¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

31 octubre 2007

Jálogüin

Recuerdo la película E.T. cuando en una escena los cabros chicos aprovechaban que era jalogüín y que todo el mundo se disfrazaba para así poder camuflar al alienígeno tapándolo con una sábana y hacerlo pasar por niño disfrazado pidiendo dulces. Entonces podía verse a cientos de pendejos con disfraces muy pulentos caminando en todas direcciones y pasando casa por casa con la weaita del truicotruic, (querís truco o me regalai dulces) y en esas mismas escenas también podíamos ver la típica población gringa como californiana de casas bajas con pastito en sus antejardines y sin rejas, con calles anchas y dispuestas en cuadras medias deformadas: el american way of life ochenteno a todo ritmo.

Yo era re chico y la película E.T. de Spielberg me conmovió mucho, pero mi alma de pendejo del tercer mundo (quizá ahora perteneceremos al segundo porque nos conectamos a interné) no alucinaba más con la historia del marciano perdido que con todas las wevadas que aparecían en la pantalla: casas grandes y bonitas que no eran pareadas y no tenían rejas, donde todos los pendejos podían salir a la calle disfrazados como quisieran a pedir dulces gratis, juguetes bacanes, colegios ídem. Y a la larga, todo cool. Y weno, no fue sólo en E.T. que se podía ver que la clase media norteamericana vivía como estas clases aburguesadas de mi país que contratan nanas, aunque la weá nunca es tan maravillosa como para no tener una reja en el jardín que llegue hasta el cielo y que en la punta tenga enterrados pedazos de vidrios quebrados.

En fin. Me desvié.

La weá es que en un país tan maravillosamente prolijo como ese demás que los niños podían salir de la manito disfrazados con su canastos a pedir dulces sin el riesgo que se los llevara el viejo del saco. Lo otro es que, además, yo suponía que si en esas poblaciones podían vivir así, entonces de más tenían plata para comprar caleta de dulces y regalarlos así como si nada. Así que no había problema en acercarse a una casa, tocar el timbre (invento alucinante, también, para mí, por aquella época) y decir tricotruic y estirar la mano. O sea… para un pendejo de seis o siete no deja de parecer una wevada en extremo alucinante. Basta recordar la raja que era para uno cuando chico disfrazarse y jurarse otra cosa (aun algunos hacen eso con veinticuatro o veinticinco años).

Entonces, y a pesar de ser demasiado consciente de antemano de la respuesta, yo igual me acercaba a mi mamá y le preguntaba: Mamá, ¿qué onda? ¿por qué aquí no hacen fiesta de jalogüín? Y mi mamá se enfrascaba en explicarme todo esto que ya venía narrando pero en otra forma. Y al final me decía que este país era pobre, nadie tenía plata para eso y que, a fin de cuentas, aquí esa weá no era costumbre. Que la costumbre era que el día primero de noviembre era feriado, y había que ir a cagarse de calor al cementerio general, llevar una botella partida por la mitad y unas flores hediondas a perfume de abuelita para limpiar y adornar la tumba de la abuela Ester en el patio 25.

PD: los nombres y locaciones son ficticios.