¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

13 febrero 2012

For ever Luis



   Lo último que me dijo Luis Alberto Spinetta con una hermosísima y frágil sonrisa fue: “Voy a resistir”. Y eso es lo que ha hecho durante toda su vida y ese es el verdadero legado y la verdadera enseñanza que los artistas aprendimos de él. Resistir a la muerte. Resistir a la tontería. Resistir a la vulgaridad.  Resistir a los poderes establecidos. Resistir a la opinión dominante. Resistir a quienes quieren hacer del arte un lugar de puro entretenimiento. Resistir a las leyes del mercado de la música que aplastan e impiden la germinación de jóvenes novedades futuras. Resistir al periodismo cómplice. Resistir a los medios de comunicación de masas que dedican sus energías a embrutecer y empobrecer la conciencia de los pueblos. Resistir a los conceptos publicitarios. Resistir a la información misma, en su nefasta nulidad. En definitiva, resistir al presente. Y hacerlo con las propias armas, las propias herramientas: la poesía y la música. Despertando el amor por la Naturaleza en nosotros. Esa Naturaleza que no sabe de fronteras entre hombres, animales, plantas y cosmos. Ayudándonos a gozar también aquello que es incertidumbre, indecidible y trágico en la vida. La obra de Luis Alberto quedará resistiendo a nuestro lado y haciendo de este mundo un paraíso posible por toda la eternidad.-

Gonzalo Aloras
8/2/12

02 febrero 2012

The summer is magic



El verano es mágico. Eso decía esa canción tan flaite con la que nos machacaron hace muchos veranos atrás. Se hizo habitual en la historia veraniega reciente del país pescar alguna canción e instalarla como himno estival. Una weá alegre, que nos hable cosas positivas y nos inste con su ritmo a movernos porque sí no más. Donde quiera que estemos, en una playa, en la orilla de un río, de una laguna o un estero, en el campo o cagándonos de calor en la ciudad íbamos a estar todos escuchando el himno por todas partes. Si la música no es un tópico tan importante en tu existencia el himno pasaba por tu vida como si nada, pero si la música es algo a lo que no puedes dejar de prestarle atención, entonces te terminaban obligando a odiar todos estos lemas veraniegos que se quemaban por las radios rayando en lo absurdo. Me pasó muchas veces. Incluso ahora mismo, con el nosa nosa y no sé qué chucha más.  Pero fuera de todas estas costumbres capitalistas de mierda nunca negaré el encanto poderoso que tiene sobre mi el verano. Me gusta el calor y los días largos, muy largos. El sol sale muy temprano y se oculta tarde, nos quema y seca todo. En la estación se cosechan frutas y verduras con las que se preparan platos deliciosos. Las niñas usan poca ropa, y uno puede mirar mucha pierna, muchos brazos y tetas por doquier. Te puedes meter en el agua, el mar, un lago, un río o una piscina. La gente aprovecha de tomar vacaciones y no hacer nada. Las tardes son mortales. El sol se esconde tras la cordillera de la costa y salen todos los cabros chicos como plaga hacia la calle a andar en bicicleta, en patines o juntarse en las plazas. Los lolos se reúnen a conversar. La gente mayor sale a darse unas vueltas para tomar la fresca. Todo este cambio de hábitos propicia como una mayor actividad social y por lo mismo algunos terminan conociendo gente nueva. Los cabros se ponen a flirtear, pololean y carretean de un modo muy natural, o sea, organizando salidas, paseos y cosas afines. No puedo decir que la cosa sea menos rancia, pero sin duda que un cambio en los hábitos debido al asunto climático propicia otro tipo de comportamientos y conductas.

Ahora no he tenido la oportunidad de ir a ninguna parte, así que he estado en Santiago dándome vueltas por todas partes. A veces me junto con un amigo y salimos al parque. La gente pasea, sale a pololear y practicar deporte. Después volvemos a casa y nos sentamos en el balcón del block donde vive y nos tomamos una cerveza. El clima es muy agradable. Conversamos y observamos los bloques vecinos. La ropa tendida en las ventanas, todas las ventanas abiertas. Se ve la mayoría de ellos con los televisores encendidos, pero no se puede ver a nadie que esté viéndolos. Las personas se mueven de un lado a otros. Los más jóvenes están sentados en grupos en los patios, y a veces se les escucha gritar, o reír.
En el trabajo, después de almorzar, me siento bajo el parrón a cocinarme a fuego lento. Hay hormigas e insectos. Escucho el canto de los pájaros, o me pongo a mirar cómo el calor emana del suelo mientras el sol lo abrasa. Es muy pacífico. Puedes estar sin zapatos, cerrar los ojos unos instantes y de inmediato comenzar a soñar, hasta que alguna conmoción en tu sueño fugaz te envía de vuelta a la realidad de un salto. Es bonito.
Cuando camino de vuelta a casa intento hacer alguna ruta alternativa para evitar un poco el tedio. Busco calles o pasajes con árboles, para ir entre las sombras. Me cruzo con poca gente, y al observar todas las casas me da la impresión que estuvieran todas abandonadas, porque no es escucha ningún ruido, pero yo sé que todos están ahí esperando que el sol entre en el último tramo antes de esconderse para poder así salir.
Mi casa hierve. El sol calienta los ladrillos del segundo piso, entonces no puedes permanecer ahí. El primer piso, en cambio, es muy agradable y fresco. Sentado en la cocina o en el living puedo esperar.

Los viajes en góndola son infernales. Sea la micro o el metro. El calor es insoportable, y todo el mundo intenta buscar la sombra que es tan esquiva. Si la micro puede avanzar con cierta velocidad, entonces puede entrar el aire por las ventanas o las escotillas. No hay modo de poder evitar la incomodidad que el calor provoca. La mayoría de las personas ha tomado la costumbre de ir oyendo música (o los programas de radio) usando audífonos, pero ni siquiera esto puede hacer que el viaje sea más cómodo y llevadero. Es difícil. Pero tener la suerte de viajar en un automóvil más o menos moderno es enorme. La mayoría de ellos tiene sistemas de aire acondicionado, o simplemente abres todas las ventanas y te acomodas. Me gusta ir de copiloto en el auto. Siempre me ha gustado. Reclino el asiento y me voy conversando con quien maneja, observando todo. Me siento como un perro, y sólo me falta sacar la cabeza por la ventana. Es bonito. Durante el verano me gusta viajar en auto con los vidrios abajo. Los sistemas de aire acondicionado me hielan la piel. No es la misma sensación que sentir el viento entrando con rapidez y fuerza por las ventanas. No me gusta manejar. Debes ir concentrado en maniobrar el vehículo y sobre todo en el camino que vas tomando. Cuando ando de copiloto intento no interrumpir a quien maneja con comentarios odiosos que tengan relación al modo en que conduce. Siempre confío. Sólo opino si puedo aportar con alguna sugerencia que me pidan con respecto al camino a tomar.

Me gusta acompañar a la Flavia a la feria. Siempre que veo que ella va saliendo la acompaño. No sé por qué ella no me pide que la acompañe la mayoría de las veces, siendo que ella sabe que me gusta mucho ir. Quizá le gusta ir sola y nunca me lo ha dicho para que yo no me sienta. Pero me gusta ir a mirar los puestos y cómo la gente hace su trabajo. Me gusta mirar cómo interactúan con las personas. Me gusta escuchar cómo hablan y las cosas que dicen. La mayor parte del tiempo se la pasan bromeando entre ellos y con sus clientes, y pareciera que nunca se habla nada serio. Hacen observaciones muy acertadas, y tienen una espontaneidad y creatividad muy genial. Yo me maravillo. Pero al observar alrededor mío siento casi siempre que estas cosas o nadie las capta, o simplemente a nadie le interesan. En verano, al parecer, la feria es muy concurrida. Van todos. Puedo ver familias completas recorriendo. Los niños les piden juguetes a sus padres que ven en los puestos de cachivaches chinos. Mientras los hombres buscan películas o discos con emepetrés pirateados. Las mujeres discuten con los vendedores. También anda gente sola. Vendedores sin puesto que se pasean vendiendo chisperos o paños para la cocina. Todos pregonan algo. A veces los pregones son estrafalarios en todo sentido, desde lo que se dice hasta el modo en que se dice: el tono y el timbre de la voz de los vendedores etc. A mi me llama mucho la atención cómo estos gritos se naturalizan en nuestra cultura. Lo más probable es que si un niño parisino de la misma edad del niño que ahora estoy viendo y que le ayuda a su mamá a meter choclos en la bolsa oyera algo como esto al acto se cagaría de la risa, porque en verdad le resultaría hilarante. ¿Y cómo no? Demás que resultaría exótico y chistoso ver a un viejo culiao gordo, de barba, cochino, con una polera musculosa y con aspecto de cavernícola gritando como vieja que vende quince choclos humeros por luca.

Algo que descubrí el año pasado fue mi capacidad de pedaleo, cuando tomé la bicicleta en el verano y me atreví a irme hasta el trabajo en ella. Fue duro, porque mi capacidad cardíaca y respiratoria era muy ordinaria. Durante el año no practico ningún trabajo físico, o sea, muy ocasionalmente, entonces resultó duro tener que pedalear 16 km una mañana de enero. Pero lo logré. Luego 16km más de regreso, con el sol ardiente dándome por el costado izquierdo. También fue duro, pero descubrí que era capaz, y me esforcé por continuar el resto del verano. La semana siguiente ya sentí un cambio: me cansaba menos. Por lo mismo empecé a acortar mi tiempo. Mi récord era demorarme una exacta desde la puerta de mi casa hasta la puerta de mi trabajo. Eso era, a veces, mucho menos de lo que me demoraba en micro. Otro cambio importante que no pude notar hasta regresar a clases en marzo tuvo relación con mi masa corporal. Todo el mundo al saludarme me comentaba que estaba más flaco. Pensé que exageraban, pero cuando comencé a sumar un comentario más otro me pude dar cuenta que si. Y claro, todos los pantalones se me caían, y yo le echaba la culpa al desgaste de la tela. Es un muy buen modo de adelgazar sin darse cuenta, y sobre todo en verano, pues cada vez que llegaba a la casa, o al trabajo, me sacaba las poleras empapadas en sudor. Es duro, y no hubo una mañana en que no me arrepintiera de hacerlo. Pero siempre pasaba que ya había avanzado demasiado como para devolverme, y sólo me quedaba completar la carrera. Pero una vez entrando a la ciclovía de la calle Bulnes el viaje se ponía bonito. Dejaba la vereda peligrosa de la caletera de la ruta 5 norte con sus micreros y camioneros despiadados, y circulaba sobre una pequeña ciclovía protegida por pastelones de cemento de los automovilistas odiosos. Toda la calle estaba llena de árboles y construcciones altas que me protegían del sol. Me topaba con ciclistas bonitas que andaban todas princesas sobre sus camellos, palomas y pisteras chinas tan de moda entre los lolos adultos jóvenes. Bajaba la velocidad y me iba coqueteando con las gansas estas que pasaban radiantes y hermosas con sus cascos coloreados, sus anteojos de vidrios enormes y el pelo al viento. Yo les sonreía, baboso, sudado y rojo como pico de perro; ellas, como siempre, pasaban pedaleando, mirando algún horizonte que se inventaban para evitar chocar su vista con la mía dejando esa estela de perfume y desdén que yo jalaba extasiado. Hermoso. Es bonito el verano sobre una bicicleta pedaleando a la sombra y en una ciclovía.

Durante algunas noches mi pieza es insoportable. En el día el sol abrasa los ladrillos del segundo piso, y al anochecer yo apoyo mi mano sobre ellos y aun están tibios. ¡Y por dentro!. Me echo sobre la cama, abro la ventana y saco un pie afuera. Me pongo a pensar. Por lo general pienso siempre lo mismo: que estoy con alguna cabra haciendo cosas obscenas. Es muy probable que me encuentre sumido en alguna fantasía de ese tipo. La cabra por lo general puede ser cualquiera. O no puede ser ninguna. Me imagino todo menos su cabeza. O sea, cuando no es necesaria. JA. Pero siento que el calor me ataca por todas partes. Siento que toda la parte de mi cuerpo que está en contacto con la cama arde. Y toda la parte que sobra hierve. Me pongo de lado. Luego me doy vuelta al otro. Es terrible. Al final decido quedar siempre de espalda, mirando el techo blanco. Así es más fácil sacar la pata por la ventana también. A veces alguna brisa nocturna se apiada y entra por la ventana para refrescarme. Nunca puedo saber en qué momento me duermo. Anoche me costó demasiado poder quedarme dormido. A pesar del cansancio  y la flojera no podía hallar la posición correcta. Me esforzaba por mantener los ojos bien abiertos para cansarme. Resistí lo más que pude, pero al cerrar los ojos mi mente se llenaba de imágenes de ella. Y cuando la veía en mi mente haciendo cosas concupiscentes de inmediato me ponía a pensar en ella. Suena raro, pero tener una imagen que tu cuerpo te muestra con obstinación en la mente no significa que tú estés pensando en eso a propósito. Una vez que vi su imagen, entonces recordé que existía y me puse a pensar en ella. Cuando pensaba en qué cosa estaría haciendo en ese mismo instante yo era cruel conmigo mismo, y siempre especulaba que en el lugar que estuviera de este mundo lo estaría pasando mil veces mejor que yo. Y yo sufría por culpa de mi mismo que me decía ese tipo de crueldades. La weá mensa. Así estuve un buen rato.

 Al final me dormí igual.






27 enero 2012

sin gamulán

Ayer fui a Bandera a comprarme alguna lesera en la ropa americana. Venía bajando desde el sur, por la vereda poniente, así que al primer lugar que me metí fue el “Ahora o Nunca” (Now or Never) y me fui derecho al fondo, a mirar si había algo de ropa de invierno. En los colgadores del fondo había una que otra chaqueta desecha por algún milico gringo con sida, y una chaqueta de cuero anacrónica que ni el Michael Jackson hubiera usado en los mismos años ochenta. Llegué hasta el final de la hilera de ropa y me topo con un gamulán hermoso. Era color café con leche, con algunos detalles dibujados en sus costuras. Lo descolgué, lo examiné buscando las pifias comunes que hacen que la gente del primer mundo se deshaga de la ropa: manchas, quemaduras, rajaduras. En una primera hojeada no tenía nada de eso. Luego examiné rápidamente el forro interior: una oveja maravillosa. Tampoco tenía nada raro, salvo el olor a desinfectante que inunda toda la atmósfera de esos locales. No aguanté más y me lo puse. Me veía hermoso, como vaquero yanqui, pero metido en la pasta. Me quedaba perfecto. Lo abotoné y empecé a mirarme frente a un espejo asqueroso que estaba empotrado en la pared. Estiré los brazos hacia los lados, hacia adelante, me abracé a mi mismo para comprobar que la espalda no me quedaba estrecha, me miré por atrás, metí las manos a los bolsillos, caminé dos pasos a la derecha, después dos a la izquierda. Hice todas esas tonteras que hacemos los seres humanos cuando nos probamos ropa. Definitivamente era el gamulán perfecto. Pensé altiro que en los Estados Unidos de Norteamérica (de donde provienen, supuestamente, estas leseras) había un weón que tenía la misma forma que yo. Le miré la etiqueta que colgaba en la manga derecha esperando entristecerme al verle el precio, pero tal fue la sorpresa cuando descubrí que el valor era en lo absoluto accesible. No era qué bruto qué barato, pero tenía la opción de irme con un gamulán nuevo en pleno verano en Santiago de Chile, o de irme con una bolsa llena de poleras manga corta y quizá un polerón para las tardes frías en la playa. Pero me veía tan bonito con la weá de gamulán que seguí posando frente al espejo, mirándome a cada rato. El local estaba vacío, y yo estaba solo rodeado de colgadores y ropa usada. En eso pesco el capuchón del gamulán y me lo pongo en la cabeza. Era grande, así que lo tomé por los bordes y me cubrí la cabeza entera. Estuve así un rato, jalando ese olorcito entre desinfectante y ropero, cuando al sacármelo levanto la cabeza, miro asustado hacia todas partes y me doy cuenta que estoy solo parado en medio de un peladero. Era como una cancha de fútbol de pobla, pero interminable. En el suelo sólo crecían como unas champas todas ordinarias que estaban casi todas secas. El piso era polvoriento. Me cagué de miedo. Altiro me miré los pies para ver mis chapulinas como para corroborar que yo era un weón que andaba en el centro de Santiago comprando ropa americana, y que esto que me estaba pasando era sólo una visión fugaz y fantasmagórica producto de no sé qué chucha. No sé de dónde conjugué esa lógica así como de pronto. No sé de dónde saqué que si comprobaba que aun tenía las chapulinas puestas en los pies iba a significar que no estaba soñando. Que era lo que yo pensaba que era: un weón, que vive en Enero del 2012, que tiene 29, que andaba en Santiago centro, en Chile, comprando ropa americana y todo eso. Tenía las zapatillas puestas aun, y el gamulán, y toda la ropa en realidad. Pero ya no estaba en el “Now or Never”, posando frente al espejo. No sabía qué chucha había pasado. Me cagué de miedo. Pensé que me había drogado por accidente con los vapores rancios impregnados en la oveja del gamulán. Pensé que me habían pegado, y yo estaba en una especie de shock, o noqueado, delirando. Especulé un montón de cosas, desde lo que me hubiera parecido como más probable hasta las mezcolanzas más infernales e imposibles. Pero daba lo mismo. Ya no estaba donde había estado, pero aun seguía siendo el mismo, y tenía evidencias de ser eso mismo, porque según mi parecer las chapulinas eran la evidencia máxima de aquello, de ese mundo que había abandonado de un momento a otro y que ya estaba comenzado a dudar de su real existencia. Pero mientras tuviera mis chapulinas puestas, el gamulán y mi polera con el estampado absurdo tenía a qué aferrarme. Pero de un momento a otro metido en medio de ese peladero no tenía idea de nada. No sabía nada en lo absoluto. Me esforcé por anular todo el pánico. Me esforcé hasta que logré calmarme. En ese momento fue cuando recién me atreví a moverme. Me di una vuelta completa, con lentitud, para observar muy bien alrededor. Era un paraje desolado, sin accidentes geográficos salvo una pequeña colinita a mi izquierda. El cielo se juntaba con la tierra. Nunca en mi vida había estado en un lugar así. Estaba tan cagado de miedo que no me atrevía a mover un músculo. Cerré los ojos con fuerza, cosa que al abrirlos estuviera de vuelta en la ropa americana de Bandera, quedar loco, dejar el gamulán mágico que te hacía viajar, como el ropero que te llevaba a Narnia, y rajar de una a mi casa a contar el cuento. Pero no pasaba nada. Estaba inmóvil. Había tanto silencio. Ya no sonaban ni las micros, ni la música que estaba puesta en el local. No había nada. El cielo estaba muy azul, y de cuando en vez corría una brisa. De pronto sentí un zumbido muy a lo lejos que poco a poco comenzó a hacerse más claro, y pude sentirlo como el motor de un avión. Me atreví a moverme para buscarlo hasta que apareció a lo lejos. Comenzó a acercarse frente a mi, por sobre la pequeña colina que había divisado a mi izquierda. De pronto estaba muy cerca, y por la cima de la pequeña loma aparece un grupo de personas corriendo hacia mí. Volví a quedarme inmóvil. Sentí que nada de lo que me estaba pasando era real. Las chapulinas seguían en mis pies. Yo era ese que tenía que estar comprando ropa usada en un local. Esto no podía ser. Por eso me quedé quieto, y no quise caer presa del miedo que comenzaba en ese punto a convertirse en un pánico horrible. Habrán sido unas treinta personas corriendo hacia donde estaba yo. Faltaba poco para que pasaran a mi lado. Pude empezar a distinguir algunos rostros de mujeres, de hombres jóvenes. El avión resultó ser una de esas avionetas a hélice. En ese momento venía hacia mí, como si quisiera aterrizar. La gente empezó a pasar corriendo a mi lado y nadie siquiera me miró. Sólo corrían, desesperados. De pronto el avión pasa sobre mi cabeza. Yo estaba aterrado, pero seguía inmóvil. Me rehusaba a creer en todo lo que estaba pasando. Estaba firme en esa convicción. El gamulán y mis zapatillas eran mi nexo con esa realidad que había abandonado hacía pocos minutos (o quizá muchas horas) atrás. Yo venía de ahí. Yo no creía en la magia, en lo inexplicable. Yo no creía en nada ilógico como esto que me estaba sucediendo. Pero el avión había pasado sobre mi cabeza y comenzaba a darse media vuelta para volver. La gente se iba alejando, levantando tierra. Era toda la escena tan real. Pero seguía firme en mi convicción. No iba a ceder ningún centímetro de mi espacio. La avioneta otra vez se acercaba, y el montón de gente comenzó a correr otra vez hacia mí. Sentí mucho miedo. No podía comprender cómo era posible que el miedo pudiera seguir incrementándose. La gente comenzó a dispersarse, a correr en todas direcciones. La avioneta alcanzó a pasar sobre algunos de ellos. En eso algo lanzaron desde arriba. Unos bultos oscuros que no podía distinguir. Eran como bolsas de basura, que caían con violencia en el suelo, levantando el polvo. Pero todo se volvió horrible cuando me di cuenta que al caer, los bultos comenzaban a moverse. ¡Eran perros!. Eran perros enormes, oscuros, que una vez que se ponían de pie comenzaban a perseguir a todos. Habrán lanzado alrededor de diez perros por distintas partes. Pude observar cómo uno de ellos alcanzó a uno de los hombres y lo hacía caer al suelo. La tierra que se levantaba me impedía distinguir qué pasaba. El hombre intentaba ponerse de pie, pero el perro lo atacaba con furia. De pronto un chillido de perro que venía desde otro lugar me hizo cambiar la atención. Uno de los hombres peleaba a combos con un perro que se había puesto de pie. Pude distinguir al perro apoyado sobre sus patas traseras, defendiéndose, mientras un hombre enorme le lanzaba golpes brutales con sus puños. El perro imitaba la guardia de un boxeador, y sólo caminaba hacia atrás. Yo sentía que me iba a morir. Que no podría vivir más. Quizá me había muerto. Quizás era eso, algo había sucedido en el local y me había muerto, y esto era un tránsito hacia alguna parte. Aquí podían pasar estas cosas, y yo aquí casi no existía, porque nadie notaba mi presencia. De pronto siento una mano sobre mi hombro y veo a un negrito con una cara de buena onda que me hizo sentir una paz que me pareció en extremo dulce después de haber experimentado tanto terror y desconcierto. Me sonrió. Yo lo sonreí. Continuamos mirando la escena. El avión había desaparecido. Algunos perros arrancaban, y otros continuaban atacando a algunas personas. Una de esas personas comenzó a caminar con tranquilidad hacia nosotros. El negro la esperaba. Una vez que estuvo a nuestro lado se puso frente a él y le dijo: “estoy listo”. El negro, entonces, sacó un pequeño cuchillo de su bolsillo. Estaba vestido como cualquier persona que vieras pasar por la calle. El otro hombre, de unos cuarenta años, quizá, vestía del mismo modo. El negro, entonces, tomó su pequeño cuchillo, apoyó la punta sobre la frente del hombre, quien estaba muy tranquilo, y comenzó a cortarlo hacia abajo, como siguiendo una línea imaginaria que lo dividiera en dos. El negro cortaba con tanto cuidado y prolijidad, y la paz que proyectaba se hacía extensiva hacia mi. Pude observar con mucha claridad cómo la hoja del cuchillo habría la piel del hombre, la frente, luego sobre la nariz, luego dividió sus labios, los cuales una vez cortados se abrieron hacia los lados, dejando ver su dentadura, bañada en sangre. Continuó por la pera, el cuello, el pecho, hasta que llegó hasta la altura del ombligo. El hombre cerró sus ojos y cayó de espalda al suelo. El negrito ahora me sonrió, y me dijo que me tocaba. Yo me miré los pies. Ya no tenía mis zapatillas puestas, ni el gamulán ni nada. No recuerdo cómo estaba, pero me erguí para ayudar al negro en su tarea. Sentí la punta del cuchillo sobre mi frente. Cerré los ojos y sentí cómo esta bajaba por mi cara, pero como si lo que en verdad pasara sobre mi rostro no fuera la hoja afilada de un pequeño cuchillo, sino que la punta de la yema del dedo de alguien. Y así desperté. Sueño de mierda. Voy a dejar de jalar globos con gas licuado. Las weás que uno anda haciendo.

06 enero 2012

♥ Hermosa ♥

Ella es la mujer de mis sueños. 

04 enero 2012

Calorsito bolchevique

La sensación veraniega es muy bonita. Recuerdo muchos veranos anteriores, pero como mi memoria es tan charcha no puedo recordar cosas puntuales. Lo que sí puedo recordar bien es la sensación. O sea, puedo recordar muchos días diferentes en los que me encontraba caminando por algún lugar de el Tabo. No soy capaz de recordar detalles, pero sí cosas como el calor y el cielo y el mar azulísimos. Pero lo que recuerdo mejor es la sensación. Recién estaba echado pensando sobre cómo me sentía ahora, un día 4 de enero cerca del mediodía, y creo que muchos 4 de enero atrás debí haberme sentido igual. De pronto, en medio de todos esos recuerdos, apareció el recuerdo de un invierno. No recordé nada puntual, pero muy bien pude recordar cómo me sentía en aquél momento. La sensación de estar cagado de frío, calentándose con algo, comiendo cosas calientes. La sensación de ahora es de andar vestido con poca ropa, tomando agua y comiendo tomate, porotos verdes o choclo. Bonito. Lo que siento que no es muy bonito es cuando me veo viviendo en medio de una estación cualquiera pensando en la otra. O sea, cuando estoy en invierno pensando en el verano, o en el verano pensando en el invierno. Lo encuentro re feo, porque la tendencia de mi ser es a pensarlo como algo casi irreal, completamente distinto y lleno de cosas especiales. Eso no es cierto en lo absoluto. Y lo peor es suponer, también, que yo voy cambiando según la estación en la que me encuentro. Eso también es falso. Al final no pasa nada. La vida sigue igual. Pero no sé de dónde saldrá ese tipo de pensamientos que me hacen razonar con una lógica absurda que se basa sólo en ideas sin ningún fundamento sólido. Estoy en pleno invierno echando de menos el verano, porque lo que sí siento es que prefiero mucho más el calor que el frío, y juro de guata que llegando el verano seré un weón más feliz, luminoso y positivo. Que cuando llegue al Tabo me sentiré dichoso, aprovecharé cada minuto de mi existencia como nunca, y haré muchas cosas. Tendré más personalidad, andaré chispeante, por lo que me volveré más atractivo y querible, y terminaré engrupiéndome a alguna lolita bonita. Hermoso. Pero no. Son suposiciones de mierda. Pero es inevitable. Ahora mismo es verano. Salgo a la calle y soy la misma cosa. Y cuando vaya al Tabo seré la misma cosa. Andaré pensando todas mis weás, sintiéndome miserable, siendo negativo y pesimista como suelo serlo los trescientos sesenta y cinco días del año. JeJE. Pal pico. Y a la inversa. Estoy ahora en verano, y tiendo a suponer que cuando llegue el invierno andaré todo deprimido, callado, sufriendo mi intolerancia al frío, saldré menos de la casa y andaré más irritable porque tengo que andar todo el día con mucha ropa. Tocaré menos la guitarra porque tocar con las manos heladas duele, y levantarse temprano será un martirio, como también las noches en que intento entibiarme los pies frotando uno contra el otro. Usaré toda mi ropa fea, me volveré más rancio, por lo que ninguna lola va a pescarme. JEje. Pero, va a llegar el invierno y voy a seguir siendo esto mismo. Como narraba más arriba, las sensaciones serán lo único que sé que cambiará. Y entre las sensaciones veraniegas y las sensaciones invernales siento mucho más simpatía por las primeras. Desde que soy chico que me gusta el verano. Incluso, hasta me gusta el verano en esta ciudad de mierda. Es raro. Es raro sentir cierto gusto por un verano en Santiago, que es tan caluroso, polvoriento y seco. Las noches son sofocantes, las tardes infernales con el sol rebotando por todas partes son del terror. Resumiendo: es pal pico. Quizá este juicio pueda ser transversal y podamos compartirlo muchas personas que viven en esta ciudad, pero por otra parte está esa cosa de la que venía hablando que hace que el verano me guste incluso metido aquí. Me gusta el calor. 

Siempre salgo con el tollo que el calor es más demócrata, porque todo el mundo puede hacer algo al respecto: un vaso con agua y sombra hay en todas partes, y no es tan complejo el poder conseguirlos. Entonces el pobre y el rico pueden refugiarse del sol, saciar la sed y capear el calor intenso que nos abrasa. Eso me gusta. Todos pueden quejarse del calor, pero todos podemos hacer algo para sentirnos mejor al respecto. Independiente de nuestra capacidad adquisitiva. Comenzando por lo más básico como la vivienda, pues durante el verano el clima le permitiría a una persona poder vivir sin tener una casa. Por otro lado la alimentación se hace mucho más liviana debido a que el cuerpo no necesita de un aporte alto en calorías, y esto coincide con una gran cantidad de cosechas que se dan durante esta temporada que nos da una gama amplia de productos vegetales de muy bajo costo y con un aporte nutritivo considerable que están al alcance de una gran mayoría. Nos volvemos inconscientemente más vegetarianos, por lo tanto más saludables, más estilizados y bonitos. Luego se debe considerar que no se prescinde de artículos para solucionar la situación de calor. Artefactos como ventiladores, aires acondicionados, refrigeradores o piscinas sólo se considerarían, para este caso, como recursos para satisfacer demandas de carácter personal. Entonces tampoco existe un gasto asociado a las energías que se requieren para hacer funcionar estos artefactos. Se generaría una situación de menor gasto energético, por lo tanto se daría una situación de sustentabilidad mayor que en otras temporadas del año. Por último la salud humana es más estable a diferencia de los brotes que se dan en temporadas frías, por lo que las demandas de salud disminuyen considerablemente. El frío, en cambio, es una weá nefasta. Cuando el clima se vuelve frío y húmedo es necesario contar con los recursos necesarios para cobijarse. Por un lado la vivienda, como un bien básico, luego una alimentación apropiada considerando esto como una cantidad diaria de calorías y vitaminas importantes, lo que se manifiesta en un mayor consumo de carnes y grasa animal, lo que nos pondría obesos y feos. Luego una lista muy extensa de artículos para capear las bajas temperaturas, tomando en cuenta que estos artículos prescinden de recursos energéticos como electricidad, combustibles y recursos naturales renovables para cumplir sus funciones lo que resulta, además, en un gasto importante de recursos que genera una situación no sustentable. Por otro lado se debe considerar que las condiciones climáticas propician brotes de enfermedades como la gripe, que es común, hasta cosas más complejas como problemas respiratorios. En todas estas situaciones: vivienda, alimentación, artículos y salud, es que se debe poseer un poder adquisitivo que sea capaz de cubrir con la demanda necesaria, considerando necesario sólo el hecho de “solucionar” una situación y no “satisfacer” una situación, que vendrían siendo, para este caso, cosas muy diferentes. Porque el cuico puede satisfacerse instalando un costoso sistema de calefacción centralizada que le permita tener toda la casa en plena primavera, mientras que el pobre soluciona su asunto tomando sólo lo que su capacidad adquisitiva le permita. Si una persona es lo suficiente pobre solo para tener frazadas, entonces se la pasará el invierno solucionando el problema del frío estando tapado en cama todo el día. En un caso de indigencia la persona vive sólo con lo que es capaz de conseguir. Si no consigue un refugio que pueda cobijarlo lo suficiente, entonces muere congelado en el escaño de una plaza como tantas veces lo hemos visto en las noticias durante inviernos anteriores. Entonces el frío es cruel y clasista. 
No me gusta por cosas como esta. 

Esas son como mis razones bolcheviques al respecto.

 Mis “razones místicas” (suena como contradictorio eso… en fin) con respecto a la temporada calurosa es una weá de la que no tengo la menor idea. Es un asunto que está en el genoma quizá, pues se trata sólo de sentir cierto gusto placentero cuando me hallo inmerso en medio de esta temporada. Sería exagerado decir que casi le prendo una vela al calor, porque no es cierto. No existe un parámetro para poder determinar hasta qué grado una temperatura sería insoportable para el ser humano. Vemos cómo en África y medio oriente pudieron establecerse poblaciones, instalándose y formando sociedades, como también, en el extremo opuesto, grupos humanos pudieron instalarse en zonas congeladas, sobrevivir y formar sociedad. La weá weón. 

Hace calor igual…

31 diciembre 2011

¿Y a quién chucha le importa?

Prólogo 
El ser humano culiado ha inventado muchas weás inservibles con la seguridad que podían ser servibles. El tiempo fue una weá de esas junto con todo lo que tenga que ver con los parámetros usados que sirvan para medir el mismo. Tenemos entonces el calendario rancio que venimos usando desde hace bastante rato y que nos divide la existencia en bloques de tiempo. El año, como lo sabemos, es una unidad extensa de tiempo, y la tradición es que cada vez que se cumple un ciclo anual hagamos un carrete, comamos, chupemos, hagamos imbecilidades (como hacer recuentos, anecdotarios o usar calzones amarillos) y quedemos pal pico. Hoy otro año se va y haremos estas mismas wevadas otra vez. Otro bloque anual se completa en un par de horas más y el mundo seguirá dándose vueltas alrededor de su eje coloso. Qué bonito. Feliz año. 

Epílogo 
 Este año tuvo momentos psicodélicos que quiero rememorar con la nostalgia mentirosa que caracteriza todos mis relatos, pero que me que hace creer que la existencia en verdad es algo maravilloso lleno de cosas por descubrir.  

No recuerdo el mes porque mi memoria es re charcha, pero sin duda un momento que se me galvanizó en la memoria sucedió en el matrimonio del Francisco este invierno (u otoño, quizá). Habrán sido las tres o cuatro a.m. (Amerindio Mediocre), cuando estaba bailando con la Rocío a todo ritmo. Salieron los novios a repartir el cotillón, costumbre que se ha hecho habitual en ceremonias de este tipo, y todos se disfrazaron con algo, se pusieron pulseras y collares que brillaban en la oscuridad, o ponían cubos de hielo plásticos con luce que cambiaban de color y que le daban a tu vaso de copete un aspecto connotado. Maravilloso, sin dudad, porque nunca había visto en mi vida una cosa como esa, y jamás se me hubiera ocurrido en esta existencia (o en otras) inventar tal tipo de artefacto. En fin. El asunto es que el Francisco estaba en éxtasis, con un sombrero de pirata, cuando de pronto toma a Martín, su sobrino, lo sube sobre sus hombros y comienza a bailar. Todos los amigos y familiares que bailaban en ese momento lo rodeamos, y comenzamos a realizar una especie de ritual sin que nadie se pusiera de acuerdo: de pronto todos rodeamos al Francisco y empezamos a estirar las manos hacia el Martín así como si fuera el famoso becerro de oro que provocó la ira de Dios aquella vez que Moisés descendió del Sinaí y se encontró con su pueblo pecando a todo ritmo en pleno ritual hereje. Comenzó el tema "I Gotta Feeling" de los Black Eyes Peas, el Francisco comenzó a darse vueltas sobre su propio eje y de repente me doy cuenta que todo el mundo estaba alzando sus manos como adorando al niño-becerro de oro impulsados por algún instinto pecador innato que posee la raza humana y que nos hacía comportarnos de aquél modo. No sé. Estaba bueno el copete... había bar abierto. Las luces de colores, el alcohol en el cuerpo, la felicidad y no sé qué otras cosas provocaron que se desarrollara la escena que más se marcó dentro de mi ser durante casi todo el resto del año dos mil once. Muchas veces me encontré sentado en la micro, o mientras caminaba, recordando ese momento, y lo bien y feliz que me sentí. Intenté muchas veces poder explicarme por qué algo así se me pudo haber instalado con tanta firmeza en mis recuerdos, pero nunca llegué a ningún tipo de conclusión, así que a falta de respuestas sólidas me veo obligado a ponerme místico y sentir que ese "feeling" que tenía (como decía la canción que sonaba en ese momento) fue una intuición muy positiva sobre lo que ocurría en aquél momento (el matrimonio del primo). Espero que así sea, y que ese sentimiento tan positivo y aquella escena tan hermosa sólo hayan sido la cuasi certeza que el matrimonio del Francisco es y será algo sólido y feliz. 

El otro momento psicodélico sucedió en marzo cuando fui a visitar a Miguel. En esos veinte días pasaron cosas maravillosas que me las guardé porque no las puedo describir. Pero el clímax vino a ocurrir al final de aquella visita. Me despedí de los chiquillos, entré, me subí al avionsito que me llevaría de Lyon hasta Madrid y tomé asiento. Viajaba poca gente, así que quedé solo. Estábamos con un retraso, pero me daba lo mismo. Se hizo de noche, y yo me pegué como lapa a la ventanilla para mirar hacia afuera. La máquina tomó la pista, aceleró y comenzó a elevarse. Yo estaba excitado. De pronto comenzamos a virar, el avión se inclinó y pude ver Lyon todo iluminado, y pude distinguir el Ródano y el Saona como si la ciudad fuera una maqueta. De pronto me vi sobrepasado de sensaciones, y me puse llorar. Lloré emocionado, viendo cómo la maqueta iluminada comenzaba a desaparecer cuando las ventanillas se pusieron grises cuando entramos en una nube. Lloré y lloré, con las manos sobre la cara y encorvado, como un cabro chico. Me sentía tan afortunado, que sólo lloraba de lo agradecido que me sentía. Lloré hasta que llegué a ese momento en que aunque hubiera querido seguir llorando ya no podía. Sentía como si hubiera vomitado algo que me incomodaba, y que ya estaba sanado de eso que me hacía llorar. Levanté la cabeza, me pasé la manga del polerón por la cara y miré otra vez por la ventanilla. Estaba oscura, y de cuando en vez una luz roja que parpadeaba con intermitencia sobre el ala alumbraba el vacío. En el horizonte una línea color ámbar se extinguía poco a poco. Fue hermoso. Y eso. 
No recuerdo más cosas del dos mil once. 
Feliz año nuevo.

06 diciembre 2011

Nicolás's Birthday

Como llevo algunos años escribiendo en este blog de mierda esta historia la he contadio ya varias veces. Nací un día como este, en un hospital público en Indepe y guere guere. Fue hace veintinueve años. "El tiampo vi volar", cantaba el cuervo en Dumbo. Yo también hoy lo veo volar. Hoy me doy cuenta otra vez de esa weá. El tiempo culiado es una weá que apareció junto con el espacio, con la materia cuando se creó el universo. Eso fue hace mucho tiempo. Antes de eso no había ninguna weá, ni materia ni tiempo. Nadie puede imaginarse una cosa como esa. Yo lo he intentado muchas veces, pero es un asunto culiado imposible. La materia de la que se forman mis ojos salió de eso, como todo el resto de mi ser. Apareció el carbono, la vida, 23 cromosomas que puso el Ale, más 23 que aportó la Flavia y aparecí yo. Un día cualquiera, como este, mientras simplemente era y estaba me dio por ponerme a pensar weás. Desde ese día, que sepa Dios cuál habrá sido, no pude detenerme hasta este mismo instante. ¿Por qué estoy aquí?, ¿Para qué se nace si al rato me voy a morir?¿Por qué aquí y no en otra parte? ¿Por qué yo y no otra cosa? etc. Pregunta tras pregunta que nunca nadie va a responder y que de seguro, como sabiamente me dijo mi compare Cristian cierta vez: "si llegara un marciano y te revelara la verdad, mañana sería otro día culiado ordinario más no más". De seguro nada cambiaría. Y hasta el día de hoy me quedé creyendo en eso, pero aun así no puedo parar la cabeza y desperdiciar tiempo de una existencia sana y aun joven echando a hervir caldos metafísicos en la olla de mi mente. En fin.
Otro año desde que aparecí en el mundo se cumple y me atrevería a decir que me siento igual que siempre. A eso le sumo lo mala que es mi memoria, así que el pasado es una weá que en mi existencia día a día se va quedando más atrás. Vivir a veces ha sido una weá que me intriga mucho y que me ha costado dejar pasar así como veís pasar una micro tras otra. Entonces me quedo metido, pensando. Otras veces me hago el italiano y dejo que las weás pasen y pasen no más, me levanto, compro weás, sueño con otras e intento hacerme el normal, pero todo el rato siento que estoy puro fingiendo. Si me canso de esa weá vuelvo a mi lesera y así, vivo oscilando entre esas cosas. Voy a cumplir 29 años en la misma. Puro weando, como siempre. Lo que no puedo negar es que igual terminé tirando sensibilidad a la basura porque en este mundo cruel el sentir tanta lástima me iba a terminar matando. Así que mucho de eso lo he ido tirando en el water cuando hacía caca en algunos años de estos pasados. Ya no soy el mismo. Me podré sentir igual, pero definitivamente no soy el mismo.
Feliz cumpleaños.