¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

28 marzo 2008

Fotitos

Convencido entonces que las caminatas hacia la botillería y los carretes ninjas de sábado por la noche son influenciadas directamente por maquinaciones diabólicas fue que me decidí a dar un paso más grande y salir de la región, bien hacia el sur... y narraría todo, pero mejor pongo fotos.






























24 marzo 2008

Fotonovela

KILL NICO

in technicolor and efectos espaciales.


















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19 marzo 2008

Hey Jude

Cómo me roban el corazón...

18 marzo 2008

envidia

envidia.

(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
“comerse alguien de ~”.
1. loc. verb. coloq. Estar enteramente poseído de ella.

Real Academia Española ©



La envidia es un sentimiento muy horrible que suele experimentarse con mayor frecuencia en nuestros primeros años de existencia y que consiste, básicamente, en sentir dolor en el interior de nuestros corazones porque alguien posee algo que tú también deseabas poseer.
La weá, eso sí, que no logro recordar es en qué momento de mi historia personal tuve que aprender a reprimir toda la sensación que experimentaba por dentro cuando estaba envidioso. O sea, la weá debe haber sido todo un proceso, pero debe haber una época, una estación de mi vida en que aprendí a que todas las actitudes que desata el sentimiento envidioso en tu persona social debes mantenerlas atrapadas muy adentro tuyo cosa que no se te salga ninguna tontera que termine delatándote frente al mundo como un weonsito envidioso.
Me enseñaron que es muy feo ser envidioso. Uno debe sentir un gozo real y genuino frente a la felicidad ajena provocada (por lo general) por la posesión: juguetes, pololas bonitas –incluso- la dicha misma.
Pero yo era un pendejo gris, así que en el mismo momento que me dieron este discurso cierta vez que le dije a mi mamá que yo quería ser como otra persona, que comencé a preguntarme con mucha rabia por qué shusha no se debía ser envidioso.
Hoy me sigo preguntando lo mismo.
De pendejito, de cuando íbamos al consultorio de Independencia a buscar la purita cereal con mi mamá, que tengo mis primeros recuerdos envidiosos. Recuerdo que envidiaba a todos los pendejos kuleados que estaban con sus mamás veinteañeras haciendo la cola para la leche: todos eran más bonitos, tenían los juguetes más bakanes, la ropa más linda, la mamá mas putona etc etc. Sentía odio en mi corazoncito chiquitito. Inexplicable. Pero se me pasaba cuando íbamos a los juegos que estaban frente a los ratis a columpiarnos juntos con la Falvia. Mi mamá se sentaba en el columpio, yo me sentaba sobre ella mirándola hacia su cara y con mis manitos regordetas me afirmaba de las cadenas heladas de ese columpio chillón. Entonces cuando bajábamos yo me echaba hacia atrás y miraba al cielo y las copas de los árboles, y cuando subíamos mi mamá se inclinaba hacia atrás, y yo apoyaba sobre su seno.
Eso disipaba todo mi odio y mis pensamientos.
Siempre me la he pasado pensando. Y puras wevadas. En fin.
El asunto es que la Flavia no sabía nada porque aprendí que uno hasta podía ponerse a gritar con el cerebro y nadie te oía. Podía decir garabatos. Podía decir cualquier cosa. Nadie más sabía nada. Entonces te podías refugiar ahí, a pensar. Y la envidia ahí mismo es donde se genera: en el interior de tu persona. En esa pieza kuleada negra (así me la he imaginado siempre desde chico) que es el pensamiento (mansa farsa esa de pensar en colores).
La envidia, entonces, se fraguaba ahí adentro, entre tus pensamientos. Primero la detonaba tu compañero de kinder que aparecía con un mecano súper bonito, de esos que me fascinaban tanto, que cuando les secabai la cabeza se les desarmaba todo el cuerpo, y habían varios: un paco, un bombero, un hombre rana, y justo el niño ese llegó con uno tan bakán, y yo no tengo ninguno, y él lo tiene, y no sé por qué lo tiene si es un weonsito entero llorón, dibuja terrible feo, es desordenado y guatón. Pusha. Y en tu pensamiento eres un envidioso feo (como me dijo mi mamá), así que como nadie me oye ahí adentro, por fuera finjo que no me interesa mucho, pero igual voy donde el guatón kuleado llorón a meterle conversa para que sea mi amigo porque quiero que me preste el mecano tan bacán que le compraron. El guatón se quiebra, y nos cuenta a todos (a mi y otros envidiosos más) que tiene varios más, pero que su mamá no se los dejó llevar porque dijo que se los podían robar y ella no le compraría más, y es en ese instante cuando ellos, los otros envidiosos, y yo, el envidioso más grande, nos sentimos apuntados con un dedo de una mamá gigante e invisible que nos señala en el fondo de nuestros pensamientos y nos juzga, porque justo pasó que mientras naufragábamos en los caldos densos de nuestra envidia habíamos fraguado, cada uno, el plan macabro de robarle el mecano al guatón kuleado llorón cuando la Rebeca (mi tía de kinder) nos llevara a lavarnos los dientes al patio.
Hoy tengo veinticinco y aun siento envidia. Soy un weón terriblemente envidioso, igual que cuando tenía cinco. Algo gatilla mi envidia (hoy fue una foto en un fotolog equis) experimento una sensación amarga que me entristece, después vienen los mismos cuestionamientos ególatras que por qué a mi no me toca nada de eso si yo también soy como ellos y disfruto de las mismas cosas, por qué no fueron mis amigos, por qué por qué. Y luego comienza a hervir en mi pensamiento (en la pieza negra) todo ese sentir y muta en un odio grotesco que me llena de creatividad el espíritu. Puras ideas negras. Un envenenamiento del ser. Entonces, como aquella vez, en una salita de kinder en el Patrocinio es su nombre, sembrador de la alegría...( jeje aun recuerdo esa weá... me sorprende) Que reprimo todas esas sensaciones en la caja negra, me hago el weón inventando formas de poder acercarme y obtener mendigando un poquitito de eso que yo también anhelaba (y anhelo) no sin antes haberme ahogado con los vapores fatales de esos sentimientos tan fuertes.
Es tan natural ser envidioso. Es tan espontáneo. Es tan humano.
No sé de dónde sacaron que no se debe ser envidioso. De dónde sacaron que no hay que vivir la envidia, si es tan propia del ser. La envidia florece en el alma, en el mismo lugar desde donde se ama, desde donde formas lo que deseas ser y mostrar al mundo.
No puedo negar la envidia, nunca pude, y desde chico que me esforcé, pero no pude ni puedo, por lo mismo es que me cuestioné tanto siempre por qué debíamos empeñarnos en reprimir sentimientos tan fuertes como éste.
Tanto nos empeñamos en ese entrenamiento absurdo que de pasada aprendimos, también, a reprimir todos nuestros sentimientos.
Hoy, por no querer parecer unos envidiosos, tampoco queremos parecer unos idiotas demasiado felices, tampoco queremos parecer unos aweonados demasiado enamorados, ni tampoco queremos demostrar tanto interés hacia las cosas que muy demasiado en verdad nos apasionan y nos hacen vivir de verdad. Es por eso que ir en una góndola o en un vagón de metro resulta tan horrendo. Es por eso que el mundo es horrendo. Nadie sabe nada de nadie. Y como nada sabe nada de nadie, nadie quiere darse el trabajo de querer comprender a nadie. Para eso existe el juicio. Para eso existe el juez, esa mano invisible que te apunta con un dedo y te señala. Eso es lo fácil, eso es lo común: juzgar. Juzgar es, precisamente, regir según una medida de valor al mundo. Esa medida de valor nació de la necesidad que surgió de pronto de no sé dónde de trazar una línea imaginaria sobre nuestras cabezas, fracturar a la vida, a la realidad misma y decir: de este lado lo bueno, de este otro lo malo.
Este es el resultado.
Y hoy puro juzgamos. Puro poner calificativos, adjetivizar a la vida, a las personas, a lo que crean a lo que matan. Pico.
Puta que somos aweonados cabros kuleados.
Así juzgo yo.
Nadie se salva.


¿Y cómo está el juez?
Que habita en la casa de toooodos
¿Y cómo está el juez?
Que juzga esta melodía...

Quien canta es la viiiiiiiiida
Na na na ná, na na na na...

Emotival
Gonzalo Aloras


17 marzo 2008

trip (parte II)





Convencido que los viajes hacia la botillería son obra del demonio es que me decidí a ir más lejos de lo habitual, superarme y hacer cosas que no soy capaz nunca de hacer por abecé motivo.
Así es como el sábado en la tarde estaba metido en el msn (para variar) y en eso se conecta la Karina y me cuenta que iba a ir con la Paulina a bailar al piso treinta y tres (ubicada como a dos cuadras del infierno). Me senté un rato a meditar. De inmediato mis enemigos íntimos internos más poderosos aparecieron a apalearme con pensamientos muy oscuros sobre el destino de los niños hiperventilados que salen a carretear los sábados por la noche con dos lucas en el bolsillo;
mis enemigos más pulentos: la comodidad y la pereza. Nico, no weón... qué paja, además, ni te gusta la weá, va a a estar la cara de conejo, y el pololo y los amigos de la Kori... entero cabeza de tigre... no vayai weón. Quedémonos tocando la guitarrita weón. Nooo !, sabís que tu mamá se compró el pájaro canta hasta morir completito y en devedé. La raja weón... nos calentamos una sopita, de ahí vemos unos capítulos, ye stá la revista porno que te trajo el Miguel de Alemania y nos corremos una pajita etc etc. Puta... eso fue lo mínimo que me oí decirme a mi mismo. Pero no. No y no. Esta vez iba a ignorarme. No quiero más lo mismo. Voy salir y punto. Pico con los pungas kuleados, con el miedo, con las micros, con juntarme con gente que no conozco, con todo mis prejuicios asquerosos. Voy no más. ¿Qué hora es? ¡Chucha!... un cuarto para las diez. Se me pasó cualquier rato echado ahí tirado en el suelo boca arriba meditando sobre qué hacer.
Me paré rajado, bajé al water rajado, me senté en la taza, vacié mis intestinos con mojones humeantes que me dejaron el spá pasado a podredumbre de letrina playera. Me metí a la ducha. Doy el agua y la weá no se entibiaba nunca. Weón, el califont está apagado. Puta, verdá. Pico. cuento tres y abajo del chorro. RRRrrrrrrrr... conshe... aaaaarrgh!!! la pu.. que te repa.... aaaargh!!! ooooorgh!!! Me puse a cantar influencia de Charly García. Bien fuerte. ¡Pero es muy dificil veeeer... algo controla mi seeeeeer!!!. El cuerpo se me acostumbró... ¡rico, rico rico!, como dice la Wendy Sulca en la tetita. Me salí, me sequé, subí, a la pasada miré el reloj: cinco pa las diez, chucha... quedaron de juntarse a las diez treinta. En la pieza pesqué el blullín usao, me lo hundí en la nariz para cerciorarme que no tuviera demasiado olor a la raja porque lo usaría igual de todas maneras. No. estaba pasable. La polera, el polerón, el celular kuleado, me tatué el celular de la Kori en el dorso de la mano izquierda, me eché las llaves, la bip, la weá weón, ¿a cuánto estamos?... puta, esa weá no importa nada. Siempre la cabeza te saca wevadas que no te sirven de nada en lo que estás haciendo cuando andas todo diligente con otros asuntos. Ay, que apuro... me estoy poniendo ansioso gratis, nadie es puntual en mi país. No importa. Yo siempre llego temprano. Me chequié... mmmm... yia, tengo todas las weás que necesito. Salí rajado. Caminé rajado hasta el paradero, espere la micro rajado -puta, eso sí que es nuevo: esperar apurado- y luego me subí a la góndola, venía llena como gónada de cura, encontré un asiento y me aperné, atrás venía llena de cumas kuleados que hablaban fuerte. Los ignoré. ¡Que paaaaaaaá washos!!. No oí nada más. Me abstraje. No, mentira, no me abstraje, yo no me abstraigo, eso es pa escritores pulentos como el Julio que son conocen las capacidades de la abstracción ( y mucho más importante: saben qué significa la weá jeje -haga click sobre la palabra para leer el significado (o un click AQUI, porque me di la paja de pegarle un link hacia la página de la rae-). Nopo. No me abstraigo. Yo soy un personaje demasiado básico. Lo que en verdad pasó es que se subió una niña que yo encontré como ni tan feita ni tan bonita, pero era rica (los hombres pueden saber a qué me refiero... las niñas nunca quieren saber) y la weá es que llevaba una blusa negrita abierta adelante, o sea con un escote que mostraba una fracción importante de tetita. Justo se paró un puesto más adelante de donde iba yo. Yo, sentado en el pasillo, miraba y miraba. La niña se dio cuenta, pero le dio lo mismo porque no empezó a jugar con su blusa. Al contrario, se miraba con atención a sí misma reflejada sobre las ventanas de la góndola asquerosa. Yo, entonces, continué mirándole sus tetitas. Miraba la piel de su pecho tostadita como un coshayuyo que aún le falta sol para petrificarse, y en un momento las ráfagas artificiales del aire que entraba por las ventanas y escotillas le erizaron la piel. Qué bonito. Pero puta, me desvié. El asunto es que yo iba muy ansioso. No me di ni cuenta cuando otra vez iba hundido en mis propios pensamientos. Sentía miedo. Los cumas iban cada vez más jugosos, y hasta me olvidé de la niña y sus tetitas fugaces. Volví a meterme adentro de mi mismo. Miré hacia afuera rompiendo el reflejo de todas las personas en el vidrio para traspasar hacia afuera y poder ver por dónde íbamos. El cerro Renca. La Harting. Shuta... no llevamos nada y ya me habían dado ganas de volver a mi casita calientita con mi guitarrita, mi computador, mi comida y mi baño. Pero no weón... me obligué a volver a concentrarme en el interior de esa góndola miserable. Llena la weá. Entera llena. En eso un palo fugaz me golpea la cabeza. Nicolás, weón. La señora. SHusha.... Señora !.... Señora!!... siéntese por favor. Gracias, me dijo con suavidad.
No me di cuenta y ya estaba parado en la Alameda, en una esquina cabeza de tigre, ansioso, aun, esperando. Me di unas vueltas. Nada. Nadie. Entré al boliche de la esquina, dos monedas, tin tin tin... tuuuuuu.... tuuuuu.... el teléfono al que está llamando se ha ido temporalmente a la yugui yugui. Puta la weá. Tengo un karma con esperar. Casi siempre. Pero filo. Esperé y esperé. Me moví un poco hacia el paradero de la alameda con dirección este y al pasar comencé a mirar las piernas de las personas que esperaban la micro que estaban cortadas por los paneles de la publicidad. En eso veo un par de piernecitas de niña con unas calzas (o pantis, no sé) blancas, con unos zapatitos de princesita de cuento. Me doy la media vuelta y era la Kori po!. Wena!... Nico!, pensé que no veníai. Yo pensé lo mismo, le dije.
Así fue como pasamos a llamar al mismo fono público. Nos compramos dos latas de cerveza y partimos a sentarnos al bandejón central de la Alameda a conversar sobre el ser y la nada. Yo estaba ansioso, no podía relajarme. Estar en el bandejón era fatl para mis nervios. Estaba cagado de miedo. Veía una luz roja titilar y me cagaba en las bragas. Puta, Nicolás, me dije. Para weón... para. Así que me tomé varios sorbos largos que me electrizaron las paletas y los caninos para entrar rápidamente a mi cuerpo, alterar el mismo sistema nervioso y ya que no era capaz de calmarlo a punta de paliativos racionales contra mis propios temores infundados, lo intenté hacer por los artificios del alcohol y el weveo de la corteza cerebral media inhibida. No sé en verdad. Pero me estaba esforzando por hacer algo, adaptarme a la niña Karina que era tan envidiablemente feliz y tranquila y no terminar arruinando el instante con mis paranoias de Nicolás Alejandro.
Ya oh! es como la quinta vez que me decís que aquí en el bandejón cualgan caleta.
Es que tengo miedo. Creo que le dije.
El tiempo comenzó a avanzar con una lentitud abrumadora. Al fin, luego de una batalla densa en mi interior entre las ideas y el copete, logré calmarme poco a poco. Pico con el ansia, se había esfumando de un momento a otro. Pero en eso veo a la Kori gritando. En eso aparece su pololo con un amigo. Luego llegó otro amigo. Y así, en el mundo de la amistad comencé a zozobrar nuevamente en las tormentas metafísicas de mi propio aweonamiento imposible. Ansia, miedo. Miedo, ansia. Qué nervios. Copete. Pito. Pito pito. Celulares. Pito. Botella llena. Paranoia.
Qué enfermedad. Relatos que no me interesaban. Autos. Edificios. Hormigón. Asfalto. Nos e va a terminar nunca esta weá. Ya viene la Paulina ya... dijo que venía cruzando. Me puse a mirar huiña hacia todos lados. Pero no veía a nadie. Ahí parece que viene una niña atravesando la calle, dijo alguien. Ahí... y apuntaba con su dedo índice estirado. Seguí la trayectoria, y en eso veo a la cara de conejo toda linda la muy desgraciada, y se venía haciendo más linda conforme se acercaba. Yo estaba loco, mareado por los focos de azúcar y de sal, de miedo y vanidad.
Llegó. Yo estaba en un escaño fingiendo que verla era algo muy ordinario para mi. Olía exquisito. Estaba todo baboso. Nos abrazamos. Ella se sentó y se puso a hablar con la gente. Yo, al lado, inclinaba levemente el cogote para tomarme unos sorbos de ese olor tan rico. Olía como siempre olía. Se vestía como siempre la vi vestida y obviamente por implicancia volví a sentir lo mismo que sentía cuando la tenía así de cerca. Quería puro abrazarla y apretarla hasta cagarla.
Estuve a punto de pedirle que me dejara abrazarla. Estuve a punto de decirle cualquier wevada.
Se me olvidó el copete, el ansia, el miedo y la paranoia. Mejor me voy de aquí, acabo de visualizar que esto puede ser muy horrible.
Ya... vamos a hacer la fila para entrar el cuchitril...
chucha... pensé. Qué rápido. Hace cinco minutos era una eternidad la weá. Nos pusimos en marcha, cruzamos la avenida. Kori, me voy donde Guillermo. No. No te vas a ninguna parte. Kori, si te había dicho que iba a estar un rato no más... tendría que llorar o salir a matar. Ja. No... maricón, maricón... ¿cómo vas hacer eso? Me puse pendejo le di el beso de despedida de sorpresa, le di la mano a los niños, le di un beso ninja a la cara de conejo y me fui casi corriendo.
Llegué al edificio, tomé el ascensor, piso 7, depto 701, toco el timbre, noto que se asoman a mirar por el ojo mágico, le hago olludos múltiples, de adentro lo oigo gritar: quédate afuera conshetumare. Me tuvo un rato ahí. Luego abrió la puerta nin ja y me tiró una toalla para afuera. Me cagué de la risa. La tomé. Esperé otro rato y me abrió. Wena conshetumare oh, me dio un abrazo, un besito, luego lo mismo a la Claudia, y al Claudio, un socito que tenía como invitado. ¿De dónde venís? y les conté todo lo que acabo de contar aquí, pero de otra forma. Pal pico weón oh, me decía Guillermo. Así que me relajé al fin. Llegué al cielo. Tomamos vinito, nos recagamos de la risa recordando cosas crueles hasta que nos cosimos y nos dormimos.
Al otro día nos levantamos. Claudio se fue a su casa. Entonces con Guillermo y la Claudia partimos al supermercado a comprar panes, chancho, una cajita de jugo de manzana y partimos a desayunar en el puente ese que cruza Manuel Rodríguez sobre las líneas del metro. Nos sentamos en el suelo. Eran como las once. El día era hermoso. Fuimos felices. Nos sentíamos bien.
Salimos a cartonear en los basureros céntricos para hayar materiales para que la Claudia construyera las alas de su disfraz de ángel con el que volaría en alguna presentación de pre básicos sin calma en alguno de esos jardines infantiles que tienen más niños que jardín. Bonito.
Recorrimos las calles del centro un mediodía dominguero aucno nos encontramos con Ricky. Estaba igual el muy cabrón. Linda persona. Y entre gringos descarriados y hordas de fieles a la salida de la catedral de vuelta de misa de domingo de ramos, centenares de puestos de tejedores liquidando sus últimos ramos. Joven a quinientos!. Joven a trescientos!. Joven Joven.
Aporveche de llevar su ramo!!! aproveche aproveche que al socio lo crucifican el próximo viernes!!!. Vacilaba genial Guillermo. Puta que disfruté el puro hecho de haber existido en ese momento para poder haber oído eso.
La coca zero y la micro de vuelta. Farewell. Goodbye cabros!, gracias por venir a tirarme a la góndola!... los amo, cabrones!
viaje en góndola. Sunday, Bloody Sunday cantó alguien por ahí alguna vez... y si po... Domingo, Domingo de mierda. jeje. Y me fui en cientos de voladas y lleguñe a unas conclusiones muy buenas que quedé de anotar pero olvidñe para siempre.
Llego a la viila y afuera de mi casa esta el auto del tío. Hola tío. ¿Qué pasa? Estaba mi tio Mauricio con los niños... que bakán. Weón... estamos esperando al Jorge, vamos a almorzar donde tu tía Erika. Puta que bakán, llegué justo. Espéreme, voy a buscar un shór.
Y partimos hacia la ciudad de los valles. Que ricó weón. Voy a comer rico.




Estaba mi familia esperando. La casa brillante. Hermoso.
Fui más dichoso.










14 marzo 2008

trip

Eran las once de la noche, estaba metido en el msn y habían muy pocos conectados. Los que estaban no me daban la hora, así que me bajó toda la pena enrabiada de verme un viernes en la noche sin tener nada en qué entretenerme y de pronto se me ocurrió la idea de ir a comprarme una cerveza a la botillería que está al lado de los pollos asados. Me desconecté, me puse de pie y partí a buscar la billetera. En ella encontré una luquita toda arrugada en el fondo, entre mis listines telefónicos del jurásico y boletas que se han ido juntando porque en verdad no hayo con qué shusha rellenar tanto espacio vacío que me muero de pena por la miseria que se me junta en el alma. Saqué el papel arrugado, me lo metí en el bolsillo del shór, me puse un poleronsito taquilla que tengo para sentirme lindo, pesqué la botella retornable, las llaves y salí a la intemperie quilicumense de un viernes a las once de la noche.
Pero nada.

Al momento de salir, mientras echaba llave, un par de clicjiars pasó caminando y yo partí tras ellas. Hablaban y hablaban y pasó que justo se dirigían hacia donde yo me dirigía y estuve obligado a seguirlas tres pasos atrás. Eran unas chabalinas. De unos trece o catorce años, pero yo, a pesar de cualquier juicio valórico, ético o moral que me hiciera a mi mismo no podía evitar ir mirándole sus culitos de tinellers que buscaban dónde posarse en esta noche de mierda fome que nos agobiaba a todos. Cómo iba a ser la vida tan así de malvada con nuestras almas solitarias en medio de la inmensidad tenebrosa del cosmos. Miré al cielo y una que otra estrella tintineaba apenas en el firmamento azul ultramarinoultraoscuro de esta noche opresiva. Demás que algo bakán sucedía en el trayecto a la botica.
La vida es un milagro.

No sé por qué me sentía el shushesumadre más pulento que estaba pegado a la faz de la tierra por los embrujos gravitacionales siendo que en lo objetivo no tenía por dónde pegarme la quebrada más mínima. Caminaba con jaguallanas, un shór que en verdá no es shór, sino que un traje de baño que cada vez va perdiendo más costuras después de cada lavado, pasado de moda, desteñido y con olor a rajita de tanto pasármela sentado frente al pc en el chat esperando que se conecten algunas de esas personas que suelen dirigirme la ciber palabra. Además, sumando a lo torreja que iba, debía agregar el detalle de ir con la botella metida bajo el sobaco derecho, mientras que con la misma mano derecha afirmaba el cogote de la botella entre mi dedo índice y pulgar y la mano izquierda iba metida en el bolsillo del shór, y con la mano jugaba con el manojo de llaves haciéndolas sonar con un ritmo de bailanta argentina o cumbia villera: ts-/:tststs-tststs :/ (hagan ese fonema con los dientes apretados, haciendo pasar pequeñas cantidades de aire entre los dientes) y sonaría algo así parecido a ese sonido agudo que suele oírse en las lejanías de las poblaciones nacionales.
La calle Leticia estaba oscura, las clicjiars entraron donde queda una pequeña plaza y yo seguí de largo. Me faltaba poco para llegar a la esquina. En realidad ya estaba en la esquina. Ahí mismo, sentados sobre la solera, había un grupito de dos niños vestidos como wisin y yandel, con una niña algo gordita con cero noción de la estética femenina, vestida con ropa ceñida que la hacía parecer un arrollado de huaso, osea, como esos embutidos amarrados con pitillas... todo mal. Y verla sentada en la vereda me dio cualquier pena. Pero estaba feliz.
Doblé, entré a la botillería, dejé el envase en la caja, abrí el refri, saqué una botella, estaba tibia, saqué otra que estaba metida más al fondo, estaba más fría, la dejé aparte, volví a meter la botella tibia, fui a la caja, antes de preguntar me dijeron: son ochocientos, pasé la luquita arrugada, la metieron en la caja, me pasaron las dos monedas de vuelto, las metí al bolsillo, salí, me fijé que para ser un viernes la esquina de la botilleria estaba abandonada. Será muy temprano, pensé. No había nada que ver, nadie conocido a quien saludar. Nada se me ocurría hacer. Estaba perdido, sólo debía volver a mi casa. Volví a pasar por la esquina pero los niños continuaban sentados en la vereda, forever and ever. Continué por la calle Leticia de vuelta a casa. La botella me helaba el sobaco, así que tuve que llevarla agarrada por el cuello. Caminé y caminé. Nada pasaba. Pero no importa. No tenía sed, no tenía ganas de tomar cerveza, pero albergaba en mi corazón el deseo ferviente y anhelante de que algo ocurriera porque no quería que este viernes de mierda acabara aún sin antes darme una sorpresa. Regalarme el placer de lo inesperado. Lo que fuera. Pero nada. Nadie caminaba por la calle Leticia. Las estrellas en el cielo se esforzaban patéticamente por brillar, pero seguían con ese temblor de ser vivo agonizante, con esa show patético que aquí nadie se detiene aobservar. Caminé por sobre los pastelones de cemento con una botella llena de mierda adentro, fría, absurda. No importa. Crucé por donde estaba la plaza y ahí estaban las clicjiars sentadas sobre un escaño también esperando nada. Yo doblé la cabeza, las miré, las dos me miraron y yo volví la cabeza para seguir fijándome por dónde pisaba. Fingí indiferencia, cuando en verdad por mí (por "mí", el verdadero yo) me hubiera ido a decirle a las dos que podriamos hacer una orgía bien degenerada para olvidarnos que existe, aparte de nosotros mismos, todo lo demás. Y es cuático en verdad, porque desde que salí de la casa hasta ese instante no me había fijado que corría un viento alborotado y hacía frío. Las niñitas estaba dobladas como churros añejos sobre el respaldo del escaño, doblegadas por el clima. La plaza estaba abandonada. Las dos sapearon desesperadas al único weón que pasaba con una botella en la mano y no pescaba. Yo también iba caminando desesperado por la calle Leticia esperando esa misma nada. Hubiera dado cualquier cosa en esta vida por saber en ese mismo instante qué querían en verdad que sucediera en la vida ese par de clicjiars. Estábamos todos desesperados en esa noche vaciada. Vacía, en medio de la inmensidad del universo. Ni marcianos, ni novedades ni nada que nos abdujera, que nos regalara un poco de sentido. Yo seguí caminando. Sentí un silbido, pero no era nadie, qué pena, sino que era un avión que iba dando la vuelta hacia el norte, levanté la testa, lo observé un rato porque me gustan muchos los aviones, pero era un avión dando la vuelta, volando bajo, con luces que alumbraban el vacío. ¿Para qué shsuab un avión necesita luces delanteras como auto?, pensé. No nada qué alumbrar. No hay perros para atropellar. Pero la calle Leticia ya se acababa. Nada había pasado. El viaje a la botillería fue tan solitario. Fue tan patético, fue tan sicoseado. Fue tan horrible.
No me di ni cuenta y ya estaba frente a mi reja, y mi mano dejó de hacer ritmos con el manojo de llaves para pescar las mismas, elegir una, meterla a la chapa, abrir la reja, entrar a la casa, irme a la cocina, sacar dos vasos, servirlos, darle uno a mi hermano que jugaba pleiesteichon en el living, tomar mi vaso para volver a sentarme frente a este computador y escribir esta weaita.

Y hasta este mismo instante no pasa ná.

La weá weones.

En todo caso. Nada espero, por eso nada pasa.
JAJA. no, eso es mentira.




PD: es verdá

13 marzo 2008

META

Al parecer lo estoy logrando porque cada día que pasa pienso menos.



PD: ¿Y yo qué hago aquí?

02 marzo 2008

Fotonovela

in technicolor










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01 marzo 2008

diez años

Resulta que hace diez años atrás yo tenía quince (medio descubrimiento), y tenía dos amigos que conocí en el colegio cuando entré a primero medio: Germán y Guillermo.
Germán era un sicopáta maniaco depresivo degenerado medio esquizofrénico y obseso compulsivo. Guillermo, un manantial de frecuencia y espontaneidad de rareza entera exótica ("erís cuático tú", como dicen las clijiars). Nos hicimos amigos principalmente porque yo no era un niño popular (ellos tampoco), y también porque nos gustaba la música. Ariel nos presentó. Ellos me amaron casi altiro, pero a mí no más, cosa que siempre me tuvo en medio de ciertos dilemas morales que asumo hoy con madurez porque no necesariamente puedo ser amigo de los amigos de mis amigos. En fin. No importa. La weá es que estos weones era unos fans cuáticos de Queen que se la pasaban transmitiendo en esa señal, y yo andaba practicando una militancia beatlemaníaca media punga (siempre ando al tres y al cuatro) que se nutría mucho gracias a todo el material que compartía conmigo Ariel (que era más beatlemaníaco que yo). Yo era punga pa la música porque había empezado a tocar la guitarra solo cuando niño en Conchalí y mi influencia más grande era
José Feliciano, la Rocío Durcal y los ranquins de la radio Pudahuel por Pablo Aguilera mientras almorzaba antes de irma pal colegio0 . Los Beatles fueron mi intro a lo que sería el roc. Queen, entonces, para mi fue como jevi metal satánico. Mucho roc. Ariel, entonces, influenciado fuertemente por la aparición de Guillermo Y Germán, comenzó a investigar a Queen, a adquirir material y a informarse. Otra vez yo andaba al tres y al cuatro y no cachaba casi anda, pero me sentía entero lindo cuando el Guillermo me decía que yo era el "brallan mei" (Brian May) por lo flaco y todo eso, aparte que justo yo tocaba la guitarra, y el Germán era "llon dícon" (John Deacon) porque en verdá tenía como el mismo perfil, y tocaba el bajo además... y él era roller teilor (Roger Taylor) porque tocaba batería y era su influencia más grande.
No había ningún Federico Mercurio (Freddy Mercury).
Nos pasábamos las mansas películas.

Los cabros me contaban que tocaban con el
Samir (un compañero) que tocaba la guitarra, pero no tenían mucha onda con el socio así que mejor tocara yo que les caía más pulento.
Y así nos armamos. Éramos los cuatro: Germán al bajo, Guillermo en la batería, Ariel en la guitarra y la voz, yo a la viola y eso. Al Ariel no lo querían mucho, pero ellos no querían hacerle el desaire a mi amigo y lo aceptaban igual porque era mi amigo. Pero duró poco. Al final igual terminamos tocando los tres juntos.
Yo cumplí quince, me regalaron un amplificador chiquito, aproveché y los invité a tocar para el cumpleaños de mi tía. Fue bacán.
Nunca más volvimos a tocar juntos. No fuimos Queen. Pico.
La weá es que pasaron diez años redondos. Diez años po. Cualquier tiempo. Muchos meses, muchos días.
Diez años porque el jueves nos juntamos los tres weones otra vez. Diez años. Diez años. Diez años...
No cacho qué wevada. Pero Diez años. Y los tres weones juntos de nuevo, encerrados en una pieza del departamento de Guillermo empezamos a tocar, pero no tocábamos hace diez años, pero igual pascual. Algo saldría. No puedo especificar qué, pero la weá salió. Tocamos harto rato, y no nhos dijimos ná, pero igual quedamos con el insecto que aun somos una banda de roc kuleada. Somos una banda po, un grupo. Bacán.
Nos tomamos unas piscolas con sabor a tío (como me dijera Guillermo) y entramos levemente al sistema. Desde ahí, entonces, comenzamos a conversar algunas weás chistosas, pelamos a varias personas, nos reímos de otras weás varias y seguimos tocando otro rato.
Pero igual pasaron diez años. Y en diez años pasan caleta de cosas. Muchas.
A la noche estábamos postrados con el Guillermo y empezamos a hacer una lista de las cosas que nos pasaron particularmente a cada uno ( y a otros weones también) en estos diez años: todos estos años. Fue una lista entera larga, con muchos detalles tremendos, él decía una cosa y después yod ecía otra. No puedo especificarla, pero fue larga, y así nos quedamos dormidos, redactando un listado de sucesos que vivimos en estos diez años. Son diez años. Diez años son caleta de tiempo. Nunca ningunod e nosotros se sintió nunca tan viejo como para poder llegar a decir algo así como: oie,
¿te acordai hace diez años atrás?, porque puta, solíamos ser muy jóvenes y diez años atrás éramos unos gnomos sin uso racional de la consciencia. Diez años atrás era como si apenas hubieras existido y lo único que te queda son chispazos de hechos muy puntuales (weno, salvo que seas un niño genio de esos que son capaces de recordar hasta cuando se les paraba el corazón al momento en que a la mamá le daban contracciones). Pero nosotros no somos así. Ninguno de los tres. Ahora podemos hablar de weás rancias hechas hace diez años atrás.

Ahora sí se puede.