¿Y yo qué hago aquí?

La weá weón.

26 octubre 2017

Las Olimpiadas de la Risa


Han sido meses muy pacíficos y eso es muy bueno.
Es un ir y venir que a ratos me parece como parte de una rutina que quizá será infinita, pero por otra parte sé con certeza que esto no será así.  Es raro. Quizá no tanto. Es como la certeza absoluta de la muerte que todos conocemos y albergamos en nuestro interior como una de las pocas verdades absolutas de esta vida. No puedo recordar otras en este momento.
Soy profesor de música en un colegio particular subvencionado de la comuna de El Bosque. De la comuna no tengo absolutamente nada que decir. Nunca he tenido relación alguna con este lugar y menos con sus alrededores. Así que caí de pronto aquí por simple y puro azar. Con este son cuatro años trabajando, yendo y viniendo,  siguiendo una ruta bien definida. Viví cerca un par de meses gracias a una oportunidad que se presentó. Lo lamentable fue que la situación fue bastante breve y terminó muy pronto. Volví al ir y venir desde lugares más lejanos. Es un viaje en metro y micro. Uno se acostumbra.
En cuanto al trabajo, estos cuatro años han sido mi primera experiencia ejerciendo. He tenido todo tipo de experiencias en mi relación con niños y niñas de variadas edades. La educación aun continúa configurada en el mismo antiguo formato. La institución continúa ejerciendo del mismo modo en que lo ha venido haciendo desde hace ya varios cientos (y miles, me atrevería a decir), de años. Desde la antigua Grecia, me imagino, donde los jóvenes aprendían de personas de mayor conocimiento y experiencia (mayores en edad, por supuesto). Me cuesta imaginar otro formato de todos modos.
Mi formación fue breve y siento que bastante incompleta en cuanto a preparación pedagógica. De hecho, hasta este mismo momento, siento que es una gran debilidad que tengo. Esto no ha impedido que haya podido desarrollarme durante este poco tiempo en el ejercicio de la profesión, pero ha sido el motivo principal de que mi modo de presentarme frente a los alumnos no sea ni más ni menos que el mismo con el que los profesores que a mi me enseñaron me presentaron. Es un hecho innegable. Soy una especie de Frankestein construido  con partes de diversos profesores que yo admiré durante mi formación escolar y universitaria. Todos estos profesores, estoy segurísimo, tan segurísimo como que he de morir un día incierto, también fueron frankesteins pedagógicos, y construyeron a un profesor o profesora confeccionados de diversos profesores que les antecedieron y que admiraron.
La universidad nos presenta diversas teorías y métodos. Las prácticas nos revelan la realidad educativa de nuestros países, ciudades y localidades. Nuestros colegas nos muestran cómo es que se lidia contra un algo indefinido: un curso, un colegio, un cierto tipo de persona. Pero no hablo de nada específico. Una realidad local, un cierto tipo de ser humano… no dejan de ser categorías abstractas.
Los contenidos: el qué enseñar (a leer, a contar, a dibujar o cantar) nunca se nos cuestiona. Se da por hecho que uno posee un dominio cierto del contenido que le corresponde enseñar. El cómo se enseña: si lo escribimos, lo dibujamos, lo repetimos muchas veces o lo vivenciamos de algún modo distinto. Eso puede cuestionarse, observarse. Todo depende del lugar donde se ejerza pues las institucionalidades educativas son variadas y cada una posee algo que se llama P.E.I. (Proyecto Educativo Institucional) que es una suerte de declaración particular de principios relacionados a los objetivos esperados en la formación de quienes se educan. Me imagino que la idea es que si todos van al colegio, entonces todos aprendan lo que haya que aprender y punto. Pero este mundo que construimos día a día dista mucho de ser sencillo. Siempre hay más. Así que cada colegio espera, además de enseñar, inyectar algún sello particular relacionado a la formación en valores (que muy bien podemos mostrarlos y explicarlos, pero aceptarlos y aplicarlos en nuestras vidas es un proceso que tiene relación con la comprensión que nos da el desarrollo histórico personal humano), la formación política (sí…  ser conservadores o liberales) y no recuerdo más.
Lo cierto, al final, es que el ser humano aprende durante toda la vida y a cada momento de su existencia. La escuela es circunstancial. Algunos no asisten. Es un hecho. Y es un hecho que a pesar de eso aprenden de todas maneras. ¿Por qué? Porque debemos aprender cosas. Es simple. Debemos culturizarnos para sobrevivir. Es un motivo absolutamente concreto. Y culturizarse no es precisamente darse un baño de alta cultura, sino que adquirir, primero, la cultura propia (considerando el concepto de cultura como a todo el quehacer humano). ¿Cómo?, a través del lenguaje. Aprendemos a hablar y empezamos a culturizarnos. Así es como entra todo dentro nuestro, desde encontrar sabrosos nuestros sazones locales, hasta nuestras nociones estéticas que nos permiten diferenciar lo feo de lo lindo. Es así en todo el planeta. Y un planeta grande es diverso sin duda alguna. Pero todos deben aprender para existir y desarrollarse. Uno nace, aprende, crece, aprende, se reproduce, aprende y enseña, envejece, aprende, y muere (ya no puede seguir aprendiendo).
La escuela es la institución que se encarga de enseñar de modo oficial y además certifica que cada persona, dependiendo de su rango etario, domina una serie de contenidos específicos mínimos. Un niño de primero básico (de entre 6 y 7 años) debe leer… qué se yo.
Así funciona más o menos la weaita. O así la he entendido.
Hoy trabajo en la institución educativa como educador. Mi área es artística (la cultura humana, como es muy amplia, para poder comprenderla mejor la dividimos en categorías que clasifican el conocimiento según su área de desarrollo). El área artística comprende todo el tipo de quehacer humano relacionado con la expresión emocional a través de la creación, manifestándose a través de medios como la generación de sonidos, la combinación de elementos visuales, corporales o a través de manufacturas de variada índole. Es algo muy antiguo que viene incorporado con el ser humano desde que apareció en el planeta y es una característica muy particular y que ninguna otra especie posee.
Como decía, necesitamos aprender para poder sobrevivir. El hombre aprendió a cazar, y pudo alimentarse. Pero también se expresó a través de algún medio y de forma creativa a pesar que esta actividad no le aseguraba de modo alguno su sobrevivencia. Un ejemplo claro lo podemos ver en las cuevas de Altamira. Una serie de dibujos hechos sobre las paredes de una cueva con una data de varios miles de años. Quizá es el vestigio más antiguo que tenemos de una clase realizada por algún humano prehistórico a jóvenes (suponemos que eran más jóvenes e inexpertos, donde tal vez alguien intentó explicarle a otro alguien) cómo se realizaba la cacería del bisonte. Así, una serie de dibujos nos muestran escenas de la vida cotidiana de estas personas y hoy podemos especular, como lo hago yo ahora, sobre el motivo de este hecho, como también pudo haber sido sólo la manifestación de una persona que tuvo la necesidad de hacerlo sin ningún motivo específico aparente. Creo que ahí pudo haber nacido una primera expresión artística. Me gusta esa idea. Como también me gusta la idea del ser humano ocioso, única especie de este planeta que hace cosas sólo porque sí.
La ociosidad viene incluida en nuestro genoma. Hoy, como profesor, y cuando observo a los educandos (encuentro anacrónica esta palabra) me doy cuenta que sí, todos tienen esa tendencia natural. Si no existe el apremio por cumplir con deberes y exigencias, entonces los niños tienden al quehacer sin finalidad. Ahí es cuando, según yo, aparece el arte.
Con el desarrollo histórico de la humanidad estas expresiones lograron tomar un cauce, integrase en la cultura y por lo tanto enseñarse, proyectarse y desarrollarse a través del tiempo. Hoy existe la danza, existe el dibujo y la pintura, el cine, la música, el teatro, la literatura. Fueron primero un dibujo prehistórico, una narración alrededor de la fogata, un cascabeleo incesante, un movimiento sin finalidad.
Yo me interesé particularmente en la música. Mi recuerdo más antiguo y específico (mi memoria personal es mala) es de cuando iba en sexto año básico y tenía once años. Cuando cantábamos yo me emocionaba y me entregaba totalmente. Se me notaba. Una compañera se burlaba de mi. Después fue la guitarra el primer instrumento musical que deseé poder dominar. No fue nada premeditado. Un día, simplemente, sucedió así. No tuve demasiadas oportunidades, pero las pocas que tuve para acercarme las aproveché, aunque en lo personal no fui demasiado disciplinado y me arrepiento de no haber sido más obstinado. Pero finalmente logré mis objetivos y pude desarrollarme en esto. Después vino la creación. La primera vez que intenté crear mi propia canción data de un tiempo cercano al mencionado: tenía doce. Ya tocaba mis primeros acordes y de modo intuitivo elegí los que sentía que mejor sonaban en una secuencia de tres o cuatro y luego intenté crear sobre esa base armónica una melodía con su respectiva letra. Mi conocimiento musical era nulo, y no manejaba ningún lenguaje ni conocimiento musical específico. Fue una necesidad. Las ganas de crear algo parecido a lo que yo ya conocía.
Entré a estudiar para certificar que poseo  una serie de contenidos musicales mínimos, como también que estoy capacitado para poder transmitir ese conocimiento.
Nada más falso. Como explicaba, aun siento que mi formación pedagógica es bastante pobre, y que mi desarrollo profesional se ha basado en una reproducción de varios modelos que fueron aplicados por otros profesores conmigo. Eso es todo.
Aun así ejerzo, y tengo mis ideas tanto con respecto a la educación general, como con la institucionalidad escolar.
La tensión principal tiene que ver con mi postura frente a la institucionalidad. No la reconozco como institución educativa. No creo en la escuela como una institución que eduque. Sólo creo que intenta enseñar.
La necesidad de aprender y el ocio, como decía, son inherentes al ser humano. El ser humano es ávido de conocimientos. Desea saber cosas. Si lo desea, entonces lo aprende. Si lo necesita, entonces lo aprende. Pero la escuela atenta contra esa necesidad educativa inherente institucionalizándola, precisamente. ¿Cómo se institucionaliza? Al determinar qué es lo que debe saberse. Y es que no nos pueden determinar el qué es lo que debemos saber. Ni siquiera nosotros mismos lo podemos determinar porque se trata de un proceso que primero debe surgir de una necesidad, y segundo, debe instalarse como natural deseo. La escuela, efectivamente, no genera ni lo uno ni lo otro.
Cuesta pertenecer o ser pieza de una maquinaria a la cual se le cuestiona profundamente.
Cuando veo que un niño o niña no quiere asistir al colegio, entonces estoy comprobando el fracaso de la institución. Es radical, lo sé. Esto no lo dije yo. Esto se lo oí decir a un jipi de la universidad católica hace varios años atrás en un simposio sobre educación en la universidad donde asistí. El tipo, junto a otros estudiantes de pedagogía, estudiaban el modo de reformar la institucionalidad escolar desde la raíz. Eran unos radicales según mi postura. Pero no pude evitar quedarme con esa frase en la mente para siempre e irme con esa observación instalada dentro de mi. Terminé mi carrera con esa frase puesta como un grafiti en las paredes de mi pensamiento, hice mis prácticas con eso, y luego entré a trabajar con la idea instalada y fresca, como si me la hubieran dicho hace un momento. Han pasado cuatro años, y hoy, mientras recorría un estadio a pata pelá observando a los niños de la escuela donde trabajo seguía con esa frase puesta en un cartel luminoso en el frontis de mi mente.
Llevaba mis zapatillas en la mano, y caminaba a paso relajado sintiendo el pasto fresco en la planta de mis pies, observando a niños jugando en todas las direcciones posibles, y todo tipo de juegos posibles. Parecía un sueño, pero era un complejo deportivo ubicado en la comuna de Maipú, y caminaba entre los niños que ese día habían asistido junto a todo el resto del colegio a una olimpiada que la escuela organiza año tras año donde todos deben inscribirse y participar en distintas competencias. Dura todo un día, y ahí debemos asistir tanto docentes como paradocentes debido a la envergadura del evento. Ya faltaba poco para regresar, por lo tanto ya estaban todos ocupados en sus propias cosas. Yo empecé a caminar por el lugar. Al fondo habían muchos árboles que daban sombra y donde una mayoría de los niños y niñas habían ido a buscar un lugar agradable para estar. Me acerqué y empecé a observarlos. Todos habían ido preparados de un modo u otro para ese momento de descanso, llevando mantas, cosas para comer, incluso parlantes a batería para escuchar música. Eran niños y niñas de diez años, hasta adolescentes de diecisiete. Yo caminaba lento, mirando, intentando no ser invasivo. Algunos me saludaban al pasar, pero para la mayoría pasé completamente desapercibido pues estaban inmersos en su quehacer o su no-quehacer. Estaban agrupados por cursos. Acostados a la sombra de los árboles. Algunos jugaban cartas, otros comían, otros conversaban, gritaban, se reían. Vi muchos tipos de actividades. Incluso algunos sentados solos, observando, como yo. De pronto me sentí muy feliz al verlos tan felices, y hubiera deseado que eso se prolongara por mucho más, pero el final de la actividad se acercaba, lo que sería caótico y poco placentero, ya que debían reunirse en un punto a pleno sol a esperar el bus que los llevara de vuelta y era un día particularmente caluroso y soleado.
Sólo di un par de vueltas y regresé a mi lugar, lejos de todos ellos. Seguía contento. Feliz. De hecho, estaba sonriendo.
Algo que me llamó la atención fue que en un momento no fui capaz de distinguir sus edades ya que no vestían uniformados como es común. Salvo algunos casos muy evidentes, todos me parecieron un grupo etario bastante homogéneo. Y sobre todo me llamó la atención  profundamente el modo en que se comportaban todos aquellos que estaban reunidos en grupos, acostados, conversando, escuchando música. Me parecieron, incluso, más maduros. Parecían personas adultas, casi. Pero el asunto es que de pronto como que no los pude reconocer. No eran los mismos que veo a diario en el colegio.  Y es que en verdad me gustó ver cómo ellos por si solos dispusieron una forma especial de estar y disfrutar del espacio.
Yo seguía pensando, a pesar de ese momento maravilloso, que el colegio es un fracaso. De hecho, lo que yo estaba observando no era el colegio. Era otra cosa.
Aun así, y a pesar de mi tensión interna, fui inmensamente feliz el día de hoy. Y esta escena de mi vida que acabo de describir muy básicamente es una de esas que atesoraré por siempre, y que será motivo para seguir pensando cosas en el futuro.
Cuando iba de vuelta iba pensando en una clase imaginaria del día lunes de la semana entrante diciéndole a alguno de esos cursos a los cuales me toca hacerles clase que fui inmensamente dichoso al verlos, y que me sentí feliz de reconocer en ellos seres humanos que ya saben cosas esenciales sin haberlas aprendido de nadie. ¿Qué cosas? El saber gozar, por ejemplo, que como decía mi súper héroe Gonzalo Aloras es la única responsabilidad que como jóvenes ellos tienen. Pero mejor no. No debo. Sería una irresponsabilidad de mi parte. Luego pensé en todos los momentos tensos que he tenido como profesor con los estudiantes, con los pequeños y los adolescentes, durante estos pocos años de docencia que tengo a mi haber. No ha sido culpa de ellos y tampoco ha sido culpa mía. Y creo que tampoco se debe culpar a un sistema o una institucionalidad. Es como odiar a Moby Dick.
Me subí al metro, me senté, saqué mi librito de Bakunin que me ha acompañado estos últimos viajes y leí lo siguiente:

“La juventud es irrespetuosa; instintivamente desprecia la tradición y el principio de autoridad: en eso estriban su fuerza y su salvación” (Oeuvres, V,115 a 117, 69)

Pesqué un lápiz que me prestaron hoy para anotar los puntos de los partidos de tenis que me tocó supervisar y como nunca jamás lo hago subrayé la frase.

Anarcos culiaos.

Santiago 26 de Octubre 2017



05 octubre 2016

Recuerdos


Tener 11 años y veranear en El Tabo.




            Era un día hermoso. Me fui volando a la casa y cuando llegué sentí el olor a comida desde lejos. Las tripas rugían dentro de mi ser. Colgué la toalla, me metí a la casa y mi abuela me mandó a lavarme las manos. Me di la media vuelta, fui a la parte de atrás a sacar agua de los tambores, llené el lavatorio antiguo de mis abuelos con el jarro, tomé el jabón lleno de tierra pegada de tantas veces que había rodado por el suelo. Me lavé hasta los codos, me eché agua en la cara también… sentí el sabor salado del agua del mar aun sobre mi piel. Lancé el agua sucia a las plantas y como siempre me salpiqué los pies. Odiaba eso. Entré a la casa, me senté a la mesa y mi abuela me sirvió un plato lleno de porotos granados. Tomé una mitad de marraqueta, dimos las gracias con mi abuelo y me puse a comer como si fuera la última vez. Siempre he sido ansioso para comer, hasta hoy. Terminé, me puse de pie, recogí mi toalla que aun estaba húmeda y bajé a la playa otra vez. Sentía que el verano y todos esos días maravillosos terminarían muy pronto. Pero lo cierto es que con suerte había pasado una semana del mes de enero, y quedaba mucho aun. Demasiado. 

            Regresé a la pescadería. Me fui saltando por las rocas hasta llegar a mi lugar favorito. La marea había bajado considerablemente, pero la playa continuaba vacía. Me senté, me puse el polerón, el capuchón, la toalla sobre las piernas y me senté en mi trono de roca. Era justo una cavidad en forma de asiento donde yo cabía a la perfección. Tenía vista al mar, que a esa hora de la tarde tenía un color azul ultramarino. Ahí esperaría la hora que había que esperar después de comer antes de meterme al agua otra vez. 

            Como nunca me había pasado antes comencé a aburrirme. No hallaba qué hacer con el tiempo que me restaba. De hecho, no tenía reloj, así que no tenía idea de cuánto tiempo me faltaba por reposar ni cuánto tiempo llevaba ahí. Me comenzó a doler la espalda y el poto. Me acomodaba, pero a los minutos la incomodidad regresaba. No era tan doloroso, pero sí era molesto. De pronto siento unas voces, y algunas risas. Tres tipos flacos con una mujer venían caminando apenas por las rocas hacia donde yo estaba. Me quedé mirando cómo saltaban de una piedra a la otra haciendo ademanes de equilibristas. Se reían de lo estúpido que se veían y de lo complicado que les era todo eso. Eso imaginé. Uno de ellos ayudaba a la chica. Eran mayores que yo, como universitarios, quizá. Traían mochilas, las zapatillas amarradas colgando del cuello. Yo seguía observándolos. Se demoraron bastante en cruzar el último tramo, sobre todo cuando entró una ola grande y todo comenzó a llenarse de agua y espuma. La mujer se quedó sobre una roca grande, sola, mientras los otros tres se burlaban de ella. Una vez que el agua empezó a retirarse uno de ellos se acercó, la subió sobre su espalda y finalmente llegaron donde estaba yo.

            A pesar que estuve todo el rato viéndolos ellos recién se dieron cuenta que yo estaba ahí cuando estuvieron casi encima. Los tipos me ignoraron, pero la tipa me saludó sonriente. Le respondí su saludo y seguí en lo mío; o sea en nada. Los tipos se sentaron cerca, sacaron sus toallas, abrieron sus mochilas y empezaron a armar un picnic. Traían marraquetas, botellas de cerveza y un tarro de jurel entre otras cosas. Se acomodaron y empezaron a comer y tomar. Yo seguía en lo mismo: en nada. Pero sumado a la incomodidad de mi cuerpo también empezó a incomodarme estar cerca de estos tipos. Me puse de pie, me quité el polerón y dejé mis cosas echas un ovillo en mi trono para que no me las fueran a robar. Caminé hasta el borde de la posa. La marea continuaba bajando, pero según mi cálculo aun había agua suficiente para lanzarme y no partirme la cabeza en las rocas del fondo. Estaba en eso, esperando que entrara una ola grande con mucha agua cuando sentí a los tipos hablar.
-No creo que vaya a tirarse… es muy peluda esa weá…
Sentí vergüenza, pero hice como que no oía nada.
-Será pendejo pero supongo que no es weón.
-No sean pesados. Dijo la voz de la mujer.
Me dio rabia escuchar eso. Pero seguí haciendo como que no escuchaba. Mientras tanto mi ola gigante llena de agua y espuma no aparecía nunca. Sólo olas pequeñas que entraban sin llenar de nada salvo de huiros y basura. De pronto mi paciencia fue recompensada y entró un espumón tremendo. Me acerqué más a la orilla de las rocas y me lancé. El agua estaba congeladísima. Siempre me pasaba cuando me lanzaba después de haber estado mucho tiempo al sol. Sentí que me electrocutaba. Una vez a flote comencé a nadar de vuelta a las rocas. Me afirmé de un alga y me salí. Escalé y me senté en cuclillas a entibiarme. Me dolía la frente y las canillas. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, y el frío comenzó a irse. Volví a lanzarme. Esta vez me quedé flotando entre la basura y la espuma amarillenta. Volví a ser feliz. Nadé un poco, pero el agua en verdad estaba muy fría. Más que en la mañana tal vez. Así que después de hacerme pichí -como era mi costumbre- me salí. Me dirigí a mi trono donde me senté, me envolví la toalla en la espalda y me quedé ahí tiritando. Los tipos seguían hablando sobre mi. Esta vez no entendí casi nada.
-¿Está muy helada el agua?- Me preguntó la chica.
Le dije que sí haciendo un gesto con mi cabeza. Los tipos se reían de mi. O sea, se estaban riendo, y yo sabía que era de mi. 
-¿Vives aquí?- Volvió a preguntar.
Otra vez le dije que sí moviendo la cabeza, pero mintiendo porque yo no era tabino. Era de Santiago.
Ahí fue cuando uno de los tipos dijo que era por eso que yo me lanzaba ahí, porque ya conocía el lugar. Los otros se burlaron y le dijeron que no había excusas, que era un maricón cobarde y que le daba miedo lanzarse a una posa donde hasta un cabro chico se podía lanzar. 

Ellos siguieron tomando sus cervezas y comiendo pan con jurel. El olor del pescado se confundía con el olor de la playa. Uno de los tipos lanzó el tarro vacío al agua. Los otros lo retaron. Yo me quedé mirando el tarro que luchaba por no naufragar entre las olas que entraban a la posa. Después lanzaron unas mitades de limón intentando darle al tarro que luchaba por no hundirse. Yo observaba muy concentrado cómo el tarro de jurel vacío y los limones flotaban resistiendo el embate de las olas y la espuma, y cómo también pasaban a ser parte de la basura que siempre flotaba ahí. Ahora que rememoro estos recuerdos me doy cuenta que esos tipos jamás hubieran sido universitarios. Bendita inocencia e ingenuidad que alguna vez tuve en mi corazón. La verdad era que esos tipos era un cuarteto de vagos que se había arrancado al litoral por el día y con suerte sabían donde habían llegado. De eso me di cuenta cuando escuché a uno de ellos sugerir la idea de quedarse a dormir ahí para poder ver salir el sol por el mar. Según mis cálculos eso nunca había pasado en mi playa desde que tenía uso de la razón. De hecho, hasta yo en ese tiempo sabía que el sol salía por el este. Los tipos eran desagradables. Uno de ellos tenía un mohicano, la piel blanca y los ojos de un verde muy claro, lo que le daba un aspecto algo tétrico. Otro era muy moreno, y andaba rapado. Una oreja la tenía perforada con un alfiler de gancho. El otro se veía menor que los demás y era como normal. Era más callado y menos escandaloso. La mujer era blanca, de pelo liso y negro y los ojos achinados. De hecho, le decían la china. Tenía pecas. Era como fea y bonita. Yo era impúber, así que me resultó difícil verla y juzgarla como lo hago con las mujeres hoy. En ese tiempo para mi mujeres y hombres me eran todos iguales y me importaban lo mismo. 

Entre ellos se preguntaban cosas acerca del lugar donde estaban, y ellos mismos se respondían estupideces para luego largarse a reír. En verdad no tenían idea siquiera de dónde estaban. Yo sabía muchas cosas de las que se preguntaban, pero sólo las contestaba en mi cabeza. Después sacaron un cigarro chico y se pusieron a fumarlo compartiéndolo. El olor que salía no era a tabaco. Era muy parecido al olor que salía cuando mi abuelo quemaba la hierba después de limpiar la parcela. Después de fumar se reían más. Y a ratos se reían de cualquier cosa. Una gaviota se posó sobre una roca. Era muy blanca. Yo la miraba. Ellos comenzaron a hablar sobre pájaros. Se reían. Se preguntaban entre ellos si habían visto culear a algún pájaro alguna vez. Uno de ellos respondió que los pájaros no culeaban porque ponían huevos. Los otros escuchaban en silencio, como si se les hubiera estado revelando la verdad. Yo estaba entretenido escuchándolos, y a la vez me daba pena que ninguno de ellos tuviera la misma suerte que tenía yo de irme a vivir al Tabo durante todo el verano con mis abuelos y disfrutar y conocer todo lo que ellos no podían. El sol calentaba, inclemente. Los tipos se sacaron las poleras. El tipo del mohicano usaba un jeans cortado como traje de baño. Los otros también usaban ropa común, como si anduvieran en pleno centro de Santiago. Eso también me provocaba lástima. De pronto empezaron a molestar a la china, pidiéndole que también se quitara la ropa. Ella se puso de pie y empezó a tararear una melodía desconocida, pero que era parte de su performance de desnudista de ocasión para sus amigos. Comenzó a moverse como culebra mientras se quitaba su polera. Los amigos le aplaudían y le silbaban. Debajo de su polera andaba usando un peto de boxeadora. Yo también miraba. Me llamó la atención su guata, porque tenía calugas de hombre y sus hombros estaban llenos de pecas como su nariz. 
-El pendejo quedó loco. Dijo el tipo pálido de los ojos claros. 

Al escuchar eso sentí un hormigueo en mi cara. Me dio vergüenza. Debí haberme puesto rojo. La china me miró sonriente y me cerró un ojo. Ahí fue que la encontré bonita. Pero yo era chico y lo único que quise en ese momento era que se fueran pronto y me dejaran solo. Pero en vez de eso los tipos empezaron a quitarse lo que les quedaba de ropa para quedar uno en traje de baño, el otro en el jeans cortado y el otro con un short de club deportivo pobre listos para meterse en el agua.
-¿Por dónde nos tiramos?- Me preguntó uno.
Yo le indiqué con el dedo el mismo lugar por donde me había lanzado hace unos instantes. Los tipos caminaron en fila india con cierta dificultad y empezaron a discutir cuál de los tres se lanzaba primero. La china los miraba, mientras sacaba un cigarro normal y se ponía a fumar. Entre ellos discutían cosas sobre la marea, que los podía chupar y llevárselos. Después se largaban a reír. El que me pareció más normal de los tres me preguntó qué tan profundo era. Yo le dije que me tapaba, pero que la marea había bajado, así que quizá no estaba tan profundo.
-Esperen que entre una ola y tírense de pie- les dije, presumiendo de mi experiencia y conocimiento al respecto. Pero ellos me ignoraron mientras seguían con sus especulaciones ignorantes y sus tonteras. De pronto uno de ellos se lanzó al agua, saliendo a flote enseguida y quejándose de lo helada que era. Era el punk pálido. Los otros dos seguían riéndose. Después cada uno ofreció su mano para ayudar al amigo a salir del agua. El punk apoya una pierna sobre la roca, hace fuerza y lanza a sus dos amigos al agua. El moreno del aro de alfiler de gancho en su resignación se dio un impulso y voló sobre el punk tirándose una especie de piquero, pero lo triste fue que el que me pareció más normal de los tres se resistió y eso hizo que primero cayera sobre el borde de la roca para luego terminar como si fuera una foca deslizándose hasta el agua. La china tras de mi comenzó a reírse como si hubiera visto la mejor escena cómica de toda su existencia. Yo me compadecí del pobre tipo, el cual debió haberse golpeado duro las costillas y en su deslizar por las rocas ásperas debió haberse raspado la piel. Salió del agua malhumorado, afirmándose apenas. Mojado parecía más joven de lo que me había parecido cuando llegó. Traía una mano sobre su costado derecho y de la rodilla le brotaba la sangre que luego se diluía en hilitos finos por su pierna. No era nada grave, pero parecía doloroso. El tipo se quejaba de la imbecilidad de sus amigos, mientras el punk intentaba subir por la roca y el moreno nadaba desesperado contra la corriente que empezaba a abandonar la posa. Nadaba muy mal, y cuando braceaba movía su cabeza para todas partes. Salpicaba mucha agua y se le notaba asustado. Otra vez la china a mi espalda se reía como si hubiera visto la mejor comedia del mundo, mientras le gritaba al moreno que nadara por su vida. El punk una vez que logró subir empezó a gritarle que nadara con fuerza. El tipo estaba asustado. Yo sentí lástima, porque ahí nadie nunca moriría ahogado, y el mar tampoco se lo llevaría arrastrando. Con suerte se llevaba toda la basura que había ahí. Entró una ola y el moreno y el resto de porquería y espuma que había en el lugar comenzaron a entrar. La china le gritaba que estaba salvado, y seguía riéndose de sus amigos, uno herido y el otro casi víctima del océano. Yo sentía pena, a veces rabia, porque ya estaba un poco harto de esta gente. El punk pálido y de ojos aguados me parecía despreciable sólo de presencia. El moreno era como un mimo huaso, y el que me parecía más normal de todos terminó por darme lástima al verlo todo machucado y desmoralizado sobándose las costillas. La china me provocaba sentimientos encontrados. El primero fue cuando empezó con su show improvisado de toplera de playa pobre y me cerró el ojo, y el segundo había sido hace unos instantes cuando me impactó su incapacidad de colocarse en el lugar del otro demostrándolo con esa risa burlona con la que desmoralizaba a sus amigos y de pasada me hacía sentir vergüenza ajena. 

Yo sólo fui un espectador silencioso. No quería participar, pero después se volvió inevitable. El punk y el moreno eran una especie de ying y yang humano. Estaban uno al lado del otro, cada uno con sus toallas sobre los hombros. Cada uno encendió un cigarro, tomaron una botella de cerveza y se fueron a recorrer el lugar. Los vi irse caminando entre las rocas como un par de niños, casi jugando. El que me pareció más normal de todos se envolvió en su toalla, improvisó una almohada con la mochila y entre las rocas improvisó una cama. La china se quedó sola, y no tuvo más remedio que hablarme. Yo intuí eso, así que antes que eso sucediera me saqué la ropa rápido y me lancé al agua. Empecé a flotar, sacando la punta de mis pies fuera del agua. Imaginaba que era un barco, mientras las pequeñas olas me mecían. La marea estaba bajísima. Lo comprobé cuando me puse de pie y toqué el fondo. El agua me llegaba al cuello. La tarde había avanzado. Apareció una nube y cubrió el sol por unos instantes. Sentí mucho frío. Otra vez me hice pichí y luego me salí del agua. Me puse el polerón y envolví mis piernas con las toalla. Miré hacia la orilla y había mucha gente. No me había dado cuenta. La china me miraba, como esperando que le dijera algo.
¿Por qué no te metiste al agua?, le pregunté.
Porque no puedo, me respondió.
No entendí cómo alguien no podía meterse en el agua.
¿No tenís traje de baño? Pregunté.
Si tengo, pero no puedo.
Esta vez me confundí más que la anterior.
       ¿Estai enferma?
Al escucharme soltó una carcajada y me dijo:
      Sí… más o menos.
Todo el tema se había convertido en un enigma para mi, pero decidí no seguir preguntando.
            Después de eso la china empezó a preguntarme muchas cosas, mi nombre, mi edad, cuánto tiempo llevaba yendo ahí, si tenía hermanos, si tenía polola, cómo me iba en el colegio, qué me gustaba hacer entre otras muchas cosas que no recuerdo. Yo le respondí con total sinceridad, porque de un modo u otro había sentido un poco de culpa al haberle mentido en un comienzo diciéndole que yo era de ahí. Después empecé yo a preguntarle de dónde venía, qué hacía y casi las mismas cosas que me había preguntado ella. Así me enteré que la china se llamaba Paola, tenía 22 años, era cajera en un supermercado y vivía en un lugar feo, y cuando le pregunté si pololeaba me abrió los ojos y me preguntó:
-¿Por qué? ¿Acaso me vas a invitar a salir?
No entendí la pregunta. En verdad fui demasiado joven para entender muchas cosas de este episodio de mi existencia. El asunto es que mi cara de incertidumbre a ella le provocó risa. Luego me dijo que era bonito, y que por qué andaba tan solo. Ahí le expliqué que era porque mis primos aun no llegaban, pero que una vez que estuviera toda mi familia seríamos varios, y yo ya no iría solo a la playa. Ella sonrió y me tocó la cabeza. Yo le miré la guata. Ella se dio cuenta y se tapó, cruzándose de brazos. Le pregunté porqué tenía calugas. Ella soltó una carcajada. Me dijo que era un mirón, pero que era porque practicaba deporte. Le gustaba boxear, y entrenaba en un club cerca de su trabajo. El sol, mientras tanto, había vuelto a asomarse. Yo me había vuelto a sacar el polerón y quitado la toalla de encima. Hacía calor. La Paola tenía su nariz pecosa con gotitas de sudor. Le dije que si tenía mucho calor podíamos meter los pies en una posita pequeña donde yo me bañaba cuando era más pequeño. Estaba ahí mismo, y ahora que la marea había bajado era perfecto para estar ahí sin tener que mojarse. Ella se alegró y celebró mi idea como si de pronto también hubiera tenido mi edad. Se puso de pie y se quitó su pantalón. Sus piernas eran muy blancas, y también tenía pecas en sus muslos. Me fui caminando por las rocas mientras ella me seguía y la llevé  al lugar que le había dicho. Ella se sentó sobre una piedra, yo me senté en el agua y ahí entraban pequeñas olitas que iban y venían. Mientras ella se miraba sus pies hundidos yo jugaba sacando arena del fondo y buscando conchas. Encontré dos blancas, de caracol, y se las pasé. Ella las examinaba como si fueran un par de cosas nuevas que nunca antes hubiera visto. Le dije que les podía hacer un hoyo con un clavo, meterle una cuerda y hacerse un collar. Ella sonrió. 

            De pronto apareció un hombre adulto con dos cabras chicas de la nada. Conversando con la Paola apenas me había dado cuenta que estas personas se acercaban. Cuando pasaron al lado nuestro el tipo nos saludó. Yo le respondí pero la Paola no. Después la china me llamó con un gesto y casi susurrando me pidió si le podía llevar su toalla. Yo en dos segundos salté entre las rocas, fui y le traje su toalla. Ella se puso de pie y se envolvió en ella hasta debajo de sus axilas, como si hubiera estado saliendo de la ducha. Volvió a sentarse y siguió con los pies en el agua. Después me llamó y me pidió que me sentara entre sus piernas, dándole la espalda. Yo me senté, pero desde la cintura para abajo metido en el agua. Ella separó sus piernas y quedé yo en medio. Yo seguí buscando conchas para mostrarle, y ella me abrazó y puso su cabeza contra mi espalda. Fue raro, pero yo me sentía muy bien. Ella olía rico. Me dijo que estaba calientito, y se quedó ahí, apoyando su oreja como si intentara escuchar el sonido de mis pulmones. 

            Insisto en que yo fui muy niño para haber comprendido todo lo que pasó ahí. La Paola juntaba todas las conchas que le pasé dejándolas al sol sobre una roca. Hizo una fila de conchas y luego les dio la forma de un sinfín, como los ojos de los locos que aparecían en el Condorito. Después de un rato la china me dijo que tenía frío, así que se puso de pie, tomé todas sus conchas y regresamos a nuestro lugar. Al llegar ahí estaba el hombre con las dos cabras chicas bañándose en la posa que a esa hora ya casi estaba seca. La marea había bajado mucho, así que parecía una piscina de juguete. El tipo le enseñaba a nadar a la más pequeña afirmándola con sus manos y haciéndola chapotear con los pies. La más grande estaba sentada sobre una roca en la orilla, como con miedo. Me llamó la atención su pelo crespo. Era mucho. Se le veía tremenda cabeza. La Paola se sentó y me pidió prestado el polerón. Se lo puso y le quedó apretado, y se puso el capuchón sobre la cabeza. Abrió su mochila y sacó unos lentes oscuros y se los puso, al tiempo que sacó un cigarro y se puso a fumar. Yo me senté al lado de ella. Estaba como enojada, pero cuando me senté pasó una mano sobre mis hombros y me abrazó. Me preguntó si tenía frío. Le dije que no. Después me preguntó si tenía hambre. Le dije que no. Me preguntó si fumaba, y le dije que no. Soltó una carcajada y me abrazó más fuerte. De pronto estábamos los dos en silencio mirando al tipo con las niñas. La niña crespa se daba vuelta a mirarnos de cuando en vez. La Paola comenzó a tocar mi pelo húmedo. Yo me entregué como un gato, mientras jugaba con un par de conchas de las que le había regalado. Atrás su amigo seguía durmiendo en su cama de piedra. Los otros dos habían desaparecido. 

            Ya era tarde, y de eso me di cuenta porque empecé a sentir mucho frío. En ese momento el punk blanco y el moreno aparecieron con sus voces escandalosas. La Paola se acomodó, se quitó mi polerón y me lo pasó. Yo me lo puse de inmediato. Estaba tibiesito, y olía a ella. Los tipos despertaron al dormido. Lo molestaron un rato y le pidieron disculpas. Otra vez eran amigos. La Paola me pidió que la acompañara. Una vez que nos alejamos me dijo que quería hacer pipí. Le dije que yo me hacía en el agua, pero que habían unos baños que cobraban cien pesos más arriba… ella me interrumpió y me dijo que era urgente. Entonces recordé que había un lugar entre unas rocas que una vez mi tía había usado de baño. La llevé ahí y ella me hizo jurarle que le avisaría si alguien venía. Me quedé de pie mirando para todos lados y ella desapareció entre aquellos espacios. Al rato regresó y me dio las gracias. Yo iba a empezar a caminar para volver pero me pidió que la esperara porque prefería cambiarse ahí. Yo me subí a una roca y me puse a mirar para todos lados. Ella me llamó y empezó a tararear la melodía que yo no conocía y que usó para hacerle el show improvisado a sus amigos. Se dio la vuelta y mientras se subía el pantalón movía su poto de un lado al otro, como si hacerlo entrar dentro le costara mucho. Después tomó los tirantes de su peto de boxeadora y me mostró sus hombros pecosos y quemados por el sol que llegaban a brillar de lo rojos que estaban. Me dijo que le dolían. Se los volvió a poner con cuidado, y mientras lo hacía las calugas de su guata se le marcaban más. Se puso la polera, improvisó un peinado rápido y ya estaba lista. Regresamos donde sus amigos, que ya estaban arreglando sus cosas. El hombre con las niñas ya no estaba. La china cruzó un par de palabras con sus amigos y después ellos empezaron a irse por las rocas sin despedirse de mi. Para ellos yo apenas había existido. La Paola guardó todas sus conchitas en el bolsillo de su mochila.
-Chao bonito, me dijo.
Me tomó de la cara y me dio un topón en la boca y así ella y ellos se fueron de mi vida por donde mismo llegaron.









31 julio 2016

NUEVO DISCO

15 julio 2016

Jojo


10 julio 2016

Covers Charchas

28 abril 2016

Bitácroa Charcha XXI





Ya no grabo donde mismo. Este segundo disco comenzó en Maruri, con “Las Cosas Se Caen”. Esa canción salió de una, y grabe cada pista solo una vez, con pifias y todo. Quedó bella la weá. Después siguió “Uso Guantes”, que solté en la red como adelanto de lo que sería mi segundo elepé. Ahora aparecieron “No Hay Nada Entre Nosotros” y “Dueño De Nada”. Y entre medio los Covers Charchas… Manuel Mijares e Ilan Chester. Qué locura. Ando grabando como máquina porque resulta que ya tengo todo para hacerlo. Incluso salieron dos canciones muy espontáneas: “Canción Para Que No Tengas Miedo (Sida)”, y “Esto No Es Como Yo Creía Que Era”.
Ahora que escribo los nombres de las canciones y los leo uno a uno me doy cuenta que son todas las weás deprimentes o tienen cierto dejo negativo. Puta que estoy ensombrecido por la chucha. Intento hacer algo optimista, o una canción de amor, pero no sé por qué no me sale. Debo estar muy mal por dentro. Me esforzaré por hacer una canción bonita para alguna mujer. Eso siempre me motiva.
Es pulento grabar.

22 enero 2016

Samurai Punga

Hace unos días fui a mirar una exposición de armaduras samurái que se exhibe ahí en el sótano de la moneda. Me gustan los samuráis y los ninjas, así que fui muy emocionado a observar auténticas armaduras y accesorios pertenecientes a una colección de un gringo culiao de cuyo nombre no puedo acordarme.

Empecé a observar muchos tipos de cascos de distintas épocas, fabricados de variados materiales y con diseños de todo tipo. Junto al casco podía ir incluida una máscara que podía ser completa, o que cubría la parte inferior del rostro. Eran mandíbulas con gestos agresivos, algunas hasta tenían bigotes, la pera y la nariz puntiagudas o dientes de animales salvajes. Después el resto de las armaduras como las pecheras, llenas de detalles, formas y dibujos que simbolizaban características humanas como la inteligencia, la sabiduría o el coraje. Protecciones para los brazos, los muslos y las piernas, llenas de bordados, detalles de cuerdas e hilos trenzados, bañados en plata y en oro, incluso. Todas tenían símbolos e inscripciones. Todo era tan prolijo, tan bello… costaba comprender que se empleara tanto trabajo, dedicación, inteligencia humana y pulcritud en la construcción de un traje que sería usado en algo tan nefasto, destructivo y miserable como una guerra. Por lo menos en esa weá pensaba mientras me paseaba entre las armaduras y los accesorios y observaba en cada una de ellas detalles maravillosos. No me cansaba en verdad. Algunos los vi varias veces.

Como suele ocurrir una de todas ellas me llamó mucho la atención. Era una armadura roja. Daría la lata de describir de qué época era, de quién fue etc… vayan a verla mejor, ahí hay un cartel de treinta por treinta donde intentan resumir eso. A mi sólo me llamó mucho la atención porque la encontré bella, y hubiera dado un brazo por ponérmela y sentirme un nipón guerrero. Pero seguía con esa sensación rara. Me parecía absurdo que se confeccionaran armaduras de ese tipo para terminar vistiendo un cadáver de nipón todo tajeado y flechado en algún peladero japonés antiguo. La guerra no merece tanta dedicación, pensaba yo.

Terminé el recorrido. Me quedé unos quince minutos mirando un sable samurái (katana) precioso. Al igual que las armaduras rebosaba detalles y minucias sublimes. Otra vez volvía a mi ese pensamiento de ¿para qué tanto?, si a la larga se trataba de una hoja de acero afilada que servía para tajear, rebanar, cortar o cercenar a un otro.
Ni hablar. Terminé el recorrido y regresé a casa.

Pasaron un par de días de eso y tuve la mala suerte de descompensarme otra vez. No detallaré, pero se trata de un estado fatal donde me cago de miedo por nada y siento que moriré de algo. Como no es primera vez que me pasaba ya sabía que no me moriría de nada, pero el terror lo tenía instalado dentro de mi ser, y me esforzaba por bancármelo con tranquilidad, esperando que pasara. Siempre pasa, eso es lo bueno. Pero hay que esperar, y experimentar todo eso doloroso que siento. Es pal pico aguantarse el miedo. El ser humano se adapta a todo, dicen, pero yo creo que jamás me acostumbraré al miedo. Entonces para relajarme empecé a imaginar que era un guerrero de esos que usaban las armaduras tan bonitas que había visto el otro día. Me imagino que el miedo ha estado desde siempre en la historia de la humanidad, sin importar de dónde chucha hayas sido. Un japonés, por ejemplo, que tiene que ir a pelear. Va a su casita, y se coloca toda esa maravilla hermosa encima. Parte por parte. Un kimono precioso, después la pechera, las hombreras, la protección de los muslos, las piernas, los brazos. Una vez todo en su lugar, te colocas el casco enorme. Y al final una máscara. Una media máscara, que te cubre desde la nariz hasta el cuello. La boca tiene un gesto diabólico, como gruñendo, y dando un grito eterno para intimidar al enemigo. Entonces toda la weaita de la armadura maravillosa de pronto empezó a tomar sentido para mi. Me imaginé en una guerra conmigo mismo, aterrado. Pero estoy cagado, tengo que ir no más a la weá. De hecho, ha sido tanto que yo deseo ir, a pesar del terror que me embarga. Entonces mientras imaginaba cuál sería la mejor manera de ir a ese enfrentamiento la armadura samurái fue la mejor elección. Por lejos. Más que sentirme protegido, era sentirme hermoso, divino, imponente. A pesar del miedo, del terror a la muerte. Ir con todo el honor del mundo, dichoso a la weá, con la mejor pinta. Y para recordar todas mis virtudes las dibujo, representadas a través de árboles, de aves, el sol, la luna o un dragón volador. Qué hermoso. Casi me pongo a llorar. Estaba muy emocionado mientras imaginaba todo el ritual de vestirme de ese modo para ir a enfrentarme a una guerra difícil que me daba miedo. Qué mejor manera de hacer frente. Por último un casco enorme, y para que no me vean débil me cubro el rostro con una máscara amenazante, furiosa. Así iría a enfrentar ese horror de mierda que me amargaba. Y para partir la weá en mil millones de pedacitos una espada ligera, hermosa y muy letal. Qué divino. Creo que pasándome todas esas películas me di cuenta de algo importante, pero como siempre de un modo muy flaite.

Por otro lado mi cultura occidental contemporánea sudaca carece de la comprensión suficiente para hacerme una idea de todo lo que la guerra significó o significa para la visión japonesa. Pero creo que de algo me di cuenta. Me gustaría ser más letrado para poder describir todo eso y explicarlo mejor, pero mejor lo dejo así. Lo importante de todo este cuento es que ahora mismo me siento muy bien. Ya pasó todo. Así que otra vez guardé mi armadura samurái, y los sables y todo hasta la próxima, porque la vida culiá nunca será fácil. Esa es mi única seguridad.