El verano es mágico. Eso decía esa canción tan flaite con la
que nos machacaron hace muchos veranos atrás. Se hizo habitual en la historia
veraniega reciente del país pescar alguna canción e instalarla como himno
estival. Una weá alegre, que nos hable cosas positivas y nos inste con su ritmo
a movernos porque sí no más. Donde quiera que estemos, en una playa, en la
orilla de un río, de una laguna o un estero, en el campo o cagándonos de calor
en la ciudad íbamos a estar todos escuchando el himno por todas partes. Si la
música no es un tópico tan importante en tu existencia el himno pasaba por tu
vida como si nada, pero si la música es algo a lo que no puedes dejar de
prestarle atención, entonces te terminaban obligando a odiar todos estos lemas
veraniegos que se quemaban por las radios rayando en lo absurdo. Me pasó muchas
veces. Incluso ahora mismo, con el nosa nosa y no sé qué chucha más. Pero fuera de todas estas costumbres
capitalistas de mierda nunca negaré el encanto poderoso que tiene sobre mi el
verano. Me gusta el calor y los días largos, muy largos. El sol sale muy
temprano y se oculta tarde, nos quema y seca todo. En la estación se cosechan
frutas y verduras con las que se preparan platos deliciosos. Las niñas usan
poca ropa, y uno puede mirar mucha pierna, muchos brazos y tetas por doquier.
Te puedes meter en el agua, el mar, un lago, un río o una piscina. La gente
aprovecha de tomar vacaciones y no hacer nada. Las tardes son mortales. El sol
se esconde tras la cordillera de la costa y salen todos los cabros chicos como
plaga hacia la calle a andar en bicicleta, en patines o juntarse en las plazas.
Los lolos se reúnen a conversar. La gente mayor sale a darse unas vueltas para
tomar la fresca. Todo este cambio de hábitos propicia como una mayor actividad
social y por lo mismo algunos terminan conociendo gente nueva. Los cabros se
ponen a flirtear, pololean y carretean de un modo muy natural, o sea,
organizando salidas, paseos y cosas afines. No puedo decir que la cosa sea menos
rancia, pero sin duda que un cambio en los hábitos debido al asunto climático
propicia otro tipo de comportamientos y conductas.
Ahora no he tenido la oportunidad de ir a ninguna parte, así
que he estado en Santiago dándome vueltas por todas partes. A veces me junto
con un amigo y salimos al parque. La gente pasea, sale a pololear y practicar
deporte. Después volvemos a casa y nos sentamos en el balcón del block donde
vive y nos tomamos una cerveza. El clima es muy agradable. Conversamos y
observamos los bloques vecinos. La ropa tendida en las ventanas, todas las
ventanas abiertas. Se ve la mayoría de ellos con los televisores encendidos,
pero no se puede ver a nadie que esté viéndolos. Las personas se mueven de un
lado a otros. Los más jóvenes están sentados en grupos en los patios, y a veces
se les escucha gritar, o reír.
En el trabajo, después de almorzar, me siento bajo el parrón
a cocinarme a fuego lento. Hay hormigas e insectos. Escucho el canto de los
pájaros, o me pongo a mirar cómo el calor emana del suelo mientras el sol lo
abrasa. Es muy pacífico. Puedes estar sin zapatos, cerrar los ojos unos
instantes y de inmediato comenzar a soñar, hasta que alguna conmoción en tu
sueño fugaz te envía de vuelta a la realidad de un salto. Es bonito.
Cuando camino de vuelta a casa intento hacer alguna ruta
alternativa para evitar un poco el tedio. Busco calles o pasajes con árboles,
para ir entre las sombras. Me cruzo con poca gente, y al observar todas las
casas me da la impresión que estuvieran todas abandonadas, porque no es escucha
ningún ruido, pero yo sé que todos están ahí esperando que el sol entre en el
último tramo antes de esconderse para poder así salir.
Mi casa hierve. El sol calienta los ladrillos del segundo
piso, entonces no puedes permanecer ahí. El primer piso, en cambio, es muy
agradable y fresco. Sentado en la cocina o en el living puedo esperar.
Los viajes en góndola son infernales. Sea la micro o el
metro. El calor es insoportable, y todo el mundo intenta buscar la sombra que
es tan esquiva. Si la micro puede avanzar con cierta velocidad, entonces puede
entrar el aire por las ventanas o las escotillas. No hay modo de poder evitar
la incomodidad que el calor provoca. La mayoría de las personas ha tomado la
costumbre de ir oyendo música (o los programas de radio) usando audífonos, pero
ni siquiera esto puede hacer que el viaje sea más cómodo y llevadero. Es
difícil. Pero tener la suerte de viajar en un automóvil más o menos moderno es
enorme. La mayoría de ellos tiene sistemas de aire acondicionado, o simplemente
abres todas las ventanas y te acomodas. Me gusta ir de copiloto en el auto.
Siempre me ha gustado. Reclino el asiento y me voy conversando con quien
maneja, observando todo. Me siento como un perro, y sólo me falta sacar la
cabeza por la ventana. Es bonito. Durante el verano me gusta viajar en auto con
los vidrios abajo. Los sistemas de aire acondicionado me hielan la piel. No es
la misma sensación que sentir el viento entrando con rapidez y fuerza por las
ventanas. No me gusta manejar. Debes ir concentrado en maniobrar el vehículo y
sobre todo en el camino que vas tomando. Cuando ando de copiloto intento no
interrumpir a quien maneja con comentarios odiosos que tengan relación al modo
en que conduce. Siempre confío. Sólo opino si puedo aportar con alguna
sugerencia que me pidan con respecto al camino a tomar.
Me gusta acompañar a la Flavia a la feria. Siempre que veo
que ella va saliendo la acompaño. No sé por qué ella no me pide que la acompañe
la mayoría de las veces, siendo que ella sabe que me gusta mucho ir. Quizá le
gusta ir sola y nunca me lo ha dicho para que yo no me sienta. Pero me gusta ir
a mirar los puestos y cómo la gente hace su trabajo. Me gusta mirar cómo
interactúan con las personas. Me gusta escuchar cómo hablan y las cosas que
dicen. La mayor parte del tiempo se la pasan bromeando entre ellos y con sus
clientes, y pareciera que nunca se habla nada serio. Hacen observaciones muy
acertadas, y tienen una espontaneidad y creatividad muy genial. Yo me
maravillo. Pero al observar alrededor mío siento casi siempre que estas cosas o
nadie las capta, o simplemente a nadie le interesan. En verano, al parecer, la
feria es muy concurrida. Van todos. Puedo ver familias completas recorriendo.
Los niños les piden juguetes a sus padres que ven en los puestos de cachivaches
chinos. Mientras los hombres buscan películas o discos con emepetrés
pirateados. Las mujeres discuten con los vendedores. También anda gente sola.
Vendedores sin puesto que se pasean vendiendo chisperos o paños para la cocina.
Todos pregonan algo. A veces los pregones son estrafalarios en todo sentido,
desde lo que se dice hasta el modo en que se dice: el tono y el timbre de la
voz de los vendedores etc. A mi me llama mucho la atención cómo estos gritos se
naturalizan en nuestra cultura. Lo más probable es que si un niño parisino de
la misma edad del niño que ahora estoy viendo y que le ayuda a su mamá a meter
choclos en la bolsa oyera algo como esto al acto se cagaría de la risa, porque
en verdad le resultaría hilarante. ¿Y cómo no? Demás que resultaría exótico y
chistoso ver a un viejo culiao gordo, de barba, cochino, con una polera
musculosa y con aspecto de cavernícola gritando como vieja que vende quince
choclos humeros por luca.
Algo que descubrí el año pasado fue mi capacidad de pedaleo,
cuando tomé la bicicleta en el verano y me atreví a irme hasta el trabajo en
ella. Fue duro, porque mi capacidad cardíaca y respiratoria era muy ordinaria.
Durante el año no practico ningún trabajo físico, o sea, muy ocasionalmente,
entonces resultó duro tener que pedalear 16 km una mañana de enero. Pero lo
logré. Luego 16km más de regreso, con el sol ardiente dándome por el costado
izquierdo. También fue duro, pero descubrí que era capaz, y me esforcé por
continuar el resto del verano. La semana siguiente ya sentí un cambio: me
cansaba menos. Por lo mismo empecé a acortar mi tiempo. Mi récord era demorarme
una exacta desde la puerta de mi casa hasta la puerta de mi trabajo. Eso era, a
veces, mucho menos de lo que me demoraba en micro. Otro cambio importante que
no pude notar hasta regresar a clases en marzo tuvo relación con mi masa
corporal. Todo el mundo al saludarme me comentaba que estaba más flaco. Pensé
que exageraban, pero cuando comencé a sumar un comentario más otro me pude dar
cuenta que si. Y claro, todos los pantalones se me caían, y yo le echaba la
culpa al desgaste de la tela. Es un muy buen modo de adelgazar sin darse
cuenta, y sobre todo en verano, pues cada vez que llegaba a la casa, o al
trabajo, me sacaba las poleras empapadas en sudor. Es duro, y no hubo una
mañana en que no me arrepintiera de hacerlo. Pero siempre pasaba que ya había
avanzado demasiado como para devolverme, y sólo me quedaba completar la
carrera. Pero una vez entrando a la ciclovía de la calle Bulnes el viaje se
ponía bonito. Dejaba la vereda peligrosa de la caletera de la ruta 5 norte con
sus micreros y camioneros despiadados, y circulaba sobre una pequeña ciclovía
protegida por pastelones de cemento de los automovilistas odiosos. Toda la calle
estaba llena de árboles y construcciones altas que me protegían del sol. Me
topaba con ciclistas bonitas que andaban todas princesas sobre sus camellos,
palomas y pisteras chinas tan de moda entre los lolos adultos jóvenes. Bajaba
la velocidad y me iba coqueteando con las gansas estas que pasaban radiantes y
hermosas con sus cascos coloreados, sus anteojos de vidrios enormes y el pelo
al viento. Yo les sonreía, baboso, sudado y rojo como pico de perro; ellas,
como siempre, pasaban pedaleando, mirando algún horizonte que se inventaban
para evitar chocar su vista con la mía dejando esa estela de perfume y desdén
que yo jalaba extasiado. Hermoso. Es bonito el verano sobre una bicicleta
pedaleando a la sombra y en una ciclovía.
Durante algunas noches mi pieza es insoportable. En el día
el sol abrasa los ladrillos del segundo piso, y al anochecer yo apoyo mi mano
sobre ellos y aun están tibios. ¡Y por dentro!. Me echo sobre la cama, abro la
ventana y saco un pie afuera. Me pongo a pensar. Por lo general pienso siempre
lo mismo: que estoy con alguna cabra haciendo cosas obscenas. Es muy probable
que me encuentre sumido en alguna fantasía de ese tipo. La cabra por lo general
puede ser cualquiera. O no puede ser ninguna. Me imagino todo menos su cabeza.
O sea, cuando no es necesaria. JA. Pero siento que el calor me ataca por todas
partes. Siento que toda la parte de mi cuerpo que está en contacto con la cama
arde. Y toda la parte que sobra hierve. Me pongo de lado. Luego me doy vuelta
al otro. Es terrible. Al final decido quedar siempre de espalda, mirando el
techo blanco. Así es más fácil sacar la pata por la ventana también. A veces
alguna brisa nocturna se apiada y entra por la ventana para refrescarme. Nunca
puedo saber en qué momento me duermo. Anoche me costó demasiado poder quedarme
dormido. A pesar del cansancio y la
flojera no podía hallar la posición correcta. Me esforzaba por mantener los
ojos bien abiertos para cansarme. Resistí lo más que pude, pero al cerrar los
ojos mi mente se llenaba de imágenes de ella. Y cuando la veía en mi mente
haciendo cosas concupiscentes de inmediato me ponía a pensar en ella. Suena
raro, pero tener una imagen que tu cuerpo te muestra con obstinación en la
mente no significa que tú estés pensando en eso a propósito. Una vez que vi su
imagen, entonces recordé que existía y me puse a pensar en ella. Cuando pensaba
en qué cosa estaría haciendo en ese mismo instante yo era cruel conmigo mismo,
y siempre especulaba que en el lugar que estuviera de este mundo lo estaría
pasando mil veces mejor que yo. Y yo sufría por culpa de mi mismo que me decía
ese tipo de crueldades. La weá mensa. Así estuve un buen rato.
Al final me
dormí igual.