá ver la cara de nada de todas estas personas cambiar de color al ritmo de las luminarias del escenario que, a la vez, iban variando en matices y colores al compás de la música. Nadie se movía, nadie cachaba como qué shusha hacer, cómo reaccionar a eso. Henríquez confundía, y era como el marciano más grande. Confundía su pinta de vaquero tejano con charro de Lumaco y Chuck Norris. Confundía su guitarra eléctrica bonita, pero fea (una stratocaster echa mierda del año del pico colgada a la altura de la tula… así como bien choro) Entonces no cachabas qué wevada con ese kuleado cuático tocando y cantando. O sea, estas voladas las pensé poniéndome desde la perspectiva de un punga kuleado promedio de entre 16 y 26 años con un nivel educacional de liceo público (no disto mucho en todo caso, soy medio punguita, tengo 26 y fui producto de la educación pública). La weá era muy poco definible. Eran Los Tres, esos que cantaban quien es la que viene ahí, pero con un viejo kuleado tocando acordeón, y no sé qué weá. Incluso, siento en el fondo de mi ser que hasta el repertorio populoso que prepararon para esa clase de guiso y público Quilicurano tampoco facilitó nada. De hecho, todo lo que no podía dejar de pensar se confirmó en mi mente en el momento preciso en que en medio de una ranchera perfecta a estos locos se les apagaron los tubos y quedó sonando la pura batería a capella. Esperaron 2 minutos, los técnicos callampearon y Los Tres se fueron. Fue un silencio grueso, inmenso, como el mar. Yo me puse chiflar, pero me cansé. No se oía nada. Estaban todos callados. Los técnicos desesperados no podían solucionar nada, pero ni siquiera su demora inexplicable exasperó el ánimo de nadie. Total, eran Los Tres, o sea, los queríamos, pero ni tanto tampoco. La weá estaba llenísima de pungas. Llena de pungas rekuleados con el corte de pelo del novita del gato cósmico. Eran metros y metros de tela de buzo de esa que suena tss tss tss cuando caminas, muchos kilos de aros tipo blim blim, celulares de última generación fotografiando la nada sideral, muchos kilos más de aros hula hula y un montón de chayas y olor a sánguche de poto; muchos coches con guaguas capaces de dormir mecidas al son de un amplificador a tubos y personas con las que al cruzar su mirada con la mía me daban a entender que me podían sacar la mierda.
Los Tres volvieron al escenario. Henríquez venía choreado. Pero siguieron. La música sonó tal y cual a como la habían dejado resonando en mi cerebro y volví a sentirme contento. Continuaron con sus jits noventeros de enseñanza básica, y en un segundo recordé al Ariel, el se remata el siglo y el primero ka durante esos años de impaciencia y ansiedad. Mis primeros acordes en la guitarra, y en cómo admiraba e intentaba verme identificado en la figura de Álvaro Henríquez.
Después comencé a tirar líneas y descubrí asombrado que era la segunda vez que veía ver tocar a Los Tres en vivo. La primera fue hace muchos años, cuando me colé en la estación Mapocho y los vi ensayar para aquella vez que tocaron con los Jaivas e Illapu y el gato Alquinta aun estaba vivo. Me sorprendí de ver que alguna vez tuve huevos y fui capaz de hacer algo medio picado a lo indebido.
La segunda vez era esta, pero mejor la dejo como mi primera vez.
Buenos. Fue un lindo guiso en las vísperas.


Odio a los flaites, que Dios me perdone, pero intentaré cambiar eso.

PD: último día nadie se enoja po.


21 diciembre 2008

10

1. Hace poco que caché que a todos los aweonados les ha dado por ponerse a escribir sus cagadas de columnas y relatos por pedazos enumerados, así que por no ser menor, entonces voy a hacer la misma weá.

2. No leo casi nada. O sea puras wevadas que suelen llegar a mí por casualidad pura. Como en el Tabo, cuando iba a hacer caca y me ponía a mirar los diarios que la abuela dejaba en el piso. Es increíble, pero me concentraba de una manera que desearía siempre para cada vez que me instalaba oficialmente a leer (onda con un libro en la mano y sentado en cualquier parte... dedicado al máximo). Al final cuando me instalo a leer no entiendo nada, me abrumo y termino dejando los libros tirados por ahí.
Pero mis lecturas fugacez, las columnas en los diarios del piso del baño, las revistas en la espera de la consulta médica o el papel con el que envolvían el corte de zapallo en la feria terminaba resultándome fascinante. Siempre me pasa eso. Ahora mismo me pasaba lo mismo. Leía puros pedazos del diario on line, hacía collages de columnas emíferas. Soy fan del RODERICUS y el SAGITARIO con sus columnas fugaces de la contratapa del cuerpo A del Mercurio. No soy capaz de leerme una noticia muy larga, y dar vuelta la página de un libro para mí es como llevar la carretilla llena de ladrillos. Qué paja. Es peludo leer.

3. Hace mucho tiempo que ando con unas ganas de ponerme a escribir un montón de wevadas entretenidas que no sé por qué chucha no he podido hacerlo desde que se fraguó la idea en mi cerebro. Pero no puedo no más. Ya lo he intentado como tres veces y no he podido hilar una frase. Nada. Y ahora si no es porque me movió el afán de continuar con esta wevada de moda de narrar las cagadas a pedazos y numerándolas (vaya a saber de dónde salió toda esta wevada... pero se me hace que es la idea de otro de bien lejos, como siempre) no hubiera escrito nunca nada.

4. Y claro, pensando me fijé que esa weá de la que había hablado hace rato aquí mismo es entera cierta: ya fui escritor y publiqué. Y es verdá esa weá que leí en esos recortes que suelen llegar a mí y termino leyendo apasionado: todo lo que se escribe es para ser publicado.
No necesito editores. Pico. Ahora existe esta weá de internet. Fui escritor, entonces, aunque igual desde ahora me declaro oficialmente escritor profesional y autogestionado.
JAJA.

5. A propósito de las pescadas que nos pasan vendiendo en la vida que me puse a reflexionar seriamente en esta wevada que me ha venido pasando hace poco y todo por venir negándome desde hace tanto. Y es que claro, todos se creen negados, pero es mentira. Esa negación es absolutamente falsa.
Esta weá es mórbida, entera aweonada y paradójica, pero esta forma que he elegido para ser y vivir mi vida es la única manera que he hallado para sentirme así como "valorado": Yo no valoro nada de lo que hago o digo. O sea, resumiendo, no valoro en nada mi quehacer. No soy capaz. Eso es para el resto de la gente -digo yo- (claro, para sentirme especial, o espacial). No soy capaz de cobrar, no soy capaz de recriminarle a nadie nada. Así que me quedo callado como siempre y dejo que me continúen hablando. Como me dijo la Marian: Nicolás, eres un cínico... no eres tú. O sea, ella no cree que yo sea yo. Pero sí, soy yo, y sí, siento cosas feas casi siempre y como todos: malestares, penas, angustias y pesares por asuntos ajenos a mí. Por eso soy cínico. Porque no digo nada y así me resulta fácil esconder mi seria falta de coraje (huevos) para encarar aquello y al contrario prefiero mantener el agua quieta. Como decía: comodidad.
Ahora, ¿cómo vas a arreglar todo lo que ha provado ese cinismo?.
Puta, y yo desde que tengo el uso de la razón que me recuerdo ser así.
Pero igual le prometí desde mañana mandar altiro a la mierda a todos cada vez que me sienta así.

6. Me creo bilingüe a todo ritmo, cabros. Y hoy recién me dio por cachar qué chucha decía la letra de una canción de la Amy Winehouse que no me he podido sacar del zapallo desde hace dos semanas. En serio. Y justo es la última canción de todo el tracklist (yiaaa) del pendrive. Entonces lo prendo, apreto el rew, y se va altiro a la última canción. Y empieza la weaita. Es un tema pulentito, festivo y movido que me hace entero feliz. Cómo será que hasta cuando no está sonando me la ando imaginando. Pero esto de ser bilingüe es difícil, y tengo atados con la gente británica: no les entiendo ninguna wevada. Entonces usé el interné y busqué la letra. Pero me pasó otra cosa, y es que como decía recién, es duro ser un "bilingual rat" (el Alan no más podría comprender esto último) y me encontré con barbaridades como ésta: "Tell your boyfriend next time he around/To buy his own weed and don't wear my shit down/I wouldn't care if bre would give me some more/I'd rather him leave you then leave him my draw" Entonces pensé en cómo no pude ser capaz de entender eso mientras la oía la cantar, pero soy un bilingüe entero ordinario y escuchaba otras cosas, o sea las cosas que me hubiera gustado que hablara esa canción. Lo único que sabía era que se llama "Addicted", y yo juraba que como la música era entera linda, entonces la weona loca hablaba weás lindas. Aunque eso queda a critero. "It's got me addicted, does more than any dick did"

7. Recién escuchaba a mis vecinos de la casa de atrás ensayar sus canciones evangélicas. Oí una guitarra de palo con cuerdas metálicas y la voz de una señora cantar afinadito. Pero después oí algo así como un ladrillo o macetero quebrándose y se dejaron de wevear.

8. Ahora se pusieron a wevear otra vez. Canta bien la vieja kuleá. Pero la oigo hablar y me parece despreciable.

9. A propósito de lecturas washas, Amy Winehouse, y cosas extrañas es que en la misma en el diario LUN de hoy venía una noticia washa de la Amy Winehouse donde se hablaba de su adicción a un programa de televisión llamado "Hole in the Wall", onda así como el hoyo en la pared, y me pareció bizarro que se le diera espacio a eso en la página de un diario, pero con lo urgido me vine al pc y busqué en San Youtube, y quedé sicoseao. Pero si esta weá ayuda a que la mina no sea absorvida por sus adicciones y grabe otro disco antes de morir, entonces igual pascual. Haga click aquí no más. Le recuerdo que está en interné y todo está ligao.

10. Se le acaba de prender el ventilador al computador. Es que la cagó, hace calor.

06 diciembre 2008

vida de poto

Nací un día lunes 6 de diciembre de 1982 en el hospital San José viejo a eso de las once y cinco de la mañana. El día debe haber estado como hoy, bonito, pero yo estaba recién llegado al mundo y no puedo recordar esas cosas.
Una vez afuera pasaron unas semanas y me llevaron a conocer la parcela de mis abuelos maternos a “El Tabo”, lugar del que me terminaría enamorando hasta ahora y -quizá- para siempre. Parece que fuimos en una citroneta que por ese entonces tenía mi tío Julián, y nos demoramos muchas horas en divisar la costa. Yo continuaba siendo inconsciente de mi propio ser por lo que refiero en estas líneas son menciones previas de recuerdos de mi familia.
Ese fue mi primer paseo.
De pendejo incapacitado del uso de la razón y la consciencia de sí mismo me cuentan que fui medio autista y altamente odioso. Hasta el día de hoy mi abuela materna me molesta rememorando esos episodios cuando llegaba a su casa diciendo: “estoy enojao”, mandando a todo el mundo a la mierda y yéndome a jugar a un rincón de la casa. Por ese entonces sólo recuerdo a la abuela Cutufa (la mamá de mi abuelo) que para mí era como una bruja vieja que hablaba cosas que no se le entendían, tenía un lunar con pelos en la barbilla y pasaba sentada en esos pufs rojos que aun están en la casa. El abuelo estaba en el patio trabajando en sus muebles y escuchando tangos, incansable, y la abuela en la cocina haciendo comida.
Cuando el niño llegaba, entonces, era gracia verlo así, tan chico, con su abrigo de lana, los cachetes colorados y odiando al mundo. Entonces lo empezaban a wevear y yo rabiaba y me iba a dar de cabezazos contra el piso.
Son mis primeros antecedentes odiosos.
No puedo explicar por qué hacía eso. Nací así.
Cumplí cinco años y tuve que comenzar mi educación. Mi etapa pre básica fue entera fugaz, y la consciencia que tenía sobre mí mismo era entera ordinaria y apenas puedo remitirme a recuerdos difusos y saltados. Recuerdo sólo las ganas de ponerme a llorar el primer día, la tía Rebeca, que ciertas veces se ponía a llorar dejándonos a todos callados sorprendidos con el descubrimiento que los adultos también lloraban, aunque no por las mismas cosas que nosotros. También recuerdo la fila para la revisión de cabezas, que todos hacíamos tan contentos, inocentes los pobres desgraciados, de la ignominiosa realidad piojenta del Patrocinio es su nombre, sembrador de la alegría... y por qué se me habrá quedado pegada en la mente esa parte del himno de la escuela para siempre es otra weá inexplicable de mi vida. Las caminatas por Avenida Independencia y esas escolares grandotas con sus jumpers tan cortitos, divinas, los helados salados en la Spring de Maruri con Pinto, el olor a viejo kuleado del barrio y los helicópteros que caían del árbol que está justo a la salida de la casa de la abuela. También recuerdo la ventana del segundo piso de mi escuelita escombrosa por donde sapeábamos las pesebreras flaites de los caballos del hipódromo y uno que otro compañero hijo de jinete con el que pelé los cables. Ah, y claro, a la Lucía, con quien tuve mis primeras incursiones sexuales.
Eso fue rápido, después no me di ni cuenta cuando iba en la citroneta de mi abuelo Jorge (las citronetas siempre han estado presentes en mi vida) por Diego Silva hacia el poniente y paramos ahí frente a la escuela El Carmen 270. Ahí me dio un tilimbre igual que al Papelucho y me dije a mi mismo: “aquí voy a estar pegado harto rato”. Y así fue. Estuve seis años weveando en esa escuela en los cuales pasaron muchas cosas y otras tantas que no puedo recordar. Lo primero que me marcó fue conocer en primero básico al Luis Seguel (o Zeguel, quizá) un niñito cachetonsito que tenía un talento innato para dibujar la raja y expresarse como una persona adulta. Me marcó mucho, sobre todo por la envidia fatal que en mí provocaba todo lo que provenía de él. Envidiaba su talento para dibujar, su forma de ser, y hasta las cosas que tenía. Pero no puedo recordar en qué momento se fue para siempre.
Me quedé solo, entonces, y conocí al Cristian, otro fenómeno de talento innato, aunque con la diferencia que sus talentos venían marcados con el signo del demonio. Creo que ha sido la persona más mala que he conocido en mi vida, y hasta ahora nadie se le ha podido igualar. Y es Cristian apenas hablaba de eso, y sólo se limitaba a liberar su talento innato para generar el mal sobre este mundo y de eso fui testigo en primera fila de muchos de sus actos. Imposible será para mi olvidarlo metiéndose la mano por su pantalón para luego sacarse un mojón y tirarlo por ahí, o mear por las ventanas del baño, tomarse dos jarabes de una compañera al seco, entre otras cosas que deben haber sido menores. Por alguna razón me ligué mucho a él, y comencé a ser su amigo. Como su talento maligno era elegante y armonioso, yo apenas pude darme cuenta de lo mucho que mis hábitos habían empezado a cambiar al estar cerca suyo, y todas esas cosas que contaba me parecían tan comunes en mi bendita ingenuidad de aquellos días sosegados, hasta que una sucesión de hechos forzados terminó por alejarlo de mi vida, a mí me terminaron retando y dejándome un trauma que hasta este mismo instante cargo en mi vida de tenerle pánico a todo lo que tenga que ver con realizar lo que “no se debe”. Por eso hoy por hoy soy incapaz de poder estar relajado en una esquina cualquiera tomando un vino en caja, discutir con un micrero o hacer simplemente lo que quiero.
Nunca más supe de él.
Después de eso mi vida se normalizó, y de mi envidia por el talento de Luis surgió en mí el deseo ferviente de poder dibujar bien y pude lograrlo en cierta manera. Y de las ondas demoníacas de Cristian sólo quedó una pequeña reminiscencia en mi ser que sólo me terminó convirtiendo, paradójicamente, en un niño bien que comenzó a sacarse buenas notas y a dibujar bonito.
Gracias a eso comencé a convertirme en un pendejo arrogante que se sentía pleno y comencé a pintar el mono. El odio al mundo nunca se me pudo pasar, y siempre fui una cagada chica rabiosa. Nunca me gustó que me dijeran nada, me fundía rápido y era entero llorón (no he variado mucho que digamos).
Por ese entonces jugaba a la botella envenená y al pillarse, la Marian me perseguía incansable, y yo la odiaba. Con el Claudio cantábamos el wind of change de Scorpions en español, el chico Rodrigo le mandaba cartas eróticas a la Soraya. Todo beautiful. Mi primer combo en el hocico lo recibí ahí mismo, como en primero básico. El César me pegó una piña -influencia argentina- precisa en la cara y yo lloré más que una niña.
Así fui creciendo, me di mis primeros besitos huérfanos y fui como un brad pitt de escuela básica particular subvencionada. Raro, claro.
Llegó el sexto básico y me cambié de colegio “forever and ever” (influencia del blog de la Feña).
Un día de diciembre como hoy (bonito) la escuela El Carmen 270 se acabó para siempre.
Así llegó el cambio de colegio. Instituto Nacional. La vida cambió irremediablemente. Un día cualquiera era un pendejo feliz que puro jugaba, dibujaba lindo, era un Gary Granito de escuela básica y se sacaba buenas notas, y luego me vi metido en un curso de puros viejos kuleados chicos con billeteras, carnet, llaves de sus casas y buena labia. Puros gnomos kuleados de vestón, competitivos y arrogantes. Fue duro. Yo seguía siendo un ser odioso, y mi odio en esas circunstancias se intensificó, y sobre todo por el descubrimiento triste que todos mis supuestos talentos no eran más que costumbres de niño chico picado a artista, y las buenas notas producto de mis gimnasias memoriosas que ahora, en ese liceo, no me daban ningún resultado. Fui profundamente infeliz. Entonces como odiaba a todos, me comencé a juntar con un niño al que la mayoría no tenía muy en gracia llamado Ariel, al cual me acerqué movido por esa tendencia que comencé a desarrollar por esos años de andar un poco en contra de la tendecia general. No sé si eso se entiende... pero pico. El Ariel también fue un personaje clave en mi existencia, y con él sorteé esos dos años que quedaban de educación general básica.
El socio venía dotado desde el útero de una capacidad que para mí era tremenda e impresionante y era primera vez que me veía enfrentado a conocer a alguien así: un pendejo demasiado inteligente. En verdad que para mí el ser su amigo me supuso enfrentar mis primeras negaciones y conflictos con mi ego de niño, cuando sentía una vergüenza profunda al verme aun usando los dedos para resolver ejercicios matemáticos, no saberme las tablas o apenas diferenciar lo derecho de lo ziquierdo, sacarme malas notas en casi todas las materias y no saber ni una centésima parte de las muchas cosas que él ya sabía. Yo aun era un niño bien niño, que no tenía idea de weás de gente adulta y se regocijaba en su ignorancia.
Otra vez surgieron traumas y conocí algo nuevo: la negación. Y creo que la experimenté desde el primer día de clases en que todos levantaban la mano menos yo.
Ya estaba en primero medio y esencialmente lo que definió más o menos lo que es mi esencia actual estaba medianamente desarrollado y aun, en vías de desarrollo y expansión: el miedo infinito hacia lo que no se debía hacer, y la negación.
Ya era mucho aweonamiento, entonces Dios se apiadó y al Ariel y a mí nos sacó de ese curso bastardo para dejarnos en otro peor, pero donde era que debíamos caer. Y claro, ahí aparecieron estos siameses que estaban como pegados por el hombro, hablaban siempre como murmurando y usaban personal estéreo las 24 horas escuchando a Queen: Germán y Guillermo.
Recuerdo que Germán me llamó la atención de un modo muy fuerte desde el primer día que me asomé a ese curso.
Terminamos siendo amigos. Forever and ever.
Ahí nació la gana de ser roc. Yo puro quería ser roc y empecé a ponerme la pila como pude. Volví a tomar la guitarra que había tenido botada tanto tiempo gracias a la influencia de estos dos maracos que justo andaban en esa misma; la sincronía fue hermosa, porque Germán era bajista, Guillermo baterista y yo guitarrista. Onda que estábamos completos. Pero nunca funcionó. Creo que fue Dios, que no nos quiso regalar nada más que un par de juntas en mi casa y en la base de la fuerza aérea para que tocáramos cumbias, el tie your mother down y dejáramos de wevear. La weá. Pero filo, ya me he quejao mucho por eso en el resto de mi vida.
Estos weones me metieron a la orquesta del colegio y gracias a eso toda mi enseñanza media dejó de importarme, los años se disiparon como una niebla capitalina y ya era el año 2000 y yo estaba con la goma amarrada al lápiz (rememorando la gloria de la enseñanza básica) dando la prueba de aptitud académica donde obtuve quinientos puntos que me alcanzaban para estudiar técnico en conservación de alimentos por frío en la universidad del Maule en Talca. Por azares de la existencia terminé en San Felipe preparándome para profesor básico, pero en realidad yo siempre quise ser primera viola de la orquesta filarmónica de Israel o roquero. La Flavia me negó la mensualidad al conservatorio, así que cagué con mi sueño de ser plaza de viola y usar humita, y Dios me negó mi guitarra Fender y un estudio en mi pieza para tocar todos los días y a cada rato con el Germán y el Guillermo y cagué con ser roquero; entonces todo el sueño musical amplio y general se fue por el water o digamos que quedó stand by.
Ahí conocí la frustración. Y como lo odioso aun permanecía en mi alma y mi corazón, me puse rebelde conmigo mismo y me estanqué a propósito a modo de auto castigo por no haber sido nunca capaz de aferrarme a un anhelo y trabajar alrededor de él.
Dejé la universidad y terminé en la cocina de un Mc Donald’s raspando carne pegada de una plancha, escuchando los dobletes musicales de la radio Corazón y descubriendo a través de nuevos conocidos y aparecidos lo turbia y difícil que estaba la vida.
Así pasaron días, meses, años... un día tomé un avión y viajé muy lejos gracias a un azar maravilloso, pero una pena inmensa e incontrolable que me dominaba no me dejó disfrutar ni ser feliz y todo me pareció mal. Y de vuelta al país todo seguía igual de mal. Tenía una depresión.
Luego fui cajero de supermercado. Igual seguía triste.
Luego, a finales del año no sé cuanto fui solo a uno de mis primeros conciertos de la vida y conocí a Gonzalo Aloras. Entonces me acordé de lo que quise ser alguna vez, y que de haberlo sido se hubiera parecido mucho a eso que veía con una guitarra eléctrica sobre ese escenario: un flaco kuleado contento cantando una canción que él mismo escribió donde hablaba algo sumamente esperanzador y positivo; sin dejar de lado, por supuesto, todo ese estilo tremendo que me cautivó y me rememoró un pasado-futuro que nunca fue pero se pudo haber parecido a eso.
Entonces la pena se intensificó. Intenté acercarme. No pasó nada.
Regresé a casa, me encerré en mi pieza y decidí acabar con mi vida. No aguantaba tanta pena de todo lo que no pudo ser. Entonces estaba listo llenando las jeringas cuando alguien en mis audífonos empezó a decir que cantaba por el aire que respiraba cuando despertaba, por la luna, por el loco en la avenida y por la música que tenía esta ciudad... y narará... narará.... y me puse a llorar desconsolado porque sentí que estaba puro weveando y que mi vida iba a transformarse toda cuando yo mismo llegara a ese punto maravilloso de descubrir ese milagro kuleado que nunca sucede y sucedía a cada rato en la vida... en posicionarme en medio de esa paradoja y yo terminar contándole al mundo mi hallazgo, como el cantante kuleado ese que sonó de pronto y que ya había hallado lo extraordinario en lo ordinario... el aire que respiro al despertar... la reweá... y yo buscando el hueso por no sé dónde, incluso, cansado y decepcionado había decidido a buscar eso al otro lado... si es que había algo después que me muriera.
Creo que sólo una vez experimenté esa weaita... y siempre se la cuento a todo el mundo: de cuando desperté en Maruri una mañana y me sentía tan amplio... tan todo, y lo único que dije cuando me estiraba fue un "no quiero naaaaada"... tan aliviador, tan hermoso... porque no necesitaba de nada, y el puro hecho de haber estado vivo: ser y estar, bastaba. Eso. Pero quien sabe.
Los años se pasaban uno tras otro. Apenas me daba cuenta.
Y seguí. Comencé a chatear harto con el Miguel, luego a ir a su casa y terminamos siendo yuntas. Terminé trabajando con su papá, y en eso estoy en la actualidad.
Hace poco, y gracias al féisbuc, fui a juntarme con los longis de la etapa básica. Hubiera sido tremendo haber podido ubicar a Cristian, pero no. Estaba el César, pero su combo ya no me dolía ni en la cara ni el alma, y el resto de los chicos eran todos unos adultos jóvenes, bonitos y contentos. Me encantaron todos. La Marian me atrajo inexplicablemente, y la paradoja se cumplió: ahora es mi pololi y ya no la odio.
Y así cumplo 26 años. Se pasó el tiempo cagando.


PD: si no aparece no se sienta.